AVISO PARA QUIEN QUIERA COMENTAR

¿Dónde está la sabiduría que perdimos en el conocimiento?
¿Dónde el conocimiento que perdimos en la información?
T. S. Eliot, Coros de La roca, I



lunes, 30 de mayo de 2011

¿Qué es literatura?

Resulta que hace cuatro días, en el taller de iniciación a la escritura, una alumna hizo la temible pregunta. Aquel fue el día en que nos adentramos en los textos literarios: aprendimos algunos conceptos, e hicimos algunos pequeños ejercicios. 

Pero la pregunta, necesariamente llegó. Y yo me alegré, pero ¿cómo contarle en pocos minutos la deriva de investigaciones que se han dado en el siglo XX, buscando la esencia de la literatura, la "literariedad", comenzando por los formalistas rusos, los praguenses, el New Criticism, el estructuralismo, el postestructuralismo, la semiótica, la pragmática, la escuela de la recepción, los enfoques desde la sociología, la política, el New Historicism ... para acabar diciendo con los tardomodernos que eso de la literatura es un mito útil, pero que nada de nada, ¿sabes?; para llegar a un sombrío dictamen, a una mueca de "¿pero os lo habíais creído?".

Es la senda de Nietzsche: si Dios ha muerto, el hombre ha muerto (Foucault), y por lo tanto ha muerto todo lo que sea verdaderamente humano: el arte, la literatura, la música...

Le respondí que tras muchos intentos de meter a la literatura en una probeta cientificista, la literatura se había negado. La razón: si es buena literatura, participa del misterio que es el hombre. Si no puedes meter al hombre en la probeta, tampoco puedes meter aquello en lo que el hombre se ha realizado más hondamente.

Claro, sin olvidar la cocina, el oficio, el trabajo, la técnica que la literatura exige. 

Creo que se medioconvenció. Pero yo me convencí aún más de aquello que dice William Wordsworth en su poema "Se agita mi corazón si contemplo": El niño es padre del hombre.

El niño no deja de hacer preguntas metafísicas: "¿qué es eso?". Si salvamos ese niño que llevamos dentro, la literatura está salvada.  

viernes, 27 de mayo de 2011

La urdidumbre y el color en la escritura: Azorín


Hace dos días, en el taller de iniciación a la escritura, aprendíamos algunas cuestiones de estilo a partir de un texto de Azorín. Azorín ha escrito muchos libros. Unos más afortunados que otros. Algunos, como Castilla, excelentes; otros, como Pueblo, pueden decaer en algún momento. Pero Azorín no escribe libros, en sentido estricto. Lo de Azorín es una escritura en papel continuo. Cuando no cuenta un paisaje o un personaje, escribe el propio escribir. Sin descanso.

Voy releyendo estos días Valencia. Valencia es una patria adquirida, porque Azorín es de Monovar, Alicante. Pero en Valencia se ha forjado como escritor. En Valencia leo este párrafo:

"Difícil cosa es dominar un idioma. El artífice tiene la gubia en la mano -en este taller lleno de madera- y ha de dominar la madera. Madera dura o blanda, con vetas o sin vetas, blanca o dorada, añeja o tierna. Madera que es haya, roble, olmo, caoba, ébano, pino sangrado o sin sangrar. El castellano es el primer idioma del mundo. En copia de voces y en riqueza de matices. Y su tesoro de modismos, frases adverbiales, refranes, es fabuloso. Más voces tiene el inglés. Pero en el inglés el acarreo de las voces, deja a las voces intactas, en tanto que en el castellano son modificadas, plasmadas en el ambiente. El castellano es un tejido, ya de seda, ya de hilo, ya de lana -de lo que se trate-, en que hay que considerar la urdidumbre y el color. La urdidumbre la constituye el tiempo y el color lo da la abundancia de vocablos. El tiempo es o lento o rápido, más o menos rápido o más o menos lento. Podremos tejer una tela de colores brillantes. Pero no podremos hacer que esa tela -el idioma, el castellano, el español- sea excelente sin una buena urdidumbre. Y se puede aceptar, se puede gustar, una tela de buena urdidumbre sin que esa tela tenga el color brillante. Prosas pobres hay, pobres en vocabulario, que son artísticas, puesto que en ellas la urdidumbre, es decir, el tiempo que conviene al arte. Y hasta se ha defendido la parquedad -diríase mejor, la pobreza- en las voces, en cuanto al estilo. El color, en la literatura, no se produce con decir: esto es rojo, y esto es verde, y esto es azul. Nace de la palabra apropiada y pura, de la expresión concreta, del modismo oportuno y del refrán gustoso, del regusto añejo, en fin, sin tocar en el arcaísmo pedante". (Reedición de la editorial Biblioteca Nueva, Madrid, 1997, p. 170).

Podríamos discutir lo que Azorín comenta sobre el inglés (y todo lo demás, desde luego). Pero el resto me parece muy sabio: tiempo, movimiento (con una trama novelesca o sin ella); y color: visión, encarnación de la realidad. Tiempo que ha de ser seguro, que ha de llevar de la mano al lector, un hilo de Ariadna. Sin inconsistencias, sin vacíos de sentido (si no es por efecto estético). No hay literatura sin paseo.


miércoles, 25 de mayo de 2011

Una anécdota personal con el maestro de traductores Peter Newmark


Curso 1993-1994. Me encontraba de lector de español en la Universidad de Gales, en Cardiff, mientras comenzaba la tesis sobre teoría y práctica de la traducción poética. 

