AVISO PARA QUIEN QUIERA COMENTAR

¿Dónde está la sabiduría que perdimos en el conocimiento?
¿Dónde el conocimiento que perdimos en la información?
T. S. Eliot, Coros de La roca, I



sábado, 10 de mayo de 2014

Unos poemas en Cuaderno Ático: unos instantes en el Olimpo


Cuaderno Ático es la bella revista de poesía que dirige el poeta y profesor Juan Manuel Macías. Diseño clásico, ático, donde los poemas respiran visualmente: columnas de palabras como las del Partenón, ganando su forma contra el cielo zarco de Atenas. 

La nómina de poetas, heterogénea como el Olimpo, es llamativa por la calidad, por las trayectorias consolidadas, por los nombres. Bueno, pues Juan Manuel ha tenido la gentileza de publicar unos poemas míos en el número de Primavera. Le estoy profundamente agradecido por esta anomalía. 

Cuaderno Ático se puede descargar en pdf, y también leer en sistema ISSUU, verdaderamente cómodo, limpio y elegante. Kalón.

viernes, 2 de mayo de 2014

¿Qué hacemos con los adverbios? Literatura y hamburguetura

Elmore Leonard aconseja nunca utilizar un adverbio para modificar el verbo 'dijo': 

"-dijo suavemente/con rapidez/cansado/con un deje de escepticismo..."

Bien, me parece muy sensato. Hay ocasiones en que no seguir esta regla denota poca confianza en las palabras, en el lenguaje, en el lector... y lo peor de todo es que podemos incurrir en ello por puro atolondramiento, por cliché, por pensamiento pre-pensado, por contaminación ambiente...

Pero hay otras en que puede ser inevitable saltársela, bueno... si uno ha intentado evitar este recurso, si ha impreso en el lenguaje todo lo que sabía y podía, para dotarlo de esa afectividad, temperatura anímica, paleta circunstancial que la escena, la intervención del personaje requerían; si pese a todos los intentos, es inevitable, entonces es bueno.

No es correcto andar criminalizando categorías morfológicas: "¡Huye de los adverbios!", "¡Sacrifica los adjetivos!", ni que la literatura fuera Moloc, y Hemingway su profeta. Con todos mis respetos a Hemingway y a su larga estirpe. Hay muchas estéticas. Lo que puede abundar menos es el buen juicio, y abundar más las prisas y la necesidad de vender hamburguetura. 

En La mujer nueva, Carmen Laforet escribe:

-¡Paulina! -la voz sonaba desesperada-. No sé si te burlas de mí o es que no entiendo.

'desesperada' atañe tanto a 'voz' como a 'sonaba' -y aquí hace función de adverbio-; un predicativo, vamos, de los que utilizamos todos los días, pero del que desconocíamos su etiqueta lingüística -ay, qué bachilleratos, que nos han hecho aborrecer y olvidar lo que tan bien nos vendría para explicarnos tantas cosas...-; y es difícil expresar que sonaba desesperada la voz, simplemente con los magros palillos de admiración -¡lo admirable es que aspiren a expresar todo el inabarcable abanico de matices de la admiración!-. 

En fin, cuidado con las consignas partisanas para la escritura, con los arrestos dogmáticos de ciertos progresismos de escritura pret-a-porter... si uno no quiere, simplemente, freírse un par de hamburgueturas.


domingo, 30 de marzo de 2014

Paso de minué (para escritores)

Toda la mañana, la luz ha pasado lenta. Como por un tamiz. Los domingos tienen un segundo cuarto amable, al menos así lo esperas. Este, lo cruza una llovizna sutil, y sin embargo suena seco. No se escuchan los retazos de conversación, ni las instrucciones del monitor de aerobic en el río. Lo he dejado todo sobre el escritorio, y he tomado la gabardina.

