Lo cuento en páginasDigital.es
AVISO PARA QUIEN QUIERA COMENTAR
¿Dónde está la sabiduría que perdimos en el conocimiento?
¿Dónde el conocimiento que perdimos en la información?
T. S. Eliot, Coros de La roca, I
viernes, 27 de junio de 2014
lunes, 23 de junio de 2014
Áspera nada, de Juan Meseguer: cuatro notas de lectura
I.
Dos líneas apresuradas sobre nuestra posmodernidad la
describirían como el todo vale, la ironía total y algún otro rasgo trasgresor… Pero podrían olvidar que no es más que otra tradición, con sus mediadores, dogmas, ritos e
instituciones -qué terquedad esta la de la vida, que termina convirtiendo en una
nítida fila/filia hasta los filos más cortantes e impíos-. Siendo honestos con
la realidad, posmodernidad también es Áspera
nada, de Juan Meseguer. Trae a la contrastante polifonía de nuestros días una tradición sapiencial y una sensibilidad de miles de años. En nuestra libre
concurrencia de discursos, el reconocimiento de una voz no viene de la ausencia
de raíces o de una refinada ironía sobre todas las cosas, y después de mí, el diluvio; viene –entre otras
razones- de lo que le pusieran en el hatillo sus mayores, su provisión de ecos,
su potencia, pero solo en cuanto bien actualizada. Y mi opinión es que las mejores voces son las que aportan al todo-al todos heterogéneo en que vivimos, sin renunciar a su filiación; sea poética, política, ética, espiritual... Se trata de aportar con generosidad.
II.
Meseguer se ha esforzado por una puesta al día de las
tradiciones morales y textuales de los profetas bíblicos y de los salmos. Muchos
de sus versos me recuerdan al empeño análogo y a algún verso de La tierra baldía, más a los Cuatro cuartetos, pero sobre todo al Miércoles de ceniza, de T. S. Eliot. Estilo
profético: los elementos naturales representados –la roca, el trigal, el
volcán…- no aparecen capaces de ilusionarnos con sus valores sensoriales, sino
siempre en su fuerza simbólica; imprecaciones, ironías lacónicas… esta voz dice que el tiempo apremia, que hay que atender la llaga esencial bajo la mortaja
perfumada. A mi gusto, una voz necesaria, una espuela en los ijares del mainstream.
III.
Concisión cortante en el verso, tensión represada. Y un
buen ritmo, para decir los versos en voz alta, para el epigrama admonitorio que
ha reflexionado a fondo y viene con sus imágenes particulares y líricamente eficaces:
La luz de las
aristas no es más dura
que la del corazón a
medio hacer.
IV.
Libro áspero, del desencanto radical con las
hipocresías de la condición humana; desencanto que no queda aparcado en
nostalgia, sino apuntando al dolor moral que desnuda y prepara para la llegada
de la gracia, de la liberación interior. Hay progresión espiritual, desde la denuncia individual y
comunitaria –de la que no se autoexime la voz de los poemas- hasta el cara a
cara con Dios, la súplica, la apuntada esperanza. Pero solo apuntada, porque la
unidad temática y anímica es sostenida para reflejar este duro momento vital. Que pide
otro. Se verá.
viernes, 20 de junio de 2014
miércoles, 18 de junio de 2014
La cocina del Máster Universitario en Escritura Creativa UCM: notas de fin de curso
Looking for his Master (after Turner)
JM Mora Fandos. Acuarela sobre papel
I.
Estamos de acuerdo: lo más interesante de un máster en escritura creativa es ponerse el delantal en octubre, y no quitárselo hasta junio. Alumnos y profesores. En el Máster Universitario en Escritura Creativa de la Universidad Complutense, estoy en el segundo grupo; pero, con las manos en la harina, he descubierto que grupo solo hay uno: como profesor, encuentras novedades, miradas diferentes, materiales, actitudes que te forman... Descubrir es aprender.
II.
Por no hablar de los fallos. No son pocas las veces que el fallo detectado en el alumno lo ves también en ti: patente, o al acecho. La lectura crítica de los textos aviva la conciencia crítica en la escritura propia. Genera una carga moral, una gravidez en la escritura sin la que no puede haber buen trabajo. El peso de las alas, no hay vuelo sin gravedad.
III.