No me lo podía creer, estaba desolado: prácticamente toda la bibliografía última sobre mi tema estaba atravesada de postestructuralismo y deconstrucción.

Decían que lo importante era la teoría: demostrar a través de la teoría de la traducción que no había ningún buen sentido al que acogerse, todo era relativo; y por lo tanto, la traducción bien (mal) mirada, era imposible; finalmente, un ejercicio de poder y arbitrariedad incontrastable. Lo único que se podía hacer era buscar el fondo oculto del texto -tanto del texto original como de la traducción- para revelar intenciones políticas y sexuales no declaradas (me parece legítimo que alguien quiera indagar eso, pero la literatura y la traducción literaria es más, mucho más que eso). 

Nada de belleza, de valores estéticos, de estilo... eso era demasiado subjetivo, como algo que puedes disfrutar en tu casa, pero que ni se te ocurra sacarlo a lo público, al mundo de la investigación... Yo no buscaba ni relativismo, ni racionalismo. Sólo alguien que hablara de lo razonable, que suele ser el camino en las humanidades, para no perder lo humano.

Entonces me encontré un librito, que más bien parecía una bomba atómica en medio de todo aquello. Paragraphs on Translation, escrito por Peter Newmark, traductor y profesor de traductores. Un mihura que embestía contra el determinismo lingüístico, y contra los teóricos de la traducción que nunca han traducido nada. Le descubrí una frase que me puso en marcha: "El que no puede escribir, traduce, y el que no puede traducir, escribe teoría de la traducción". Habría que matizar un poco, pero básicamente Newmark estaba reivindicando la razonabilidad del trabajo del traductor. Y no es que fuera un cerril antisistema de la teoría: él mismo tenía una teoría de la traducción. Pero muy razonable. De hecho su manual, A Textbook of Translation, fue traducido a castellano y publicado por Cátedra.

Me puse en marcha: le escribí una carta para pedirle que me recibiera. No pasaron muchos días, contestó afirmativamente. Yo me había traído dos botellas de vino a Inglaterra. Una había pensado regalársela al jefe del Spanish Department, Charles Kelly, que se quedó encantado con aquel blanco crianza. Es un regalo muy valorado por un inglés, el alma de una Cheese & Wine Party. 

La de rosado seguía en mi habitación porque intuía que me haría falta para más tarde. Así que cuando Newmark respondió "yes, come", enseguida me acordé de la botella. La tomé, junto con mi tesina y el tren de Londres a Guildford, en el condado de Surrey. Era una tarde soleada. En Guilford estaba la University of Surrey -donde Newmark daba clase- y su propia casa.

Llegué a una típica casa inglesa con jardincito delantero, alineada con muchas otras similares a lo largo de la calle. Me recibió su hija, de la que solo recuerdo su simpatía. Y ahí estaba el gran profesor, de una edad indefinida, pero ya mayor. Era un hombre enérgico, al tiempo que atento. Un caballero, había luchado durante la II Guerra Mundial en Italia. Le confié mis dudas, y me orientó espléndidamente. Incluso se quedó con mi tesina escrita en inglés para revisarla y hacerme observaciones. Le entregué la botella de rosado, y de nuevo se produjo el mágico efecto. Además, iban unas palabras de Camilo José Cela en la etiqueta, así que  aquella tarde, allí, todo era literatura. Salí flotando.

Pasó algún tiempo y volví a verle. Pero, horror, me confundí con las calles, y estuve una hora perdido. Cuando por fin llegué, el profesor Newmark acababa de montar en su bicicleta y se iba a la universidad. Me echó un breve rapapolvo, con razón. Le había hecho esperar una hora, y ahora tenía que irse. Tierra, trágame. Me disculpé. Volví con una anécdota a Cardiff.

Finalmente concerté otra entrevista. Llegué puntual. Pese a lo que yo me temía, la conversación fue muy distendida, me entregó mi tesina con abundantes anotaciones, de fondo y forma: trazos vigorosos, y seguros, interrogaciones, subrayados: aquel hombre, políglota, que había estudiado en Cambridge, que daba cursos en cualquier parte del mundo, la había leído a conciencia, había entrado a matar, como solo lo saben hacer los verdaderos maestros. Finalmente me dijo que el vino lo reservaba para Navidad. Me emocioné. Volví con una gran alegría a Cardiff.

Luego, desde España, le felicité las Navidades varias veces. Siempre me contestó, con aquella letra grande y enérgica. No he vuelto a verlo desde entonces, supongo que debe estar ya muy mayor. Pero, sin duda, tan caballero como aquel que me encontré en Guildford aquel otoño. Un maestro, indeed!

lunes, 23 de mayo de 2011

¿Verdad o fe débil? Diálogo sobre cristianismo y relativismo, R. Girard y G. Vattimo: cuatro notas



I.
Extremadamente interesante esta recolección de diálogos entre los dos pensadores, y un ensayo de cada uno. Para mí, Girard es uno de los intelectuales más honestos que he leído. Iba a decir uno de los científicos; pero ese complejo de inferioridad que han asumido las humanidades en el mundo académico, frente a las ciencias empíricas, y que las ha esterilizado, y mareado cínicamente luego con la deconstrucción, me ha frenado. Y sin embargo, se puede y debe hacer ciencia en las humanidades. Pero no es eso, no es eso: esto es otra cosa. ¿Cosa? Tampoco me convence, porque justamente las humanidades tienen un núcleo del que carecen las ciencias empíricas... simplemente tienen corazón, porque son ciencias del hombre. 