En el cauce seco del río apenas resuenan los gritos de los futbolistas; hasta los pocos perros se guardan sus ladridos, todo llega ensordinado. Escucho un minué de Bach. Los pinos guardan su orden habitual, también la perspectiva del paseo o las sucesivas calles de tierra. En el estanque, unos pocos patos de cuello verde eléctrico se reparten sobre los muretes de la orilla, otros avanzan lánguidos por el espejo del agua turbia. Un dos tres, un dos tres, ajusto el paso al compás, se desvanecen algunos pensamientos, es agradable pasear por aquí. Pienso que solo faltaba yo, que tendría que escribirlo. 

domingo, 16 de marzo de 2014

Ruinas de Roma (poema)

Ruinas de Roma

Es tarde ya
junto a los templos de Torre Argentina,
y yo también he de irme con ellos.
Hubo dioses aquí, pero la primavera
ha sido aún más fuerte, y en la resina arcana
de los pinos contemplo el mito leve 
de mis días.
Aquí hubo un teatro,
y un rumor sacro de túnicas, aras,
y nadie escucha ya las voces ni los ecos.
Otra palabra, la del tiempo,
como los bárbaros constante,
se expande bajo el cielo como savia. Yo tiemblo
bajo el abril triunfante que volverá sin mí.

Asciende hasta mis labios la plegaria.

jueves, 13 de marzo de 2014

El umbral de piedra, de Tomás Rodríguez Reyes: cuatro notas de lectura



I.

¿Qué tienen estos días de travesía, de nubes, de un rato de luz, de una caricia de frío, de lluvia? Pasan enigmáticos en su batiburrillo. Las cosas van así. Sobre la mesa, este poemario también enigmático, de un poeta, y un lector, y un pensador, y un maestro... afuera los plátanos desnudos, retales de conversación que suben... y la idea de que todo, de un modo misterioso, va con todo, aunque yo sabiéndolo, no sé cómo...


II.

Y la música, me olvidé de que el poeta y pensador, también es músico. Música como tema, pero sobre todo como forma, en sus ritmos, en su desenvolverse del motivo, en su volver y avanzar, en sus ecos. Pulso seguro, diapasón, compases medidos y obedientes a un hacer difícil porque su materia se escurre, como la piel del misterio.


III.

Me figuro al poeta, concienzudo sobre las palabras, como el ebanista con el cepillo; y al pensador limando una poética, porque aquí poeta y pensador vienen a partes iguales. La belleza y la luz, pero ¿no es la belleza luz, aunque venga de lo hondo? ¿y lo mismo la luz, no es siempre bella, aunque sea dura? Descubrir, construir, comprender... Poética en el prólogo, en el epílogo y en los propios poemas. Qué voluntad de visión, con todo el ser, cabeza y corazón. Qué románticos son los poemas de El umbral de piedra, románticos de tradición de lo interior, de ir a lo hondo a ganar la luz, del riesgo, del origen; y qué clásicos de oficio, de canon métrico, de claridad de imagen, de dicción elevada. Un romanticismo templado en su aparecer, mientras mantiene la sed de lo infinito.


IV.

¡Italia!, una presencia sostenida en el libro, encendedora de recuerdos. El lector trae siempre sus maletas al lugar de acogida. El lector es un presunto paseante: en verdad, no lejos ha dejado sus bagajes, y se los trae al calor que le recuerda, ya a salvo, el original desamparo de sus días. Italia de lugares, de músicas, pinturas, letras, de hombres. Cómo un lugar se hace Lugar una vez más por obra de la palabra.