El fallo como oportunidad de mejora es una excelente pedagogía, cuando se cuenta con un recorrido de meses por delante.
IV.
El compromiso del escritor es con el habla de la tribu, de la que viene, y a la que va; es decir, con el otro.
V.
En la cocina se habla mucho, pero con las manos en la masa.
VI.
¿Se puede enseñar a escribir? ¿Se puede enseñar a respirar? Y, sin embargo, qué mal respiramos.
VII.
Al terminar este curso, respiro mejor.
VIII.
¿Se puede enseñar a ser un gran escritor? Acabo de leer un artículo de Mary Wakfield, editora adjunta de The Spectator: "El método Suzuki no hizo de mí una gran violinista, pero me cambió la vida". Seguramente, como en la música, en la escritura no se trata de ser quien no se es, sino quien se es, pero no se sabe; y eso exige una insistencia, una apertura, un cambio, a mejor.
IX.
Nunca le he prometido a nadie que la escritura fuera a ser su vida. Pero no dejo de persuadir al alumno de que la escritura es vida.
X.
¿Publicar? Eso es otra cosa. De la que, por cierto, no hemos dejado de hablar.
XI.
"Sigue trabajando el texto". Cada plato tiene su cocción... la de la mente del escritor.
XII.
"Show, don't tell", "Slow write", "Process"... Aprendiendo de los chefs norteamericanos.
XIII.
"Nos has comentado lo que piensa Flannery O'Connor, pero ¿qué nos dices ahora tú?" El arte de la digestión en público.
XIV.
De la información al conocimiento, del conocimiento a la sabiduría. Verdadera transgresión.
XV.
Cuando T. S. Eliot pasa a ser tío Eliot.
XVI.
La audacia para con la belleza inarticulada se llama sintaxis.
XVII.
Contempla, explora, dispara, recoge, ordena, modela, poda, modela, revisa, poda, modela, revisa... duerme: disfruta siempre.
XVIII.
Estilos, poéticas, géneros, tics... empanadillas, lasañas, bacalaos, paellas... recetas y fogones.
XIX.
Solo soy un profesor del Máster: hay mucha más gente: editores, escritores, críticos literarios, periodistas culturales, traductores, guionistas, gestores de marca personal, profesores invitados...
XX.
Si te tienta ponerte el delantal el próximo curso, bienvenida o bienvenido a la cocina. Plazas limitadas, entra sin llamar.
martes, 17 de junio de 2014
El violín mojado, de Javier Sánchez Menéndez: cuatro notas de lectura
I.
Me gusta, sobre todo, la primera parte, "Aquellas infinitas escaleras". No siempre sabes por qué, pero el no saber no quita que te guste. O precisamente te gusta más porque no lo sabes. Debe de ser una ley de recepción lírica -esto ha quedado muy pedante-. Pero algunos porqués sí creo que los sé. En "Ocurre a veces que al llegar a tu casa/..." hay una humanización del espacio, como una extensión de la amada. Llegar allí no es llegar hasta ella, es llegar a ella. Y eso no es un modo de sentir que JSM haya inventado, porque nos ha ocurrido, nos ocurre a todos: este largo pasillo es Amparo, estos pinos Julio, esta ventana, expresada de lluvia, Chelo... Lo bello, lo verdadero es que JSM lo haya hecho poema, sin declararlo, solo con la imagen.
porque vivir es temblar al sentir
que voy llegando a tu casa,
II.
O esos finales de poema, rasgo de estilo del autor, donde se evita un cierre redondo, donde algo queda como sin resolver, en tensión.
El día de ayer ha sido irreparable,
amargo.
...
Y llego tarde a casa,
pero prefiero verte.
III.
Me gusta la imagen del título: El violín mojado. Un violín mojado se ensordece, se le enronquece la voz. La caja de resonancia cae en una pulmonía. Se puede tocar con él, pero toda nota recordará la enfermedad, aunque la melodía sea brillante, quiera cantar la belleza. Un violín mojado puede ser una bella imagen de la condición del hombre, de cualquier hombre o mujer.
IV.
Pero me gusta pensar, y lo creo, que los violines mojados pueden reavivar su alma, esa pieza íntima que reparte el sonido por la caja de resonancia, que recoge todas las tensiones y los matices; siendo lo más delicado, es lo más fuerte. Otra ley, también condición de escritura y de vida.
viernes, 13 de junio de 2014
jueves, 22 de mayo de 2014
viernes, 16 de mayo de 2014
La sociedad del cansancio, de Byung-Chul Han: cuatro notas de lectura
I.