II. 
Girard, con su teoría del deseo mimético y el chivo expiatorio, con su revelación de la violencia colectiva y el papel de la víctima; con su convicción de que la Cruz cristiana deja al descubierto los asesinatos fundadores de comunidades y permite una deconstrucción (entendida como herramienta, no como fin en sí) de los mitos culturales, no ha hecho más que darme conceptos valiosos para pensar humanamente la realidad humana: no es poco, para como están estos tiempos de post- y trans-humanismo.

III.
He aquí que el fundador del "pensamiento débil", el filósofo italiano Gianni Vattimo, tras leer los estudios de Girard, dice que ha vuelto al cristianismo. Pero es una vuelta débil, hermenéutica. Y aquí cabe todo: la misión del cristianismo sería descristianizarse -despojarse de todo lo institucional- hasta llegar a una caridad absoluta. Vattimo llega incluso a invocar la vieja herejía de Joaquín de Fiore, por la que tras la edad del Padre (Antiguo Testamento), y la del Hijo (Nuevo), vendría la del Espíritu Santo: un reino de perfecta caridad, libre de todo dominio e institución. Todo esto sin dejar de invocar el nihilismo, Nietzsche, la gracia... en una macedonia que puede ser como aquello del Apocalipsis: "¡Qué dulce era en el paladar, pero qué amargo en las entrañas!", y provocar una aguda gastroenteritis vital. 

Girard, a la par de ser educado y reconocer lo que en Vattimo pueda haber de sentido común, se esfuerza por desmarcarse de la deriva de su extraño converso. 

IV.
Señor Vattimo, para volver a Rousseau, no hacían falta tantas alforjas hermenéuticas y débiles. "Amor de sí" y "compasión natural", defendía por toda brújula vital el francés ilustrado: así que esta nueva utopía sentimental, ahora revestida de postmodernidad, ya anda inventada un par de siglos. Lo que no sé es si Rousseau se hubiese despelucado hasta amparar bajo sus dos categorías el aborto, la eutanasia, la manipulación eugenésica de embriones humanos (personas), como usted dice explícitamente; lo próximo, imagino, en la hoja de ruta será la legalización de relaciones sexuales con menores, para "liberarlos-educarlos" cuanto antes, como ya vienen promoviendo desde hace tiempo algunos intelectuales. De aquellos rousseaus, estos lodos, estos Vattimos.

Algunas declaraciones de Girard sobre el cristianismo, me parecen matizables. Pero ahí sigue, investigando sin prejuicios, buscando la verdad y contrastando su investigación con los datos que le proporciona la teología católica más solvente. 

sábado, 21 de mayo de 2011

El chino, de H. Mankell: cuatro notas



I. 
Le hice caso a un comentador anónimo de mi entrada "Serie Inspector Wallander, de H. Mankell: cuatro notas", y me aventuré con una novela de Mankell sin Wallander como protagonista: El chino. Se sigue percibiendo la negrura del género, y los tonos habituales del autor sueco. 

II. 
Asombra, una vez más, la cantidad de datos que maneja Mankell, y el grado de verosimilitud que consigue. Pero también aparecen algunas coyunturas forzadas para que la novela consiga atar tantos cabos. El best- seller tiene estas cosas: detallismo en los datos comprobables, para ganar el asentimiento del lector a esta zambullida en el mundo que se le está proponiendo; y una trama que, cuanto más compleja es, más ha de apoyarse en coincidencias, casualidades. En este caso, tanto una dimensión como la otra son crecen en magnitud -incluso más que en lo que había leído de la serie Wallander, aunque me ha recordado a La leona blanca y Cortafuegos-, por lo que queda la cosa equilibrada. 

III. 
Pero es un equilibrio muy barroco. Publicada originalmente en 2007, me parece que es lo último que se le ha traducido a castellano en novela negra -puedo estar equivocado, pero desde luego, ya llevaba muchas novelas previas-. Entonces es normal que ocurra lo que les ocurre a los buenos narradores: que el oficio se va robusteciendo y van apareciendo complejidades mayores. Pero el género novela negra es un género, y no puede dejar de emplear esas coyunturas forzadas, que impiden pasar a literatura-literatura. Pero Mankell quería hacer lo que hizo, y lo hizo bien. Siempre tirando del género, cualitativamente, hacia arriba. 

IV.
El libro está cargado de reflexión social y política en el marco de la globalización: los movimientos europeos antisistema de los 60's y 70's, la nostalgia y el recuerdo de suecos que fueron Maoístas y acabaron adaptándose y trabajando en el sistema judicial y universitario, la descolonización africana y la corrupción posterior -con sus personajes, sus luces y sus sombras-, un pasado de esclavos chinos construyendo la línea del ferrocarril norteamericano de costa a costa, en el siglo XIX, el sistema judicial sueco, la revolución cultural de Mao Ze Dong y las tensiones actuales...  y desde luego, el indispensable psicópata . En algunos momentos se me ha vuelto un poco pesada, creo que sobre todo por la densidad.