lunes, 10 de marzo de 2014

Metáforas, textos y perros

Una de esas tardes, pesada, cabeza-coctelera ya antes de entrar en el aula, tres horas comentando textos -preciosos-, los alumnos han aguantado como campeones, volvemos a casa Houston, son las 20:10 en el metro -verdaderamente, lo son en todas partes-, hay un joven rapero en el vagón, admirables su audacia y resolución, ¿es literatura en acción?, no me quedan rimas ni neuronas para esta cuestión, el rapero nos abandona como Dante un círculo del infierno, ahora necesito un analgésico en los oídos, descubro que no siempre un preludio de Bach es lo más adecuado, y decido dejarme llevar por el instinto hurgando en el smartphone, ha de ser algo sorprendente y al mismo tiempo monótono e hipnotizante, una emisora de radio, BBC, pero los diversos canales van poniendo músicas, y si Bach no ha pasado el test, mucho menos el tema country "Walking Memphis" con que me he topado, pero al final sí... sí, sorprendente, Radio BBC Kent, un animado coloquio sobre los perros en el hogar, un perro necesita mimo, buenos alimentos, y ama (they love...) que lo saquen a pasear... increíble, sigo el programa fascinado, Vodafone Sol, Tirso de Molina, Antón Martín... yo que no tengo perro, ni ganas de tenerlo, que me perdonen los esquilófilos... pienso: qué tiene que ver una tarde en la trinchera docente, con los entrañables perros del hogar en Kent: pura yuxtaposición de sucesos, ni siquiera se palpa algo así como los oscuros raíles que conectan dos estaciones de metro. Pero me acuerdo de un ejercicio de creatividad con metáforas, la metáfora une lo diferente, encuentra nuevas relaciones. Y me hago yo mismo el test (A es como B, porque Q): 

-"Una pesada tarde es como un perro de Kent" 
-¿Por qué? 
-"Porque por precioso que sea, como un relato bien alimentado y despulgado, no lo puedes llevar al brazo durante tres horas".

Me voy a dormir con un aprobado alto.  

miércoles, 5 de marzo de 2014

Escribir en tu talla


Fue en el AVE. A mi lado se sentó un chico que canturreaba, pero no cualquier tonadilla: seguía una partitura en su tablet y emitía una melodía segura, aunque a un volumen mínimo, como el que sabe controlar el sonido. Un profesional, vaya.

-¿Eres tenor?
-Contratenor.

El único papel de contratenor que conozco, es el de la Pasión según San Mateo, de JS Bach. De ahí que me dejara en suspenso (por mi ignorancia), ¡un contratenor!, y yo con estos (inexistentes) pelos.

El AVE llegaba ya a su nido, y dio poco para un diálogo que, de haber sido atacado antes, hubiera dado bastante de sí. Pero al terminar, y hablando de técnicas de respiración y relajación para cantantes e instrumentistas de viento, vino a darme una preciosa metáfora:

-Sí, cuando consigues una buena técnica es tal el alivio que te da la impresión de que toda tu vida has estado caminando con zapatos tres tallas menos.

Eran las 23:00, nos despedimos, él quizás tomó un taxi, y yo me dirigí hacia la entrada del metro con la metáfora atravesada en las neuronas: también pasa en la escritura, se escribe mejor -con más gusto, más seguridad- con un poquito de técnica.

domingo, 9 de febrero de 2014

Los demonios, de Dostoievski: cuatro notas de lectura




I.

“Tarde te leí”, como el “tarde te amé” de San Agustín. Y un día… sobrecogedor.


II.

Muestra personajes psicológicamente condicionados por la convulsa Rusia zarista de los años 60 del XIX, pero hay más, mucho más. Si Dostoievski sigue siendo Dostoievski es porque está diciendo la verdad. Algo que olvidamos al buscar la esencia de un clásico: un clásico es un señor que dice la verdad, o bastante verdad, o bastante profunda.


III.

El primer cometido de la novela es la fidelidad a la piel de la vida, a cómo se presenta la realidad; y esto no riñe con que el narrador siempre cuente desde un punto de vista o que cuente un mundo de dragones o espadas láser. Dostoievski quiere contar la variedad de situaciones, estados de ánimo, reacciones, contradicciones, obscuridades, luces… se dirige a la complejidad. Hasta los personajes que fácilmente se prestarían a un molde compacto, se revelan poco a poco inasibles, evitan la categoría cerrada. Entonces te preguntas qué visión tiene Dostoievski, que abre el plano y al mismo tiempo profundiza. Es un panóptico que te revela la estrechez con que tú mismo miras la realidad humana. 