Si alguien no anda algo cansado -pero profundamente-, no entenderá este librito. Para este filósofo coreano formado en Alemania ya no sirve el paradigma inmunológico para representarnos lo que nos pasa. No es que vayamos defendiéndonos del extranjero, de lo distinto, como de un virus -eso tuvo su momento-; es que todo lo digerimos ahora, todo nos vale, porque todo lo hemos desactivado en su carga negativa, y de lo que se trata es de dedicarse a producir, a abundar, a positivar dejando atrás cualquier escala. No lo dice Han, pero es algo conocido y congruente con su pensamiento: hemos pasado de la constatación de la diferencia del otro a la actitud de indiferencia hacia él: el otro, lo otro, ya no es amenaza, si uno tiene suficiente cobertura social, cultural, económica para poder ir irrestricta e infinitamente "a su bola". Resultado: toda suerte de enfermedades neuronales. Un cansancio insano.
II.
Una sociedad neuronalmente cansada -tú, yo-, depresiones, ansiedades, tdah... Una obesidad mental, y finalmente espiritual, un sobrepeso que impide volar. Las restricciones de equipaje impuestas por las aerolíneas low cost podrían ser aquí una metáfora ascéticamente redentora. A lo mejor la vida debiera tener mucho de eso, de ir haciendo maletas pequeñas. La negatividad del " ...no meto esto, ni esto, el microondas tampoco hace falta..." como salvación del alma.
III.
Deliciosa la sensibilidad hermenéutica del autor, su búsqueda de metáforas, símbolos, la conciencia de la representación para la comprensión. Y de ahí la felicidad de este librito de utilizar tan hermosa y sabiamente a Nietzsche: troquela Han el mejor Nietzsche, a ese que entre áspero y áspero cacareo pone uno de sus impagables huevos de sentido común. El coreano sabe donde los tiene el estridente alemán.
IV.
Otro de los atractivos del libro, su brevedad. Hace honor a lo que propone: adelgazar la positividad del hiperrendimiento y del vértigo productivo, negándose a un largo ensayo que viniera ribeteado de notas al pie, o trufado de intracitas, megacalórico como una tarta sacher. Menos es mucho más. Como este estilo del librito, que es un casi no estilo casi insultante, diet-friendly, de razonamiento "al grano". Qué diferencia con las double cheese burguer de un Sloterdijk o de cualquier posmoderno canónico. Qué descanso.
sábado, 10 de mayo de 2014
Unos poemas en Cuaderno Ático: unos instantes en el Olimpo
Cuaderno Ático es la bella revista de poesía que dirige el poeta y profesor Juan Manuel Macías. Diseño clásico, ático, donde los poemas respiran visualmente: columnas de palabras como las del Partenón, ganando su forma contra el cielo zarco de Atenas.
La nómina de poetas, heterogénea como el Olimpo, es llamativa por la calidad, por las trayectorias consolidadas, por los nombres. Bueno, pues Juan Manuel ha tenido la gentileza de publicar unos poemas míos en el número de Primavera. Le estoy profundamente agradecido por esta anomalía.
viernes, 2 de mayo de 2014
¿Qué hacemos con los adverbios? Literatura y hamburguetura
Elmore Leonard aconseja nunca utilizar un adverbio para modificar el verbo 'dijo':
"-dijo suavemente/con rapidez/cansado/con un deje de escepticismo..."
Bien, me parece muy sensato. Hay ocasiones en que no seguir esta regla denota poca confianza en las palabras, en el lenguaje, en el lector... y lo peor de todo es que podemos incurrir en ello por puro atolondramiento, por cliché, por pensamiento pre-pensado, por contaminación ambiente...
Pero hay otras en que puede ser inevitable saltársela, bueno... si uno ha intentado evitar este recurso, si ha impreso en el lenguaje todo lo que sabía y podía, para dotarlo de esa afectividad, temperatura anímica, paleta circunstancial que la escena, la intervención del personaje requerían; si pese a todos los intentos, es inevitable, entonces es bueno.
