AVISO PARA QUIEN QUIERA COMENTAR

¿Dónde está la sabiduría que perdimos en el conocimiento?
¿Dónde el conocimiento que perdimos en la información?
T. S. Eliot, Coros de La roca, I



lunes, 28 de mayo de 2012

Introducción al personalismo, de Juan Manuel Burgos: cuatro notas




I.
Desde hace ya un par de décadas, Juan Manuel Burgos lleva impulsando una fascinante aventura intelectual. Fascinante por la valía, diversidad, relevancia y oportunidad de los “materiales” que pone en juego; y porque no es pequeña la montaña de dificultades que hay que afrontar. La aventura se llama Personalismo; y por referir primero las dificultades, es notable el esfuerzo que supone hacer visible esta propuesta en el escenario cultural: téngase en cuenta que desde la II Posguerra Mundial hasta nuestros días, ser filósofo era y es ser, básicamente, Jean-Paul Sartre, Althusser, Adorno, Foucault, Derrida, Vattimo… y militar en algún tramo de ese serpentín de filosofía desgarrada y escaparatista: en el existencialismo, el marxismo, el estructuralismo, el postestructuralismo, la deconstrucción, el pensamiento débil…

II.
Así, y vamos con el segundo argumento, no era fácil que se difundiera un pensamiento con olfato para el sentido común y los delicados pliegues de la realidad, especialmente la personal; para un optimismo gnoseológico atemperado, una apertura a fuentes de sentido, a tradiciones, a comunidades, a la literatura, la religión, el arte, la experiencia. Ni era fácil proponer una primacía de la persona, cuando hemos estado —y seguimos— tan fascinados por las ideologías, las máquinas, los bienes de consumo, el poder de la técnica, el bienestar, el ocio, la banalidad, la transgresión por bandera, … cosas, cosas, cosas…

III.
Pero ahí estaban, y están, esos pensadores que se fintaban de los fascismos de diverso signo, hablando de la primacía del ser sobre el tener, del misterio sobre la visión materialista, de la persona sobre el Estado; de las realidades intermedias como la afectividad o la familia; de la cualidad humana de la literatura y las artes; del valor de la religión, de las tradiciones, de las comunidades; de los valores espirituales y su armonía con los psicológicos; de la estructura narrativa y dramática de la identidad; de la importancia del tú para el yo, de la interpersonalidad; de pensar desde la experiencia; de la corporalidad; de la esperanza…

Un pensamiento vivo.

IV.
Así que con “Introducción al personalismo” acaba de aparecer una nueva oportunidad de conocer estos fascinantes enfoques y pensadores. Y de conocer ese estilo, gran estilo: estilo de obrar, de escribir, de vivir, de ese que tienen determinadas personas para las cosas de todos los días —que es de lo que se trata, y no de morir de estilismo en cuatro excesos—; para convivir y co-ser de verdad.

Estilo vital que, tras algunos años de leer a los personalistas, te hace decir: “Me hubiera encantado ir a las clases de Maritain y de Von Hildebrand, a los mítines de Mounier, escuchar el piano y participar en las tertulias de Marcel, hablar de cine y literatura con Marías, tumbarme en el diván de Frankl, enseñar palabras a los niños con Ebner, hablar del amor con Wojtyla, asistir a una Misa de Guardini, dialogar con Buber, mirar un cuadro con Pareyson y un rostro con Levinas, rezar por la reclusa Nº 44.074 mientras le cae una ducha de Zyklon B (ácido cianhídrico) en Auschwitz, y que luego Santa Edith Stein rece por mí". 

viernes, 25 de mayo de 2012

Unas frases de Claudio Magris sobre literatura y ética, y una nota


La literatura no tiene por qué obedecer a una obligación ética, si bien, en ciertos casos parece obligada a ello. Da cuenta más bien de la existencia humana, con su comedia y su inaceptable tragedia. 

Y mira que con Magris me he ido lejos: desde el grifo del Danubio hasta el Mar Negro, y algunos otros sitios. Pero esta vez no le sigo. Todo acto es moral, incluso el literario… como todo aire —aroma, tufo o nada— contiene siempre algo de nitrógeno.