IV.


Pero Dostoievski no es un relativista; o sí, pero en este sentido: relativiza el juicio sobre la persona, pues descubre un abismo al asomarse a ella, mientras deja bien clara la cualidad villana de la acción realizada. Es un autor radicalmente cristiano: reserva el juicio, y la misericordia, a los ojos de Quien pueda sondear y asumir las luces y las sombras del misterio de la condición humana, del hombre y la mujer concretos. Y todo lo demás es novela. Nada más. Nada menos.


martes, 14 de enero de 2014

Misericordia, de Galdós: cuatro notas de lectura

 

I.

Una lectura tan grata, a veces tremenda, un texto pertrechado de recursos literarios. Hay pasajes verdaderamente cervantinos en su contar preciso y ocurrente, en la frase rítmica y bien medida, como para decir en voz alta ante una concurrencia, en la tertulia familiar decimonónica, o ante el inopinado público de las ventas de la Mancha. Y un buen despliegue de metáforas, y de imágenes que traen esa visualidad que hoy no buscamos, porque si algo queremos, es descansar de tanta estampa, pero que en el XIX eran requisito del novelista. Novelista pintor, fotógrafo.


II.

Son frecuentes los momentos de caricatura, y no pocos, despiadada. Como en Marianela y en otras novelas, Galdós pinta animalizados y cosificados a los hombres y mujeres, e imprime matices humanos a animales y cosas. Más de una vez me detuve en la lectura: “¿Pero cómo se pasa?”; pero más de una vez, ante el nuevo detalle que equilibra al personaje y le da profundidad, volumen y sombra humanos. Con otros procederes, me recordó al Dostoievski que expone la variedad y el misterio del alma, para distinguir entre la falta condenable, y quien la hizo y sin embargo no debe ser condenado por otros ojos humanos. Al lector se le invita a la piedad.


III.

Aquí Galdós se identifica con un narrador todopoderoso al que no duelen prendas aparecer como artista plástico que todo lo moldea, expresionista y cómico, gozoso de que se le note. Realismo, sí, pero no con narrador traslúcido para pergeñar la apariencia de que se fue el mediador entre el lector y lo que desfila por las páginas; sino el de un mundo molesto de mirar, animado por esa idea (tan discutible) de que más real parece lo que más desmiente lo ideal y placentero.


IV.


Ese final, como coda inesperada, me recordó a la cálida sorpresa del de Los hermanos Karamázov, como si Galdós y Dostoievski hubiesen deseado un subrayado de convicción moral, de cordialidad pudorosa que no se quiere ocultar. Frases últimas que al leerlas te ahuecan el mundo y te lo callan unos instantes para que resuene una emocionada verdad.   

viernes, 20 de diciembre de 2013

Lo que he aprendido de mis alumnos este cuatrimestre


Tallos, JM Mora Fandos, lápiz y acuarela sobre papel

Se dice que unas buenas lecturas canónicas -Cervantes, Galdós, Delibes...-, son esenciales para aprender a escribir. Yo también se lo digo a mis alumnos. Lo que va siendo hora de decirles es lo que aprendo yo al leer los textos que escriben. 

¿Qué se puede aprender de quien quiere aprender? Lo primero es evidente: su deseo de aprender, algo que nunca puedes dar por supuesto en ti -ay del día...

Y, desde luego, otras sensibilidades: cada hombre o mujer es una mirada distinta, un enfoque diverso... ¿y qué es un relato sino un enfocar?