No es correcto andar criminalizando categorías morfológicas: "¡Huye de los adverbios!", "¡Sacrifica los adjetivos!", ni que la literatura fuera Moloc, y Hemingway su profeta. Con todos mis respetos a Hemingway y a su larga estirpe. Hay muchas estéticas. Lo que puede abundar menos es el buen juicio, y abundar más las prisas y la necesidad de vender hamburguetura.
En La mujer nueva, Carmen Laforet escribe:
-¡Paulina! -la voz sonaba desesperada-. No sé si te burlas de mí o es que no entiendo.
'desesperada' atañe tanto a 'voz' como a 'sonaba' -y aquí hace función de adverbio-; un predicativo, vamos, de los que utilizamos todos los días, pero del que desconocíamos su etiqueta lingüística -ay, qué bachilleratos, que nos han hecho aborrecer y olvidar lo que tan bien nos vendría para explicarnos tantas cosas...-; y es difícil expresar que sonaba desesperada la voz, simplemente con los magros palillos de admiración -¡lo admirable es que aspiren a expresar todo el inabarcable abanico de matices de la admiración!-.
En fin, cuidado con las consignas partisanas para la escritura, con los arrestos dogmáticos de ciertos progresismos de escritura pret-a-porter... si uno no quiere, simplemente, freírse un par de hamburgueturas.
domingo, 30 de marzo de 2014
Paso de minué (para escritores)
Toda la mañana, la luz ha pasado lenta.
Como por un tamiz. Los domingos tienen un segundo cuarto amable, al menos así lo
esperas. Este, lo cruza una llovizna sutil, y sin embargo suena seco. No se
escuchan los retazos de conversación, ni las instrucciones del monitor de
aerobic en el río. Lo he dejado todo sobre el escritorio, y he tomado la
gabardina.
En el cauce seco del río apenas resuenan
los gritos de los futbolistas; hasta los pocos perros se guardan sus ladridos,
todo llega ensordinado. Escucho un minué de Bach. Los pinos guardan su
orden habitual, también la perspectiva del paseo o las sucesivas calles de
tierra. En el estanque, unos pocos patos de cuello verde eléctrico se reparten sobre los
muretes de la orilla, otros avanzan lánguidos por el espejo del agua turbia. Un dos tres, un dos tres, ajusto el paso al compás, se desvanecen
algunos pensamientos, es agradable pasear por aquí. Pienso que solo faltaba yo, que tendría que escribirlo.
domingo, 16 de marzo de 2014
Ruinas de Roma (poema)
Ruinas
de Roma
Es tarde ya
junto a los templos de Torre
Argentina,
y yo también he de irme con
ellos.
Hubo dioses aquí, pero la
primavera
ha sido aún más fuerte, y en la
resina arcana
de los pinos contemplo el mito
leve
de mis días.
Aquí hubo un teatro,
y un rumor sacro de túnicas,
aras,
y nadie escucha ya las voces ni
los ecos.
Otra palabra, la del tiempo,
como los bárbaros constante,
se expande bajo el cielo como
savia. Yo tiemblo
bajo el abril triunfante que
volverá sin mí.
Asciende hasta mis labios la
plegaria.
jueves, 13 de marzo de 2014
El umbral de piedra, de Tomás Rodríguez Reyes: cuatro notas de lectura

I.
¿Qué tienen estos días de travesía, de nubes, de un rato de luz, de una caricia de frío, de lluvia? Pasan enigmáticos en su batiburrillo. Las cosas van así. Sobre la mesa, este poemario también enigmático, de un poeta, y un lector, y un pensador, y un maestro... afuera los plátanos desnudos, retales de conversación que suben... y la idea de que todo, de un modo misterioso, va con todo, aunque yo sabiéndolo, no sé cómo...
II.
Y la música, me olvidé de que el poeta y pensador, también es músico. Música como tema, pero sobre todo como forma, en sus ritmos, en su desenvolverse del motivo, en su volver y avanzar, en sus ecos. Pulso seguro, diapasón, compases medidos y obedientes a un hacer difícil porque su materia se escurre, como la piel del misterio.
III.