Que la literatura no es moralismo, ni tratado de moral, de acuerdo. Que tiene su autonomía, desde luego. Pero no se autonomea de ser hombre el banquero cuando obra —¿verdad?—, ni tampoco el escritor. Este se obliga a la moral por ser de la especie humana, o mejor, por ser persona. Y luego se obliga por la honradez de buen artífice. "Dar cuenta de la existencia humana" es siempre desde una libertad y responsabilidad y esfuerzo y dignidad de enfoque. Decir “inaceptable tragedia” es ya un escorzo; y luego podremos discutirlo. 


(Texto de Claudio Magris en El Cultural).

lunes, 21 de mayo de 2012

Un puñadito de poemas

Aparecieron en Nueva Revista, por gentileza de Gabriel Insausti. Ahora, en la edición digital, aparecen de nuevo. Qué grata aparición; así, como un fantasma amigo vienen, para que más amigos los conozcan. Prodigios de internet, que hasta en Pernambuco -si es que alguien allí "me pinchara"- allí bajo las palmas, tan ajenas al verde del Lake District, resonaran los versos que un día, y que dos, y que ya no me acuerdo, escribí en algún sitio, que tampoco recuerdo (internet, ciertamente, es su sitio).

Pues muchas gracias a todos; en especial, si hubiera, a los brasileños.

El puñadito, pínchese aquí.

viernes, 18 de mayo de 2012

Me voy con vosotros para siempre, de Fred Chappell: cuatro notas de lectura



I.
A mí también me gustaría pescar en el estanque de McGregor, ir con el viejo Pontiac al pueblo a por la prensa en los años 40 —y de paso a vender los tarros de compota de la abuela (quiero decir, de arándanos)—, en el midwest con pantalón de peto. En fin, está en los genes culturales que hemos heredado en este siglo (pasado, y sin embargo tan presente, inacabado), todos somos un Burke, un Williamson un poco, por obra y gracia de Frank Capra, Saroyan…

II.
¿Qué pasa si descubres que llevas mucho tiempo sin leer nada divertido? Qué es divertido. Es sorpresivo. Pero sobre todo es tristemente real el tiempo sin hacer estas lecturas. No le voy a echar la culpa a ninguna crisis, ni a los vientos postmodernos, ni al auge de la novela negra escandinava, ni siquiera a Hegel, porque uno entonces se adelgaza en la fibra de su dignidad: sin un poco de culpa personal, en este mundo, tampoco hay un poquito de dignidad —aviso para indignados—; no. Es una simple cuestión de aburguesamiento mecido en la hamaca de lo gris. Quiero ser responsable y culpable; y absuelto; y reírme.

Y ya ha ocurrido todo eso, porque acabo de leer una novela que me ha divertido mucho: Me voy con vosotros para siempre, de Fred Chappell, y traducida por Eduardo Jordá, me ha dado esa oportunidad de soltar alguna carcajada y disfrutar con la literatura.

III.
El escenario es uno de los sensibles en la novela norteamericana del XX: los campos de centeno que ondean sus despedidas a los muchachos del estado que parten para Europa en la II Guerra Mundial. Medio rural, vida represada en la verdad lenta de las estaciones, vida familiar antes de la televisión, con ojos para lo pequeño y cotidiano… y ahí, la opción de Fred Chappell: humor, imaginación, realismo mágico hispanoamericano puesto a germinar entre bosques y rubias hectáreas…

IV.
La cualidad lírica del poeta que es Chappell viene en su lugar, a su hora, en sus rincones de oro del párrafo. ¿A qué me refiero con eso de “rincones de oro del párrafo”?: a esa cualidad lírica, visual, sensorial, que pone a vibrar de cierto misterio ese momento de la acción narrada. Rincón porque, aparentemente, aparece como en un apartadillo, como si no quisiera robar acción ni protagonismo. Pero bien cierto es que se lleva los ojos detrás, y por algo suele aparecer al final del párrafo (el sitio de honor). Veamos un ejemplo:

Después de haber arreglado la valla, nos tomamos un descanso. Estábamos sentados a la sombra de un gran roble y mirábamos cómo el viento escribía sus grandes letras en cursiva en un campo de avena blanquecina. P. 74

Uuuum, oro puro.