Por no hablar de una perspectiva privilegiada: la borrosidad con que el escritor se mira a sí mismo, el polvo que levanta, el humo que hace en su taller, son tales que no le es fácil rodearse y verse desde fuera. En cambio, en el texto del alumno estás fuera y ves la distancia entre lo que se intenta y lo que se consigue; lagunas... Te enseña una falsilla para ganar esa distancia contigo mismo, ese desdoblamiento necesario.

Pero dejo lo mejor para el final: hay verdaderos hallazgos, metáforas, ritmos, sugerentes finales de párrafo, puntuaciones expresivas, estructuras firmes y complejas, milagrosas condensaciones como gotas de rocío que, sin advertirlo, reflejan en su diminuta bóveda cristalina todo un firmamento...


domingo, 15 de diciembre de 2013

Relato navideño 2013

En el nº 51 de Selección Literaria, de Librerías Troa (pp. 38-39), me publican un relato navideño. Espero que os guste. 

lunes, 2 de diciembre de 2013

La misma monotonía, de Juan Peña: cuatro notas de lectura



I.
Ya me sorprendió Dura seda, el último poemario de Juan Peña; y ahora me alegra esta bella antología de Siltolá: La misma monotonía. En Dura seda -recogido aquí- vibraba el trabajo del orfebre; y lo que la antología revela es que aquel hacer venía de lejos. Creo que en poesía, los finales de los 80's y los 90's tuvieron a esta ladera de los Pirineos un efecto al menos positivo: pusieron a mucha gente a medir sus propios versos, a leer, a leer, a leer las tradiciones clásicas, a conversar con los poetas muertos -aunque sin club, y sí taller-, y a aprender con reverencia y sudor un oficio en la vida -del arte-.


II.
Y ahora tenemos antologías como esta, representativas de una trayectoria muy estimable, que atestiguan haceres sólidos y curtidos. Desde La edad difícil (1985), donde hay esa confesión en alta voz, con esos procedimientos de autoironía, de distanciamiento del poeta consigo mismo -de los que también usaban Carlos Marzal y otros de la misma generación-; hasta poemas más cercanos al ahora, menos escenográficos, más despojados, pero igualmente fieles "a lo que aparece", cribado por una voluntad estética y razonadora del sentido.


III.  
Me ha gustado la aliteración en el título, solidaria con el sentido del paso del tiempo, el volver de las horas; y el reencontrar rasgos que ya me habían reconfortado en la lectura de Dura seda. Valga como botón de muestra esta segunda estrofa de 'Un viejo vuelve al sur':

Y en invierno veré llover,
y encenderé en la noche
esta ruinosa chimenea:
la casa caldeada al fuego de la leña,
y un silencio dulcísimo de crepitar de llamas. 
Fuera acampará el frío,
arreciará la lluvia,
y llamará a la puerta algún fantasma.

¿Que qué tiene de especial? No es fácil decir: esa musicalidad que hacen sonar quienes llevan muchos años acariciando las teclas de su instrumento: inefable, por las finas intuiciones que han mezclado en una particular armonía; la densidad -no abstracta- de las vivencias traídas al arte, lo de siempre y la sorpresa de hallarle un pulso distinto; y la libertad creativa de una imaginación fiel -como un buen traje de sastrería- a la vida misma.  


IV.
La antología se cierra con poemas traducidos. Soy de la opinión de que si se traduce poetas románticos, el valor buscado, la virtud inscrita en el organismo del nuevo poema sea la elegancia: el corte de los versos, su cadencia como la caída de la prenda bien ideada y tejida... Y qué traducciones más elegantes aquí, las de Hölderlin, Keats, Leopardi... Y luego Yeats, Baudelaire, Kipling... La pasión por la eternidad mediante el arte, el estoicismo ante el paso de los días, el después -nostálgico- de todos los epicureísmos, quedan atemperados por el verso elegante, sólido, de Juan Peña. 

viernes, 22 de noviembre de 2013

De enseñar a leer y a escribir: aulas y paellas


Una por cuatro, por cuatro, por ocho, por doce: horas por días, por semanas, por meses, por años de un niño sentado tras un pupitre en el sistema educativo español: 1536 horas de “Lengua”. Paradójico resultado: escaso hábito lector, nulo hábito escritor, un vivero de faltas de ortografía, calvicie de tildes, frases descalzas de puntuación…

¿Qué hemos estado haciendo con los alumnos durante este millar y medio de horas?