Para mí, Mankell, siempre tan atento al mal en el hombre, en esta compleja -en el buen sentido- novela de grandes aspiraciones, amplifica y globaliza las tinieblas, hasta inquietar de verdad. La venganza está en todas partes: ¡Sálvese quien pueda!


miércoles, 18 de mayo de 2011

La sencillez



Mi buen amigo Rafael Tomás Caldera me envió desde Caracas un par de libritos. El librito es esa obra breve en un formato pequeño, como un eco de su interior. Un librito puede rebelarse contra su diminutivo. Me gustan los que lo hacen con elegancia y discreción. Rafael había puesto a uno de ellos el título De la lectura. Del arte de escribir. Verdaderamente es elegante y discreto. Entre sus páginas encuentro la cita de un maestro común, Azorín. Es sobre la sencillez:

"Vamos a dar una fórmula de la sencillez. La sencillez, la dificilísima sencillez, es una cuestión de método. Haced lo siguiente y habréis alcanzado de un golpe el gran estilo: colocad una cosa después de otra. Nada más; eso es todo". 

Impresiona. Tan acostumbrados como estamos a tener la atención dispersa, a pasar de algo a otro algo con pasmosa facilidad, la fórmula de Azorín puede llegar a ser ininteligible. Pero colocar una cosa después de otra supone conocer muy bien cada cosa, dejarla respirar en ese sitio que le hemos asignado. Que nos obligue a verla en su gran o modesto esplendor. 

Claramente, hay muchas estéticas y uno puede hacer lo que quiera. Pero sospecho que en todas hay algo de este espíritu de sencillez en el fondo. La dificilísima sencillez.

lunes, 16 de mayo de 2011

Sobre lo dicho por Woody Allen

Lamento ser agresivo, no es mi estilo, y sé que estoy escribiendo en caliente. Pero no me aguanto.

Leo en El Mundo de hoy (domingo) unas declaraciones de Woody Allen en el festival de cine de Cannes. El periodista le pregunta:

-¿Considera la muerte de Bin Laden un acto de venganza o de justicia?

W. A.: Prefiero no analizarlo en esos términos. Creo que la captura y muerte de Bin Laden fue algo positivo. Era un asesino, un hombre terrible. No me molesta que fuera asesinado. Podría decirse que deberían haberlo juzgado, pero también que no merecía clemencia alguna, porque asesinó a gente inocente. El mundo es mejor desde que no está.

Vaya. 
No se contradiga diciendo "Prefiero no analizarlo en esos términos (de venganza o justicia)", para inmediatamente hacerlo, dejando bien claro que le ha parecido muy bien la venganza, pues eso fue. ¿Quién es usted, Mr. Allen, para decir quién merece clemencia y quién no? Lo que ha estado haciendo Bin Laden está claro que es una atrocidad. Pero toda persona en el mundo civilizado merece un juicio. Supongo que su pensamiento progresista estará en contra de la pena de muerte, en contra del asesinato selectivo, Guantánamo y a favor del estado de derecho. Pero parece que siempre llega un momento en que hay que hacer una excepción, ¿no? Esto me recuerda a la falacia que denunciaba Orwell en Rebelión en la granja: "Todos los animales son iguales, pero unos son más iguales que otros".  

-"no merecía clemencia alguna, porque asesinó a gente inocente". Sí, qué le vamos a hacer, principalmente los asesinos en general matan gente inocente. No es un descubrimiento. Según su razonamiento podríamos vaciar las cárceles de todo el mundo en pocos días. Y la justicia sería muchísimo más rápida. La ley del Talión aún sería demasiado conservadora. Podemos desandar el camino hasta la hominización, si quiere.


-"el mundo es mejor desde que no está". Esta frase me la imagino más en la boca Schwarzenegger, después de haber acabado con el malo malísimo, y los cien que había por delante. ¿Se está poniendo a su nivel? Yo creía que usted era un intelectual de los que abominan de ese Hollywood maniqueo y violento. ¿Todavía no sabe que el asesinato de Laden ha provocado casi instantáneamente una venganza con 80 muertes en Pakistán, por un terrorista talibán suicida? ¿Qué mundo es el que es mejor desde que no está Laden? ¿el mundo norteamericano, que cuenta con altas medidas de seguridad, pero -como ya hemos visto- no es invulnerable? Parece que Pakistán, que también es "mundo", no es mejor. 

Y le recomiendo que no esté mucho más tiempo pisando la alfombra roja de Cannes, porque esto es Europa, donde los atentados islamistas son más probables. 

-"no me molesta que fuera asesinado". Quizás un picor en la pantorrilla le moleste mucho más.

Finalmente, esto recuerda mucho al chivo expiatorio de René Girard: Laden no era inocente, pero su sacrificio puede ayudar a agrupar a una nación por el instinto de venganza, agrupar por un momento a Demócratas y a Republicanos, y disimular lo que la CIA anda haciendo por el mundo. Luego se erige una mezquita en la zona cero y todos contentos.

Y sobre las dos perlas de su amigo Obama en el discurso de anuncio del asesinato:

"América puede hacer todo lo que se proponga": Todos los imperios acaban cayendo, my friend. 
"Somos una nación, bajo Dios, indivisible..." Por favor, deje a Dios tranquilo, no tiene nada que ver con todo esto.