Me voy con vosotros para siempre. Fred Chappell. Traducción de Eduardo Jordá. Libros del Asteroide. Barcelona. 2008.

jueves, 17 de mayo de 2012

jueves, 10 de mayo de 2012

Las obligaciones del buen lector


Estaría dispuesto a pensar que el lector no tiene obligaciones. Pero me indispondría con respecto al buen lector. Me vino al pensamiento esta misma mañana (la mañana: merluza en que termina de escurrirse el ayer) recordando el taller, algunas cosas que surgían al hilo de los textos.

Les preparé un texto descriptivo de Ébano, de Kapuscinski. Aprendí mucho del feedback: diversas sensibilidades, rincones no barridos del polaco (del autor, me refiero), algunas conjeturas sobre la traducción (ay, ingrata labor que solo aprecia el inconsciente del lector; es decir, nadie) sobre posibles fallos… en fin, no está obligado —Dios nos guarde— el lector a gustar de ningún libro o estilo contra su voluntad, capricho o gana.

Pero digo que el buen lector sí tiene algún deber para casa. Y un buen escritor es un lector consciente, aplicado. Cuánto aprendemos de lo diferente. No hay perfil sin fondo. Quien no fondea, crece ilimitado, y en su desmesura se vacía de su esencia.

Esta merluza ya está lista.

domingo, 6 de mayo de 2012

Mi amigo el poeta William Wordsworth

Está claro que uno no elige a sus amigos. La amistad no se encuentra barajada entre estantes, por mucho que la busques en el supermercado. Con mucho, lo que puedes, es pasar por ahí, ponerte a tiro. Salir de casa, vamos. Así fue con mi amigo William. Fue uno más entre aquellos que andaban por las aulas de entonces. Tú les prestas un poco de atención... y ellos te lo pagan viniéndose a tu casa, viniéndose a tus cosas. No estorban, no molestan. "If you don't mind, I'll stay right here with you". Oh, claro, faltaría más.

Mi amigo Wordsworth, tengo que decirlo, solo susurra un poco; me hace pensar, sugiere cosas; como un buen amigo, sabe retirarse a tiempo, pero siempre se queda de algún modo; se parece a mi abuela cuando hacía calceta: siempre allí sosteniéndolo todo. Todo aquello que es invisible. Como mi amigo Wordsworth.

viernes, 4 de mayo de 2012

Un nuevo taller de escritura personal



(Dos tallos, JM Mora Fandos)

Cuando José Luis Rodríguez-Núñez, del Bibliocafé, me propuso impartir un taller de escritura, hace un año y algo, me invadió una sensación contradictoria. Le agradecí la propuesta, me apetecía… y me ahogaba. Disfruto escribiendo, pero no he escrito una novela. Los talleres de escritura acostumbran a titularse “de escritura creativa”, y habitualmente aspiran a enseñar la técnica de la novela. Yo no había escrito ninguna, no veía claro enseñar a golpe de manual algo de lo que no tengo experiencia. Al mismo tiempo he abejado flores muy diversas: poesía, relato, textos académicos, traducción, ensayo, tesis doctoral… la escritura me ha dejado algunas muescas, y cuando me miro en el espejo no puedo dejar de verlas y reconocerme en esas cicatrices. Son algo de mí… soy algo de ella.

Un conflicto por resolver, pero uno de esos con los ingredientes necesarios para que salga algo bueno. Un taller… sí: podía enseñar a contar, a poner por escrito cosas personalmente importantes. No todo el mundo quiere escribir una novela, pero todo el mundo tiene cosas importantes que decir, y alguien a quien decirlas… o casi todo el mundo; pero incluso ese casi, con un poco de conciencia del asunto y algo de ayuda, acaba contándoselas a alguien.

Escritura creativa, desde luego, pero sobre todo personal y muy pegada a la vida. Así que así comenzaron los talleres, y hasta la fecha; y he visto alumnos ilusionados con proyectos de escritura: escribir la historia de la familia, relatos, poner experiencias por escrito, contar unas vacaciones, comunicar mejor en un blog, mejorar la expresión en textos profesionales, preparar un brindis, conocerse… y más.