Algo semejante a haber tenido una asignatura llamada “Paella” y después de esa alucinante ristra de horas, el joven a las puertas de la universidad no supiera cuándo hay que poner la carne o el arroz; pero, por otro lado, hubiera estudiado concienzudamente temas como “Variabilidad de resistencia al fuego en aleaciones”, “Los arrozales en Escandinavia: una propuesta”, “Estructura, taxonomía y quaestiones disputatae de la cerilla” o “Análisis de la cohesión, coherencia y adecuación de ingredientes heteromorfos según la teoría de conjuntos aplicada a técnicas culinarias I, II y III”.

Vale, ya sé que exagero: los niños son los niños, los padres son los padres, la vida es la vida... Hipérbole, sí. Pero no hay nada como una hipérbole para despabilarse... "avive el seso y despierte"...

A ver si a quien le competa, en algún órgano de decisión -qué curiosa expresión-, toma nota.

¡Con lo buena que está la paella!




  

lunes, 18 de noviembre de 2013

El alma del guerrero, de Joseph Conrad: cuatro notas de lectura



I.
En una clase del máster de escritura creativa estuvimos jugando con inicios de narraciones. Una alumna indicó que uno de aquellos arranques podía ser de Conrad. Me quedé quieto como goleta en estuario. "Um, Conrad... tiempo hace que no vuelvo a ti". Es uno de mis novelistas de cabecera, y sin embargo, dónde ha andado mi cabeza estos últimos meses... Sí, podía ser de Conrad, aunque se trataba del inicio de Bailén, de Pérez Galdós: ese antiguo soldado batallitas que exulta en su recuerdo de cuando las pezuñas del caballo de Napoleón le magullaron el brazo en el pandemónium de la batalla de Austerlitz. En este caso, Galdós es más audaz que Conrad porque le pone el micro al viejo militar sin mediar ningún narrador. Y ahí va "in medias res", o como decía con mucha guasa otra alumna del máster el año pasado, "en medio de la vaca".

II.
Conrad no se priva de una introducción, de una consideración hacia el lector, a quien hay que ponerle el estribo para que suba. Y así me lo puso en El alma del guerrero. Conrad tiene las maneras del XIX, delicadeza, retinas empañadas de nostalgia, voz impostada de personaje teatral, como quien te dice: "Bienvenidos a este otro mundo de cosas graves, con peso, con importancia... aunque con poco apaño".

III.
Cuánto me recordó El alma del guerrero a Lord Jim aunque la primera apareciera quince años después: es el mismo héroe romántico: joven, idealista, apasionado... y el mismo sino de estos muchachos. Conrad es un romántico tardío, uno de los últimos caballeros en medio de un mundo materialista, y sus héroes llevan esa mirada hacia atrás, hacia un mito, un lugar ideal, fuera o antes de este mundo.

IV. 
El dilema moral, resuelto a la romántica, deja al pobre chico Tomasoff un poco a lo Million Dollar Baby. Qué desastre, la guerra.

miércoles, 23 de octubre de 2013

El idiota, de Fiodor Dostoievski: cuatro notas de lectura


I.
Dostoievski: has de aguantar las 150 primeras páginas, hasta la bomba, el hachazo, el rotundo bofetón… luego ya no podrás dejarlo. Pero sí, 150 páginas de una retahíla de personajes que son aludidos de tres modos distintos: su nombre de pila, su apellido, su nombre familiar, y a veces su posición social, rango militar o cargo profesional. Hago muchos actos de fe cuando leo a Dostoievski: “Bien, de nuevo no sé quién es Ivan Fiedorovich, pero ya me dará la pista la situación o algún personaje; continuemos, la bomba va a estallar”.