(En fin, un desahogo. No tengo nada en contra de "los norteamericanos", tengo amigos allí a los que quiero mucho. Esto tiene que ver con ideologías y con la espiral de violencia que se crea cuando todo vale).

viernes, 13 de mayo de 2011

La madre siempre se escribe

(Advertencia, esta entrada se había preparado un día antes, antes de la crisis blogger que hemos sufrido recientemente. Supongo que el primer enlace no funcionará, porque creo que se ha perdido esa entrada del blog Rayos y truenos. Espero que la reponga)

Esta entrada está inspirada en la que ha escrito en su blogg mi buen amigo Enrique García-Máiquez. Allí aparece un precioso haiku. Bloggeando con él sobre el poema, me comentaba que una madre se borra tras el hijo que va a nacer: resulta que en el haiku se dice que la mujer embarazada no puede ver sus pies, y es como el comienzo de una hipérbole: el hijo va ocupándole hasta que ella desaparece. Esto lo interpreta Enrique del mejor de los modos posibles: la capacidad de entrega y abnegación de una madre por su hijo.

Estoy de acuerdo. Pero también, como la realidad es rica, creo que hay que complementar la verdad  del borrado con otra: una madre siempre se está escribiendo. 

Cuando doy una charla sobre la importancia de la lectura, suelo terminar con un elogio a la mujer como transmisora de la lectura, y en general de la cultura. Especialmente a la mujer madre. Y aporto una experiencia personal: de vez en cuando, descubro en lo que estoy diciendo un giro, un refrán, una entonación, una palabra originaria de mi madre. Y esto no me ocurre con respecto a mi padre -cuya presencia la noto en otras realidades-. 

Una madre siempre se está escribiendo en ti. 

Esto lo vas descubriendo Con el tiempo. Enrique lo sabe.

miércoles, 11 de mayo de 2011

Lester Young: cuatro notas


I.
"There Will Never Be Another You", esa canción norteamericana de 1942, es la que estoy escuchando en este momento. Una vez más. Convertida en tema standard de jazz, la toca Lester Young, con el trío de Oscar Peterson.

II.
Cuando suena Lester Young, me hago mis sinestesias: ¿es la mano que acaricia el lomo del gato de angora, o es más bien la caricia, o ambas? ¿o la nube ingrávida? ¿tiene sentido decir algo sobre lo que suena? Pienso que sí, como crítica musical, o como "traducción" a palabra, a inspiración. Ya sé que estoy cruzando el umbral donde se ensombrece la certeza, pero a menudo también donde se perfila la verdad.

III.
Hay una película, Round About Midnight, de Travernier, que cuenta los años parisinos de un saxofonista tenor en París. Alcohólico, como Lester Young. Lester bebió hasta morir en medio de su gira parisina. No me acostumbro a estos contrastes: la mano en el lomo del gato, la caricia, la nube... y esos otros oscuros umbrales donde se desvanecen las sinestesias con que descubrimos sentido al mundo, a la vida. Donde se descosen las suturas del alma.  

IV. 
Nunca habrá nadie como tú, dice el título de este standard. Cada persona es un misterio. Hasta el último momento, la esperanza de acariciar esos pocas costuras. Aun cuando sea muy densa la oscuridad. 

A Lester. 

domingo, 8 de mayo de 2011

Fenómeno dominical

Sorprendentemente, el cielo sigue ahí, tan claro. Son las ocho y media de la tarde. Una tarde de domingo, sea de invierno o primavera, suele proceder así: detiene el tiempo durante horas. Hoy parece que la gracia se ha extendido a casi todo el día. Estas prolongaciones desdibujan las fronteras. Durante la semana vamos de aquí para allá y sabemos con cuántas monedas se pasa este o aquel peaje. Quizás, lo mismo que distrae, agota. 

La tarde del domingo nos exonera de calcular. Las monedas están allí, sobre la mesilla de noche, como dormidas: una misteriosa transfiguración de la intimidad. Si se sabe mirarlas, si no se apresura uno a introducirlas en el bolsillo, en adelantar el lunes, entonces susurran esa verdad. Esa, la de los domingos por la tarde.    

viernes, 6 de mayo de 2011

Volvemos al taller de escritura

Comenzamos anteayer. Yo tenía ganas. Me sorprendió encontrar la misma actitud por aprender que vi en mis alumnos del taller anterior. A excepción de dos personas, creo que soy el más joven del grupo. Miro sus rostros y me parece escuchar "Queremos aprender lo que no pudimos". 

Me miro en sus rostros y su deseo me impregna del enigma de esa juventud deseante y sabia. 

Su atención, sus sonrisas, bajo alguna de esas muescas que deja la vida en los rostros, vienen de un lugar impoluto. 

Gracias. 

miércoles, 4 de mayo de 2011

Ser escritor es sentarse y escribir

John Hersey dice que ser escritor es sentarse y escribir. También se puede escribir de pie. Pero la diferencia suele ser importante. Podemos hablar sentados, de pie, tumbados... pero escribir nos fuerza a sentarnos. Parece exigir una congelación del resto de funciones vitales: hay que concentrarse, recogerse.

Pero supongo que Hersey tenía una intención más desmitificadora en su frase. Una profesión, un hábito, depende de esa fuerza de voluntad, de esa ignición. Ese momento mágico entre la nada y el fuego, esa chispa que nadie ve y luego crea el incendio. 