Bueno, pues la semana que viene, miércoles 9, comenzamos otro (y quedan plazas). La escritura tiene algo siempre nuevo. Es cierto, la gramática apenas se mueve; pero nosotros sí, y con nosotros el mundo, que pide una vez más ser contado y que nos contemos.

lunes, 30 de abril de 2012

A punto de dejarlo, de Enrique Baltanás: cuatro notas de lectura



I.
Dice Enrique Baltanás que “hay tres clases de personas: no fumador, fumador y ex fumador. Pero todos tenemos una historia personal con el tabaco, y cada cual cuenta la feria como le va". Yo viajo en la primera clase; si bien, por esa identidad narrativa nicotínica, esa historia personal con el tabaco que todos tenemos, forzosamente hube de tener mi encuentro —desencuentro— con el ente de humo. Fue una fugacísima aventura de niño, veraniega, entre los amigotillos díscolos del lugar, que bajo las pinochas de una pinada, envolvían y soterraban un paquete de chester mentolado. “Aaaj”, todavía me recuerdo haciéndole ascos. “¿Pero esto…?” Salvé la menta, que efusivamente saludo cuando me la encuentro de consustancia en un After Eight. Y lo demás es humo. (Bueno, siendo totalmente sincero, me he dado varias oportunidades con la pipa, pero la llama de la pasión nunca llegó a prender).

II.
Novela de arqueo vital (personal, matrimonial, ideológico, político…) nel mezzo del cammin… Y el balance para Julián Arjona —el protagonista, que ejerce de primera persona narradora— no es precisamente positivo. El entusiasmo utópico de la contestación marxista-leninista universitaria (con su inversión de valores) en los años previos a la Transición viene a ser el paquete de tabaco recién abierto… que tras los años, y en el momento de la escritura, se certifica como claramente agotado. Y en ese arqueo el humor y la ironía van a ser el Virgilio que conduzca entre los humos infernales de la narración, en busca de un paraíso. Humor e ironía para templar —pero no invalidar— la crítica constante: el narrador implícito va componiendo el entreverado de razonabilidades y despropósitos que manifiestan el propio y desorientado Julián, su ex pragmática, chaquetera y socialdemócrata Mayte, su médico Salvador —ironía— con sus cultas justificaciones para sus curiosas posturas filosóficas y religiosas, el camaleónico Pepín…

III.
Ante el naufragio y la pretensión de que aquí no ha pasado nada, Baltanás y Arjona parecen querer retener una higiénica cordura; y de este modo, el tono y la pretensión de la novela no es de lúdica parodia (solo). No es el autor un postmoderno. Quizás, precisamente, se trate de no caer ahí, de que el humor en semejantes asuntos no sea simplemente humo/r. Este humo/r no nos trae en anexo una teoría de la liquidez y liquidamiento del sujeto, de la historia y bla, bla, bla. Es verdad que no parece emerger  ninguna posición fuerte tras el arqueo y desecho de muebles desportillados. Pero aquí y allá, el autor va dejando caer algunas certezas, o semicertezas con que reconstruir desde este grado cero vital alcanzado: la sinceridad de unas lágrimas que no consiguen salir y de una sequedad interior frente a lo que murió, el Sentido Común, el reconocimiento de las pequeñas realidades que sí hacen la vida más humana, la narratividad de la vida que parece comprehender la esperanza en un futuro, una vez aprendido lo aprendido…

IV.
Novela que se beneficia del poeta que es Enrique Baltanás; en la que “tabaco”, “humo”, “fumar” son términos exprimidos en sus significados, y multiplicados en su posibilidad simbólica, en sus aperturas al guiño cómplice al lector. Otra tramoya sabiamente urdida es la ordenada presentación de los diversos ámbitos de desconcierto, que son los de toda una generación: ideológicos, sentimentales, sexuales (aquí me pareció un tratamiento un tanto reiterativo y descarnado). Y, desde luego, la novela se beneficia del vasto y curioso lector con inquietud literaria, filosófica y metafísica, que es su autor: los diversos debates presentados, intencionalmente inconclusos, revelan una claridad de análisis nada enturbiada por cualquier moda postmoderna de anteayer.

Bajo el manto de la sonrisa irónica, queda el ambiguo final de la vida de Julián Arjona y de la novela: no porque “continuará”, sino porque el último paquete de esa vida —¿ya finalmente sin humos?— se esfumó, dejándonos la literatura para seguir interpretando y proyectando la propia vida. 


lunes, 23 de abril de 2012

"Perspectivas" de José Saborit: cuatro notas de lectura


Perspectivas
de José Saborit

Hace ya mucho tiempo
que cruzaste el umbral y ahora braceas
en aquel porvenir que imaginaras,
en las aguas extrañas de un presente
que nunca te pudiste imaginar,
en esta edad adulta irreversible
en que todo se cumple de algún modo.