II.
Dostoievski: el psicólogo de la modernidad enferma. Hurga, hurga… No es fácil ver en la penumbra, como el príncipe Michkin y Rogochin al final de El idiota, entre las tinieblas de la habitación… Trama, carácter, observación, complejidad, finura moral, extremosidad, visión, visiones, trapisonda, melodrama, sorpresa, malestar, conciencia… Apuntada toda esta maestría, El idiota me resulta algo ramplón en modos de contar, no hay “estilo” que te acaricie mientras lees: la máquina del suspense y esas sobrias pinturas expresionistas a bocajarro moral cumplen casi toda la eficacia narrativa, aunque durante páginas transmita el tacto de un papel de lija (pero, bueno, como no leo ruso, esta nota queda en su expuesta vulnerabilidad).

III.
“…los hombres de entonces no se parecían en nada a los de ahora. No, no eran de la misma raza. Nuestra naturaleza es muy distinta. Entonces la gente sólo tenía una idea. Hoy somos más nerviosos, más evolucionados, más sensitivos, tenemos dos o tres ideas a la vez… El hombre moderno es más amplio y, se lo aseguro, ello le impide ser de una sola pieza, como eran sus antepasados.”, dice el príncipe Michkin. Sí, somos dispersos y multitasking, seguramente eso incapacita para acometer empresas relevantes. ¿No andamos todos haciendo muchas, demasiadas, cositas? ¿Miedo al compromiso, la entrega, a la profundidad? Pero, son los tiempos, se trata de unificar lo diseminado -qué tiempos tan artísticos-. Quizás los hombres modernos que somos estamos obligados a un esfuerzo mayor, o de otro tipo. Digo yo.

IV.

Ah, Michkin… qué enigma de personaje, atractivo, imposible, trágico, idiota ciertamente; quizás el espejo cóncavo que una sociedad convexamente deformada necesite para despertar.

miércoles, 9 de octubre de 2013

El libro de Kierkegaard, de José María Carabante y Antonio Lastra (eds.): una nota


He tenido el honor de participar en El libro de Kierkegaard. Estudios en el segundo centenario de su nacimiento (1813-2013) libro colectivo, cuidadosamente editado por los profesores José María Carabante y Antonio Lastra, en Nexofía, colección de libros electrónicos de tema filosófico. La descarga es totalmente gratuita, y en estos días de inquietud económica y cultural, dice mucho de la generosidad, pasión y vocación filosófica que prodiga Antonio Lastra en cada uno de sus proyectos culturales. Animo a visitar su espléndida web La Torre del Virrey, un mundo de sabiduría, una comunidad viva de pensadores. 

El libro comprende una serie de ensayos sobre influencias culturales en Kierkegaard y lectores del filósofo danés: Abraham, Sócrates, Pascal, Lessing, Mozart, Thoreau, Unamuno, Benjamin, Adorno, Peterson, Löwith, Sartre, Steiner, Dreyer y Tarkowski. Me he ocupado de George Steiner: ¿Qué le enseñó Kierkegaard a Steiner, como lector? Bueno, pues de eso cuento unas reflexiones personales. Espero que se entiendan y gusten. Buena lectura, que aproveche.

miércoles, 25 de septiembre de 2013

La vocación del maestro: Rita Pierson



Every child needs a champion, Rita Pierson


Vi esta charla en TED hace unos meses, y la descargué en el ordenador inmediatamente. Rita Pierson es una señora simpática y divertida, pero sobre todo una maestra sabia.