No hay musas, hay sillas. 




lunes, 2 de mayo de 2011

Serie Inspector Wallander, de H. Mankell: cuatro notas



I. 
Yo me crié con el racionalismo de Sherlock Holmes, la discreción de Hercules Poirot y la lentitud de Miss Marple. Y luego llegó Kurt Wallander. Algo olía a podrido, esta vez no en Dinamarca, sino en Suecia, y he aquí un inspector que no tenía miramientos para enfangarse hasta las cejas en todos los detalles de un caso. Estar, tocar, volver, intuir, imaginar, sufrir, deprimirse, enfadarse, a veces emborracharse, pensar en equipo; y maldurmiendo, malcomiendo... y a toda velocidad. Se acabaron los cerebros fríos que resuelven problemas de lógica desde un sillón orejudo.  

II. 
Aunque no he leído la serie entera, creo que he leído bastante: La falsa pista, La quinta mujer, La leona blanca, El hombre sonriente, Pisando los talones, Cortafuegos y Antes de que hiele. Toda la serie tiene un tono sombrío que alcanza a los individuos, instituciones y la sociedad entera. Parece decirnos que cada vez hay más psicópatas, y  la única solución parece ser que los que todavía no han perdido la razón, aguanten como sea, porque todo se está desmoronando. Y los aún cuerdos caminan por una cuerda floja. 

III. 
Me llama la atención la sociedad desespiritualizada que aparece en la serie. La religión no inspira apenas a nadie, salvo si se trata de sectas destructivas que consiguen atraer a hombres y mujeres, jóvenes, niños: personas abandonadas, solitarias, frustradas que sucumben a secretos mesianismos. Ante todo el problema, un Wallander indiferente a las cuestiones espirituales, se sostiene sobre los pilares de su repugnancia ante el misterio del mal, su compasión y su entrega absoluta al trabajo. Conocemos sus remordimientos, sus fracasos familiares, su carácter fuerte, su abusada salud, su soledad, sus depresiones, incluso sus cesiones al mal, sus dudas  y sus proyectos, que van desvaneciéndose al paso de los años.  

IV. 
La voluntad literaria de Mankell es palpable. Que se trata una serie del género best-seller nos lo recuerda la repetición de fórmulas, estructuras, temas, modos de resolver, personajes extremos, la velocidad de los hechos, la dosificación de sorpresas... Pero también somos conscientes de su aspiración estética, de su estilo realista -en algunos momentos crudo e incomodante-; de su buen manejo del diálogo, de su pintura justa de paisajes y ambientes; de esos párrafos largos, necesarios para explorar un estado anímico o una consideración ética; de esas frases breves con las que decir mucho sin apenas decir. 

viernes, 29 de abril de 2011

Cómo se pinta un cuerpo glorioso

Cristo resucitado,  Bramantino

Para empezar, es imposible. Porque ni nuestros cuerpos son gloriosos, ni tenemos la capacidad para percibir el cuerpo de Cristo resucitado -si Él no se nos aparece y concede una capacidad para ser visto así-. Pertenece a un mundo futuro. Pero esto es meterse en teologías muy interesantes. Y yo quería quedarme más en una experiencia personal como aficionado a la pintura.

Cuando vi por primera vez este cuadro de Bramantino, Cristo resucitado, en el Museo Thyssen-Bornemisza, noté algo avasalladoramente enigmático. Poniéndonos semióticos, no es un cuadro dentro del código habitual de representación del Resucitado que lo muestra contextualizado en las escenas evangélicas: entre los guardas del sepulcro atontados, con el incrédulo Tomás, o con la Magdalena en el "noli me tangere", o con los discípulos de Emaús. Aquí Jesús está, literalmente, posando para un retrato: ni siquiera se encuentra en medio de un lienzo más ancho que mostrara un paisaje indeterminado a derecha e izquierda, y lo sugiriera como rey del cosmos. 

No soy especialista y puedo estar equivocado, pero esto me resulta extraño para lo habitual en la época. Parece como si Bramantino quisiera inspeccionar la cuestión del cómo sería el cuerpo de Cristo glorioso tras la Resurrección, más que representar el qué (que ha resucitado y lo que sus apariciones van suponiendo en la vida de la Iglesia naciente).

Lo siguiente que me planteé fue: "Hoy en día, estamos saturados de imágenes de seres sobrenaturales, extraterrestres, superhéroes, bañados en colores metálicos, restallando de brillos, bajo luces imposibles... Pero en 1490, que no existía la Marvel, ni Hollywood, hacía falta un grandísimo esfuerzo de imaginación para representar así a Cristo resucitado". Ese color plata que unifica el cuerpo con el manto, su contraste con los tonos rojizos de las pupilas, del cabello, de los estigmas... un paisaje de fondo que recuerda a las rarezas de Tim Burton, y encima una luna con rostro ¡que se está riendo! 