Me figuro al poeta, concienzudo sobre las palabras, como el ebanista con el cepillo; y al pensador limando una poética, porque aquí poeta y pensador vienen a partes iguales. La belleza y la luz, pero ¿no es la belleza luz, aunque venga de lo hondo? ¿y lo mismo la luz, no es siempre bella, aunque sea dura? Descubrir, construir, comprender... Poética en el prólogo, en el epílogo y en los propios poemas. Qué voluntad de visión, con todo el ser, cabeza y corazón. Qué románticos son los poemas de El umbral de piedra, románticos de tradición de lo interior, de ir a lo hondo a ganar la luz, del riesgo, del origen; y qué clásicos de oficio, de canon métrico, de claridad de imagen, de dicción elevada. Un romanticismo templado en su aparecer, mientras mantiene la sed de lo infinito.
IV.
¡Italia!, una presencia sostenida en el libro, encendedora de recuerdos. El lector trae siempre sus maletas al lugar de acogida. El lector es un presunto paseante: en verdad, no lejos ha dejado sus bagajes, y se los trae al calor que le recuerda, ya a salvo, el original desamparo de sus días. Italia de lugares, de músicas, pinturas, letras, de hombres. Cómo un lugar se hace Lugar una vez más por obra de la palabra.
lunes, 10 de marzo de 2014
Metáforas, textos y perros
Una de esas tardes, pesada, cabeza-coctelera ya antes de entrar en el aula, tres horas comentando textos -preciosos-, los alumnos han aguantado como campeones, volvemos a casa Houston, son las 20:10 en el metro -verdaderamente, lo son en todas partes-, hay un joven rapero en el vagón, admirables su audacia y resolución, ¿es literatura en acción?, no me quedan rimas ni neuronas para esta cuestión, el rapero nos abandona como Dante un círculo del infierno, ahora necesito un analgésico en los oídos, descubro que no siempre un preludio de Bach es lo más adecuado, y decido dejarme llevar por el instinto hurgando en el smartphone, ha de ser algo sorprendente y al mismo tiempo monótono e hipnotizante, una emisora de radio, BBC, pero los diversos canales van poniendo músicas, y si Bach no ha pasado el test, mucho menos el tema country "Walking Memphis" con que me he topado, pero al final sí... sí, sorprendente, Radio BBC Kent, un animado coloquio sobre los perros en el hogar, un perro necesita mimo, buenos alimentos, y ama (they love...) que lo saquen a pasear... increíble, sigo el programa fascinado, Vodafone Sol, Tirso de Molina, Antón Martín... yo que no tengo perro, ni ganas de tenerlo, que me perdonen los esquilófilos... pienso: qué tiene que ver una tarde en la trinchera docente, con los entrañables perros del hogar en Kent: pura yuxtaposición de sucesos, ni siquiera se palpa algo así como los oscuros raíles que conectan dos estaciones de metro. Pero me acuerdo de un ejercicio de creatividad con metáforas, la metáfora une lo diferente, encuentra nuevas relaciones. Y me hago yo mismo el test (A es como B, porque Q):
-"Una pesada tarde es como un perro de Kent"
-¿Por qué?
-"Porque por precioso que sea, como un relato bien alimentado y despulgado, no lo puedes llevar al brazo durante tres horas".
Me voy a dormir con un aprobado alto.
miércoles, 5 de marzo de 2014
Escribir en tu talla
Fue en el AVE. A mi lado se sentó un chico que canturreaba, pero no cualquier tonadilla: seguía una partitura en su tablet y emitía una melodía segura, aunque a un volumen mínimo, como el que sabe controlar el sonido. Un profesional, vaya.
-¿Eres tenor?
-Contratenor.
El único papel de contratenor que conozco, es el de la Pasión según San Mateo, de JS Bach. De ahí que me dejara en suspenso (por mi ignorancia), ¡un contratenor!, y yo con estos (inexistentes) pelos.
El AVE llegaba ya a su nido, y dio poco para un diálogo que, de haber sido atacado antes, hubiera dado bastante de sí. Pero al terminar, y hablando de técnicas de respiración y relajación para cantantes e instrumentistas de viento, vino a darme una preciosa metáfora:
-Sí, cuando consigues una buena técnica es tal el alivio que te da la impresión de que toda tu vida has estado caminando con zapatos tres tallas menos.
Eran las 23:00, nos despedimos, él quizás tomó un taxi, y yo me dirigí hacia la entrada del metro con la metáfora atravesada en las neuronas: también pasa en la escritura, se escribe mejor -con más gusto, más seguridad- con un poquito de técnica.
domingo, 9 de febrero de 2014
Los demonios, de Dostoievski: cuatro notas de lectura

I.