Caminas por la calle y mudo observas
tu propio caminar desde el pasado,
la ciega expectativa que trazaste
en los días remotos,
abiertos al transcurso de los años,
en esa breve edad
en que todo se intuye de algún modo.

De los muchos posibles
que tú pudiste ser,
ninguno tan ajeno, tan distante,
como el que ahora eres y, a la vez,
ninguno tan cercano
en el clan familiar de lo posible.

El que fuiste soñaba un yo seré,
y el que ahora ya eres evalúa
los sueños del que fueras:
en ellos reconoce
las cifras del fracaso y las ganancias.

Qué extraño es ir cambiando y ser el mismo,
seguir desconociendo uno tras otro
a todos los intrusos que circulan
bajo tu faz versátil;
dejar que el tiempo pase succionando
las arterias abiertas de la vida,
dejar que el tiempo pase y ser el tiempo.


I.

“Darse cuenta”. Al leer “Perspectivas”, de José Saborit, me puse a cavilar esta expresión. Porque “Perspectivas” habla de darse cuenta: percibir, tal como lo entendemos en su sentido directo, habitual; pero cuando, además, es percibirse, darse cuenta es darse a sí mismo una relación, un relato, un cuento. Darse un cuento para percibirse. Narrarse. Y a eso vienen estos versos narrativos.

II.
Que todos le vamos dando vueltas a la cuestión de la identidad, ya desde hace largo tiempo, es algo bien sabido: serán estos tiempos penumbrosos, de los que no puede salir un clásico, según asegura Eliot, que con los dedos de una mano contaba los clásicos que en el mundo han sido, y les ponía de causa-condición una armonía de homogeneidades lingüístico-literario-culturales-espirituales que nuestro hoy moderno desconoce.

Y sin embargo tiene algo de clásico “Perspectivas”, aunque no sea clásico de pole position eliotiana –ya digo que lo de la mano es tal cual-. Pero clásico horaciano, sí: tiene de esa dicción alta, de ese vocabulario en el fiel de lo escogido y esmerado que la metáfora o la imagen sin ambigüedades precisan –si bien en este poema, por su carácter, la discursividad y la idea toman la voz-. Y también moderno, por esos artificios con que el yo se “da cuenta”: el desdoblamiento en voz admonitoria y tú silente y desconcertado; la ilustración de la paradoja de los muchos y el uno en una continuidad problemática, pero continuidad.

III.

José Saborit lleva toda la vida mirando; es decir, atento. Ser pintor al tiempo que profesor de pintura significa transitar el espacio entre lo icónico y lo verbal. Espacio distinto del espacio acotado de los polos, otro espacio en su sustancia, porque es espacio intermedio. Riesgo, creatividad… las “miradas cruzadas” o que se cruzan ahí, tienen su alto paisaje y su cortante responsabilidad.

Mirar: pintar, decir. Estrategias, usos y finalmente hábitos -no todos- del “darse cuenta”.


IV.

Meditación sobre el tiempo, no solo como erosión física, sino como condición antropológica. La antropología, esa metafísica de lo humano. Y ahí, la extrañeza: su expresión en la última estrofa, donde el doblete yo y tú parece desestabilizarse levemente, porque la enseñanza moral conmueve a la propia voz admonitoria, que se reconoce inerme ante la misma temporalidad que ilustra. Esos “qué” admirativos aporticando la estrofa lo delatan.

Mirada y temple estoicos –y asombrados- para el tiempo; y sobre todo para ese hiato de uno consigo mismo, “Cómo tiembla y descorre / la trémula cortina del instante / precario del ahora”, canta en otro poema, dedicado a los seísmos, donde intuimos otros suelos que los de basalto, arena y arcilla maleables… aún más precarios. Mirada y temple para esos raros momentos –pero inexorables- en que la vida y el arte imponen un alto y un re-cuento. Un darse cuenta. 

En La eternidad y un día, Valencia, Pre-Textos, 2012

miércoles, 11 de abril de 2012

"Apunte biográfico" de José Luis Piquero: cuatro notas de lectura

"Apunte biográfico"

de José Luis Piquero

                                             Like dogs to bark at my world
                                                     Stephen Spender

Pero también a mí­ me partieron la cara
en más de una ocasión. En aquel tiempo
temí­a -como Spender- a los chicos del barrio,
matones con jerseis de Benasque y playeras
que odiaban a las madres y a los niños con gafas.