En fin, no voy a decir la manida frase de que "aquí observamos la modernidad" de Bramantino, que seguramente la tiene. Simplemente digo aquello de San Pablo, "ni ojo vio, ni oído oyó"... y añado ni pincel pintó. Aunque intentar representárselo sea algo muy provechoso para avivar la esperanza. 

miércoles, 27 de abril de 2011

Una lectura de Encontrarás dragones / There Be Dragons desde René Girard


Estos días ando leyendo y releyendo ¿Verdad o fe débil? Diálogo entre cristianismo y relativismo, cuyos interlocutores son René Girard y Gianni Vattimo. La verdad es que no acabo de calibrar la ingenuidad y el convencimiento con que Vattimo propone su utopía postmoderna nihilista, a partir, precisamente de unos textos de Girard que él mismo ha refutado en aspectos importantes. Vattimo mete estos textos junto con el cristianismo en su lavadora heideggeriana, y la pone a centrifugar "hasta el infinito y más allá". Ya digo que no acabo de calibrar la razonabilidad de la propuesta; pero bueno, de quien quiero hablar es de Girard.

He visto Encontrarás dragones varias veces, y su huella en mí ha hecho acorde con este repaso reciente de la teoría de Girard. En la película hay escenas que reflejan bien el proceso del deseo mimético, el sacrificio del inocente por la turba e incluso una sustitución de la víctima supuestamente culpable, por un personaje que, creyendo equivocadamente en la culpabilidad de la víctima, finalmente por amor asume esa culpabilidad como propia, sacrificándose a sí mismo, para que la víctima inicial se salve. Especifiquemos.

Manolo desea a Ildiko, pero Ildiko está enamorada de Oriol. Manolo está deslumbrado por la personalidad de Oriol, y envidioso de la mutua atracción entre Ildiko y Oriol: estructura triangular del deseo, donde Oriol se convierte en el mediador/contrincante de Manolo para conseguir a Ildiko. Esto quedará patente cuando, al requerir Manolo sexualmente a Ildiko, ésta le rechace, "porque los celos son feos", y "porque en el fondo querrías ser él" -refiriéndose a Oriol- (cito de memoria).

Manolo, como espía, consigue que el bando de los sublevados vaya masacrando el destacamento de milicianos que dirige Oriol. La masa de milicianos entra en crisis colectiva, cunde un recelo general sobre quién será el espía que les está traicionando. Manolo y dos más urden un plan para salvarse pasándose al enemigo y pacificar al mismo tiempo a la turba: eligen una víctima inocente, Ildiko, presentando pruebas falsas. La turba unánimemente decide matarla como acto de justicia (aparece un venado sacrificado colgando de unos árboles en ese preciso momento, como metáfora de lo que va a ocurrir), de modo que no se sospeche de ellos, y de paso, puesto que Manolo no puede conseguir su objeto de deseo, destruirlo y "vencer" a su adversario, Oriol.

Oriol, el anarquista, decide ser él quien la ejecute (sacrifique). Le echa en cara a Ildiko que sus besos eran "los besos de Judas" (un intertexto que orienta la interpretación del sentido de la escena, y que conecta por el tema de la redención y el cristianismo con una anterior referencia a Crimen y castigo de Dostoievsky: Oriol había dicho que fue el único libro que le gustó cuando estuvo en la cárcel). Pero en el último momento el amor es más fuerte que la venganza ante la supuesta traición, y Oriol carga con la supuesta culpa de Ildiko, autosacrificándose en su lugar, para que los milicianos se convenzan de que era él y no ella, el traidor, y la dejen marchar. 

Creo que se podría continuar el análisis, porque la película da para más, pero lo dejo aquí.

Si Girard había señalado, desde la antropología, que la Pasión de Cristo es la denuncia de la maldad del mecanismo sacrificial del chivo expiatorio, inocente, así como la contención de la violencia generalizada mediante el autosacrificio por amor; en Encontrarás dragones, todo apunta a que, además de los dragones de la violencia, también encontrarás la respuesta cristiana. 

El mismo Joffé, judío y agnóstico, también desde las convicciones antropológicas que subyacen a su propia experiencia humana, ha declarado por escrito lo siguiente: 

"El protagonista de la película es Jesucristo. No estoy hablando en un sentido grandioso o profundamente religioso. Lo que creo es que esta película versa sobre el sufrimiento, y a Jesucristo lo encontramos en el sufrimiento. Y también en el pecado. Este es el excepcional mensaje del cristianismo. Y cualesquiera que sean mis creencias religiosas, no puedo refutar su extraordinario poder redentor y creativo". 

lunes, 25 de abril de 2011

Algo nuevo bajo el sol



Escribía Mallarmé aquel verso que abre el poema Brisa marina, "La carne es triste ¡ay!, y yo he leído todos los libros". Al fin y al cabo, una especificación de lo que ya sentenciaba la sabiduría humana del Eclesiastés, "Nada nuevo bajo el sol".

Pero ¿y si hubiera algo verdaderamente nuevo bajo el sol? ¿y si la carne bailara claqué, porque, digamos, un Dios enloqueció por ella hasta sacarla a la pista, como Fred Astaire a Ginger Rogers, y sonriendo infatigablemente, formalizara con ella pareja indisoluble? ¿y si una nueva lectura trasfigurase todos los libros?

En Así habló Zaratustra, Nietzsche escribía, "Yo no creería más que en un dios que supiese bailar". Quizás Nietzsche no fuera buen bailarín. Yo creo firmemente que hay algo nuevo bajo el sol, que es cuestión de sonreír -aunque a veces aprieten los zapatos de charol- y dejarse llevar al compás.




viernes, 22 de abril de 2011

T. S. Eliot: examen de conciencia



La primera vez que leí los Cuatro cuartetos, me sorprendió especialmente una sección. Yo leía como el estudiante que era, y Eliot escribía desde una dolorosa madurez, y además bajo los bombardeos alemanes del London Blitz. La sección aparecía en el último cuarteto, "Little Gidding". Era fascinante. Un poema narrativo que reflejaba un canto de la Divina Comedia, ambientado en una atemporalidad borrosa, ese intervalo que no es ya propiedad de la noche, ni todavía del amanecer, aunque sí patrimonio de Inglaterra por su telón constante en las tragedias de Shakespeare. Es el momento de las revelaciones.