Me quedo con todo lo que dice: puede haber muchos problemas en la educación, muchos enemigos externos; pero el peligroso de verdad es el que amenaza la propia vocación: la que nos hace crecer cuando nos esforzamos por hacer crecer al alumno.

Para ver la charla con subtítulos en castellano, aquí.

jueves, 19 de septiembre de 2013

"Es un álamo, señor Wittgenstein"



Hoy he tenido mi primera clase de Lectura y escritura creativa, con alumnos de 4º de Magisterio -especialidad primaria-, en el Centro Universitario Villanueva, Madrid.

Una mañana modosita desde la ventana, allá a las 9, entrevista a retazos claros bajo el camuflaje de las hojas de un... ¿un qué?

-...
-... un árbol...
-... un plátano...

Wittgenstein escribió: "Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo" (Tractatus logico-philosophicus, 5.6, 1922). 

-Por lo tanto, si me aprendo un diccionario, amplío los límites de mi mundo, ¿no?
-... sí... no...

Hay algo imbatible en cada persona, que se resiste a acabar dentro de un tetra brick, sea lingüístico, psíquico, social, psico-social, mediopensionista, del Real Madrid... 

-... ¿entonces? Es un álamo.
-... sí, ¡sí!

Es en la experiencia de abrir lo ojos donde se abre el diccionario personal, donde ingresan las palabras con una pequeña historia -nuestra- escrita en la pequeña etiqueta que traen pendiente.

-Es un álamo, señor Wittgenstein, y acabamos de ampliar los límites de nuestro mundo. Hala. 


  

sábado, 14 de septiembre de 2013

Miradas florentinas

Unos retazos de prosa impresionista, que han salido al releer el cuaderno de notas de este verano y darles forma: Miradas florentinas en Ritmos del Siglo XXI.

martes, 10 de septiembre de 2013

¿"Escribe de lo que sabes"?

Seguro que si has asistido a un taller de escritura creativa, o has andado espigando ideas por los blogs del gremio, te habrás encontrado con el consejo: "Escribe de lo que sabes". Hay quienes lo afirman, y hay quienes lo denostan a escobazos -generalmente se escucha más a los segundos-. Y la pequeña polémica continúa, como todo lo que se expone a "blanco o negro". Me gustaría aportar una escala de grises.

Habitualmente, propongo la versión positiva: alguien que escribe de lo que no sabe es pillado inmediatamente -o casi- en la lectura del buen lector (véase tanta novela histórico-esotérico-cientificista): se pilla antes a un Dan Brown que a un cojo. Pero sobre todo, un escritor solo da lo mejor de sí cuando sabe mucho de algo; y con "mucho" no me refiero a un sentido cuantitativo -o no principalmente-, sino cualitativo: mucho es profundidad, y sobre todo, identificación. Aquí vuelvo a mi filósofo de cabecera, Gabriel Marcel: lo valioso en la vida es lo que nos envuelve y nos afecta con hondura. 

El denostador tiene razón cuando argumenta que si Tolkien solo hubiera escrito de lo que sabía, no tendríamos El señor de los anillos. Bien, pero este "saber" o "no saber" refiere a cuestiones muy concretas, al aspecto de la imaginación. Ahí estoy de acuerdo. Pero si Tolkien se inventa un orco, no solo es un alarde imaginativo -basado en un gran conocimiento de una tradición literaria, por cierto-, es, sobre todo, que ha conocido alguno al subir a un autobús, entre sus colegas de Oxford, o entre el pandemonium de un pub... incluso el que él y todos llevamos dentro.

Así que la afirmación y su negación son verdad, si las entendemos cada una en su nivel (un poco de escolástica a vece evita innecesarios derramamientos de sangre).

Apostilla curiosa: este verano estuve en Florencia. La última novela de Dan Brown tiene su escenario allí. No la encontré en casi ningún escaparate de las librerías de la ciudad del Arno. Si alguien sabe de Florencia -y la ama- son los florentinos. Entiendo perfectamente el veto.