“Tarde te leí”, como el “tarde te amé” de San Agustín. Y
un día… sobrecogedor.
II.
Muestra personajes psicológicamente condicionados por la
convulsa Rusia zarista de los años 60 del XIX, pero hay más, mucho más. Si
Dostoievski sigue siendo Dostoievski es porque está diciendo la verdad. Algo
que olvidamos al buscar la esencia de un clásico: un clásico es un señor que
dice la verdad, o bastante verdad, o bastante profunda.
III.
El primer cometido de la novela es la fidelidad a la piel
de la vida, a cómo se presenta la realidad; y esto no riñe con que el narrador siempre
cuente desde un punto de vista o que cuente un mundo de dragones o espadas
láser. Dostoievski quiere contar la variedad de situaciones, estados de ánimo,
reacciones, contradicciones, obscuridades, luces… se dirige a la complejidad.
Hasta los personajes que fácilmente se prestarían a un molde compacto, se
revelan poco a poco inasibles, evitan la categoría cerrada. Entonces te
preguntas qué visión tiene Dostoievski, que abre el plano y al mismo tiempo
profundiza. Es un panóptico que te revela la estrechez con que tú mismo miras
la realidad humana.
IV.
Pero Dostoievski no es un relativista; o sí, pero en este
sentido: relativiza el juicio sobre la persona, pues descubre un abismo al
asomarse a ella, mientras deja bien clara la cualidad villana de la acción
realizada. Es un autor radicalmente cristiano: reserva el juicio, y la
misericordia, a los ojos de Quien pueda sondear y asumir las luces y las
sombras del misterio de la condición humana, del hombre y la mujer concretos. Y
todo lo demás es novela. Nada más. Nada menos.
martes, 14 de enero de 2014
Misericordia, de Galdós: cuatro notas de lectura
I.
Una lectura tan grata, a veces tremenda, un texto pertrechado de
recursos literarios. Hay pasajes verdaderamente cervantinos en su contar
preciso y ocurrente, en la frase rítmica y bien medida, como para decir en voz
alta ante una concurrencia, en la tertulia familiar decimonónica, o ante el inopinado público de las ventas de la Mancha. Y un buen despliegue de metáforas, y de
imágenes que traen esa visualidad que hoy no buscamos, porque si algo queremos,
es descansar de tanta estampa, pero que en el XIX eran requisito del
novelista. Novelista pintor, fotógrafo.
II.
Son frecuentes los momentos de caricatura, y no pocos,
despiadada. Como en Marianela y en
otras novelas, Galdós pinta animalizados y cosificados a los hombres y mujeres,
e imprime matices humanos a animales y cosas. Más de una vez me detuve en la
lectura: “¿Pero cómo se pasa?”; pero más de una vez, ante el nuevo detalle que
equilibra al personaje y le da profundidad, volumen y sombra humanos. Con otros
procederes, me recordó al Dostoievski que expone la variedad y el misterio del
alma, para distinguir entre la falta condenable, y quien la hizo y sin embargo
no debe ser condenado por otros ojos humanos. Al lector se le invita a la
piedad.
III.
Aquí Galdós se identifica con un narrador todopoderoso al
que no duelen prendas aparecer como artista plástico que todo lo moldea, expresionista y
cómico, gozoso de que se le note. Realismo, sí, pero no con narrador
traslúcido para pergeñar la apariencia de que se fue el mediador entre el
lector y lo que desfila por las páginas; sino el de un mundo molesto de mirar,
animado por esa idea (tan discutible) de que más real parece lo que más
desmiente lo ideal y placentero.
IV.
Ese final, como coda inesperada, me recordó a la cálida
sorpresa del de Los hermanos Karamázov,
como si Galdós y Dostoievski hubiesen deseado un subrayado de convicción moral,
de cordialidad pudorosa que no se quiere ocultar. Frases últimas que al leerlas
te ahuecan el mundo y te lo callan unos instantes para que resuene una
emocionada verdad.
viernes, 20 de diciembre de 2013
Lo que he aprendido de mis alumnos este cuatrimestre
Tallos, JM Mora Fandos, lápiz y acuarela sobre papel
Se dice que unas buenas lecturas canónicas -Cervantes, Galdós, Delibes...-, son esenciales para aprender a escribir. Yo también se lo digo a mis alumnos. Lo que va siendo hora de decirles es lo que aprendo yo al leer los textos que escriben.