Eliot se encuentra con un espectro, y los espectros retornan con revelaciones que influyen en la vida de los vivos, como muestra la escena del fantasma del rey de Dinamarca y su hijo Hamlet en la tragedia de Shakespeare. Como Brunetto Latini a Dante en el Infierno, este maestro -que representa a toda la tradición occidental- acompaña a Eliot por un caótico paraje que parece el infierno, pero que finalmente resulta ser un purgatorio. El maestro anuncia a su discípulo las verdades últimas y dolorosas del cuerpo y del alma, del alma de un escritor, y apunta a una purificación a través del fuego. Entre esas verdades punzantes cuenta la vanidad, el daño causado a otros, la autosuficiencia desmentida por el desmoronamiento del cuerpo... y más. 

Es un Eliot con un pasado que le pesa, y con una fe encontrada. Para mí que esta sección era el examen de conciencia constante del hombre Thomas Stearns Eliot en aquella encrucijada "nel mezzo del cammin di nostra vita".

miércoles, 20 de abril de 2011

G. K. Chesterton, mi amigo, de W. R. Titterton: cuatro notas


I
Un gran número de cabezas tuvo grandes ideas durante el primer tercio del siglo XX. Posteriormente, algunas de esas grandes ideas costaron muchas cabezas. Pero otras ideas, aparentemente más modestas, abrieron las mentes, entretuvieron, hicieron reír, dieron esperanza. Incluso lo siguen haciendo. Chesterton fue una gran cabeza -y no sólo cabeza- generadora de este segundo tipo, y aprovechó febrilmente los canales del mundo moderno.

II. 
Algo de todo esto aparece en esta biografía escrita el mismo año de la muerte de G. K. Una escritura en caliente y desde la amistad que no se resigna a la partida del amigo. Titterton, el autor, se consideraba aprendiz de G. K. en el periodismo, en lo humano y en lo divino. Así que al hilo de la vida periodística y polemista de G. K., Titterton escribe un libro trepidante, porque trepidantes fueron aquellos años, y trepidante fue su amigo.

III.
Traducida por Aurora Rice y Enrique García-Máiquez -recuerdo aquella consulta que Enrique, afinando, afinando, hizo entre bloggeros amigos sobre una rima de uno de los poemas de G. K. con que Titterton va trufando el libro-, esta biografía es una perspectiva complementaria a las que ya conocíamos. El misterio de la persona no se agota en la tinta de una o mil plumas, ni siquiera si es el propio sujeto el que se autobiografía, como también hizo G. K. 

IV. 
Y al mismo tiempo es una crónica de un postvictorianismo al que, como lechoncillo en fiesta patronal, todo el mundo se acerca con la servilleta al cuello y el cuchillo en la mano. Los diferentes ismos políticos campan por sus respetos, incluido el distributismo de G. K., Belloc y unos más. Y también el socialismo de G. B. Shaw. Por cierto, hay un capítulo dedicado al famoso debate entre G. K. y G. B., "¿Estamos de acuerdo"?, que tiene su complemento en la traducción que de él hizo Victoria León para Renacimiento, y Enrique Baltanás -su prologuista- me regaló en una noche sevillana.

Imprescindible.

lunes, 18 de abril de 2011

La casa, el tiempo

Basta un poco de silencio. Se escuchan leves ruidos en la casa. Es que la casa camina, como nosotros. Su caminar se traduce en reajustes de vigas, marcos, baldosas, escalones, bisagras... La casa camina porque nada en este mundo deja de caminar bajo el signo del tiempo. El tiempo todo lo signa con su espuela. Si miro mis manos descubro el mismo signo. Si cierro los ojos espero una Resurreción.

viernes, 15 de abril de 2011

Imaginación: ejercicio y madurez

"La imaginación crece con el ejercicio, y contrariamente a la creencia común, es más poderosa en las personas maduras que en las jóvenes". W. Somerset Maugham.

Pues sí, gracias Somerset. Para los que ya vamos teniendo años es un cumplido y es una verdad. De la madurez citada no podría responder. Supongo que me asiste la madurez standard, la que, quieras o no, la vida le da a todo quisqui tras el correspondiente coscorrón.

Pero volviendo a la imaginación, es cierto que la madurez de los años ha aportado descubrimientos, conocimiento, nuevos elementos y nuevas conexiones para ese ejercicio de figurar, de construir una figura -sea lírica o narrativa, fija o dinámica-, a partir de esa desembocadura del magma fluyente de sensaciones, ideas, recuerdos, deseos, culpas, redenciones, emociones en el golfo de la realidad... Puede ser una imaginación más sabia, honda y rica. 

No sabría calibrar el grado de madurez de quien efectuó el siguiente trastoque metafórico de un conocido refrán: fue esta mañana, un albañil le decía a otro, hablando con cierto recelo de la presencia del jefe de obra: "Ya sabes, aunque el capataz se vista de mona, mona se queda".