El miedo, pienso ahora,
es una presa fácil. No se explica
de otro modo la astucia, aquella maña
que se daban para atraparme siempre,
aunque volviera por otro camino
de la escuela o bajase a comprar el pan
a donde era más caro pero estaba más cerca.

Eran hábiles con el cigarrillo,
conocí­an las zonas donde la quemadura
podí­a doler más. Algunas veces
les bastaba el insulto desde lejos.
En los dí­as de fiesta eran más peligrosos
porque tení­an tiempo de sobra por delante
y el escenario idóneo de una calle aburrida.

Y lo que más lamento ya no son los cuadernos
de dibujo manchados de tinta o los tebeos
que un dí­a me quitaron, sino el otro
expolio de mi infancia ignorante y feliz,
la fe ciega en un orden de las cosas,
la armoní­a del mundo que, prematuramente,
hicieron mil pedazos en medio de la calle.

Y sobre todo el odio, el rencor insensato
de tantos años hacia los adultos:
Pasaban en silencio, sin mirarnos.
Siempre llegaban tarde a impedir las peleas.


I
En este, como en otros poemas de Piquero, me sorprende esa difícil facilidad para conectar el habla cotidiana a la red de voltaje poético. Y ahora me refiero solo a la métrica. Ahí van esos endecasílabos, alejandrinos (esa conjura de acento en sexta con que el diapasón de la poesía de la experiencia templó nuestros oídos en los 80s) como si la adquisición del castellano por cualquier hijo de vecino, dotara del mágico instinto. Pero no, no viene de fábrica. Hay que currárselo. Y mira que cuando uno se arrima a la tradición es fácil volverse sentencioso y grave. Así que, sin duda, aquí se cumple esa renovación-dentro-de-la-tradición que el lector de poesía siempre espera, como si fuera lo más natural. Cuando es al revés.

II
"Pero también a mí..." casi que nos hemos encontrado, in medias res, al girarnos en nuestra butaca de enea como viniendo de otra conversación, con el monólogo del capitán Marlow, atento a los misterios de la vida. La cualidad oral del poema es patente. Es el monólogo dramático de Browning, la segunda de las tres voces de la poesía según Eliot, que se dirige a una pequeña audiencia a la que hemos sido invitados, y ese asentimiento poético nuestro nos aguza los oídos, porque nos sabemos hablados; monólogo que, al final, en el "mirarnos" nos abraza a todos en una experiencia compartida, universal que remonta la anécdota. (Y aquí me acuerdo de Jim y del "uno de los nuestros" de Conrad).

III
La experiencia bien enfocada y delimitada, la luz natural, la secuencia ágil de flashes, el laconismo de la cámara que resume... cine clásico europeo; el léxico en su punto de propiedad, ni crudo ni muy hecho... la mejor poesía de la experiencia siempre ha ejercido una pedagogía de la lectura poética, simultánea al propio poema.

IV
Es notable la inteligencia del autor para conceptualizar lo experimentado, sintetizar su esencia existencial-moral y lirificarlo al fin, o al paso de todo el proceso (aunque a veces uno -yo- no esté vitalmente de acuerdo con las experiencias y síntesis de otros poemas suyos). No he tenido una experiencia tan traumática, pero puedo identificarme con la voz del poema en este universal asunto del desvalimiento ante el mal; esos momentos en que se palpa el sinsentido, y que en la niñez tienen primera parada; y en esa responsabilidad del adulto... en que uno acaba convirtiéndose.

Es verdad que se canta lo que se pierde; pero no solo: ¿merecen también un canto nuestras absoluciones? 

Pero ya me estoy yendo por las ramas. En todo caso, buen, muy buen poema con el que abrir esta antología de mis poemas favoritos.

viernes, 6 de abril de 2012

El soplete de J. S. Bach y Karl Richter




Acabo de escuchar una primera parte de la Pasión según San Mateo, de J.S. Bach. Más que escuchar, he visto el vídeo de la versión de Karl Richter, con el coro y orquesta Bach de Munich: 1980.