¿Qué se puede aprender de quien quiere aprender? Lo primero es evidente: su deseo de aprender, algo que nunca puedes dar por supuesto en ti -ay del día...
Y, desde luego, otras sensibilidades: cada hombre o mujer es una mirada distinta, un enfoque diverso... ¿y qué es un relato sino un enfocar?
Por no hablar de una perspectiva privilegiada: la borrosidad con que el escritor se mira a sí mismo, el polvo que levanta, el humo que hace en su taller, son tales que no le es fácil rodearse y verse desde fuera. En cambio, en el texto del alumno estás fuera y ves la distancia entre lo que se intenta y lo que se consigue; lagunas... Te enseña una falsilla para ganar esa distancia contigo mismo, ese desdoblamiento necesario.
Pero dejo lo mejor para el final: hay verdaderos hallazgos, metáforas, ritmos, sugerentes finales de párrafo, puntuaciones expresivas, estructuras firmes y complejas, milagrosas condensaciones como gotas de rocío que, sin advertirlo, reflejan en su diminuta bóveda cristalina todo un firmamento...
domingo, 15 de diciembre de 2013
Relato navideño 2013
En el nº 51 de Selección Literaria, de Librerías Troa (pp. 38-39), me publican un relato navideño. Espero que os guste.
lunes, 2 de diciembre de 2013
La misma monotonía, de Juan Peña: cuatro notas de lectura

I.
Ya me sorprendió Dura seda, el último poemario de Juan Peña; y ahora me alegra esta bella antología de Siltolá: La misma monotonía. En Dura seda -recogido aquí- vibraba el trabajo del orfebre; y lo que la antología revela es que aquel hacer venía de lejos. Creo que en poesía, los finales de los 80's y los 90's tuvieron a esta ladera de los Pirineos un efecto al menos positivo: pusieron a mucha gente a medir sus propios versos, a leer, a leer, a leer las tradiciones clásicas, a conversar con los poetas muertos -aunque sin club, y sí taller-, y a aprender con reverencia y sudor un oficio en la vida -del arte-.
II.
Y ahora tenemos antologías como esta, representativas de una trayectoria muy estimable, que atestiguan haceres sólidos y curtidos. Desde La edad difícil (1985), donde hay esa confesión en alta voz, con esos procedimientos de autoironía, de distanciamiento del poeta consigo mismo -de los que también usaban Carlos Marzal y otros de la misma generación-; hasta poemas más cercanos al ahora, menos escenográficos, más despojados, pero igualmente fieles "a lo que aparece", cribado por una voluntad estética y razonadora del sentido.
III.
Me ha gustado la aliteración en el título, solidaria con el sentido del paso del tiempo, el volver de las horas; y el reencontrar rasgos que ya me habían reconfortado en la lectura de Dura seda. Valga como botón de muestra esta segunda estrofa de 'Un viejo vuelve al sur':
Y en invierno veré llover,
y encenderé en la noche
esta ruinosa chimenea:
la casa caldeada al fuego de la leña,
y un silencio dulcísimo de crepitar de llamas.
Fuera acampará el frío,
arreciará la lluvia,
y llamará a la puerta algún fantasma.
¿Que qué tiene de especial? No es fácil decir: esa musicalidad que hacen sonar quienes llevan muchos años acariciando las teclas de su instrumento: inefable, por las finas intuiciones que han mezclado en una particular armonía; la densidad -no abstracta- de las vivencias traídas al arte, lo de siempre y la sorpresa de hallarle un pulso distinto; y la libertad creativa de una imaginación fiel -como un buen traje de sastrería- a la vida misma.
IV.
La antología se cierra con poemas traducidos. Soy de la opinión de que si se traduce poetas románticos, el valor buscado, la virtud inscrita en el organismo del nuevo poema sea la elegancia: el corte de los versos, su cadencia como la caída de la prenda bien ideada y tejida... Y qué traducciones más elegantes aquí, las de Hölderlin, Keats, Leopardi... Y luego Yeats, Baudelaire, Kipling... La pasión por la eternidad mediante el arte, el estoicismo ante el paso de los días, el después -nostálgico- de todos los epicureísmos, quedan atemperados por el verso elegante, sólido, de Juan Peña.
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