Es (casi) teatro. La producción es intencionalmente dramática: el escenario consta de planos desnudos, tintas planas (blancas, verdosas, grises), perspectivas, aristas, iluminaciones contrastantes, volúmenes grandes que pesan, casi comprimen (como la enorme cruz sin crucifijo que flota acostada sobre el coro)... para mí, una puesta en escena existencialista, donde el barroco de Bach atraviesa una atmósfera despojada, angulosa, fría, cortante... hasta las narices de soprano y contraalto, la de Richter -y sus brazos exactos- son enfocadas a sangre sobre el fondo neutralizado... Bach sale bien, sobresaliente, de ese careo con la nada de etiqueta; no conozco nada, todavía, que se haya resistido al soplete de Bach.

En mi propia maraña cordial, esta producción se constelaba con El espía que surgió del frío de Le Carré, la guerra fría, los espías, el flamante muro incapaz de sospechar 1989... 

Y Bach sigue volando, coreografiado por un existencialismo visual, o cantado en scat por Bobby McFerrin, o en el trío aswingado de Jacques Loussier... elevando a un plano espiritual todo lo que toca. 

lunes, 2 de abril de 2012

Cae la noche


Ahora que vienen los días fuertes de la Semana Santa, me he puesto a recordar algún pasaje especialmente expresivo de los Evangelios; algo en el lienzo de esas narraciones que cuentan la Pasión de Cristo. No he querido indagar más cuando me ha venido casi instantánea esta frase: “Era de noche” (Erat autem nox).

Es breve, y en mi mente siglo XXI podría ser un título de película —seguro que llego tarde—. Una frase que suena bien ahora, y hace dos mil años. En el Evangelio de Juan (XIII, 30) queda escrita punto y seguido de la salida de Judas, dispuesto a traicionar por dinero al amigo.

He de decir que lo que en mi memoria se ha mantenido no es exactamente “Era de noche”, sino “Cae la noche”. Si Juan refiere a la noche, tan escueto, tras el inicio de la traición; si quiere poner esta pincelada expresionista, cargada de sentido por la contigüidad de lo que ha contada inmediatamente antes… entonces yo no puedo dejar de sentir ese “caer”, esa contundencia expresiva, esa retórica fuerte de puñada visual en “Era de noche”, y supongo que por eso, inmediatamente pienso en “Cae la noche”.

Las noches caen, como los días nacen (ortus) y mueren (occasus). Flexiones del lenguaje que, sin embargo, son casi naturales, casi dictadas por el propio sol, o las sombras.

Cae la luz, la inocencia, la visión, como apagón que hace caer, que disuelve de un manotazo; y en otro sentido de caer, caen las tinieblas como pesado telón con su peso opaco, que cambia el escenario, que deja sin el sentido que asistía a las acciones que se representaban sobre aquel fondo —Benedicto XVI escribe en Jesús de Nazaret II, que Judas “sale para entra en la noche”—: es otra escena, otra hora.

Esto comparece cuando contemplo ese “Cae la noche”. Y pienso (casi) por instinto de supervivencia en un alzamiento, en un sol que nace. Y recuerdo que hace falta una travesía de sábado —y recuerdo que George Steiner escribe que solo caminará hasta el sepulcro del gran hombre, que no podrá ir más allá—. Yo acompañaré a Steiner, pero tampoco podría ir más allá; si no fuera por un don inmerecido, impensable e insospechado, como las buenas metáforas. 

miércoles, 28 de marzo de 2012

Mirad a la serpiente


Mi amigo Vicente Huerta me dice que ha puesto un texto de Simone Weil en su blog; en seguida le hablo de cb, la persona que más sabe de Weil, y que no es la suya una sabiduría como acartonada, de isbn y notas al pie, sino cordial y creativa; y también le hablo de Möller, de esos tomos donde el belga pasa por su sabio cedazo y su piadosa sensibilidad a tanto escritor del siglo XX. 

Bueno, me voy a leer el texto de Weil. Comenta ella ese pasaje del libro de los Números, donde Moisés hace -diseña, modela... qué tiempos, donde el gran hombre valía para todo, con la gracia de Dios, claro- una serpiente de bronce, a la que miraban los israelitas recalcitrantes -aquellos que se acordaban de las ollas de Egipto, de los puerros y los nabos, que despotricaban de Yahvé, y eran mordidos por las serpientes del resentimiento y del desierto- para recobrar la salud. Decía Hölderlin: donde está el peligro, allí está también la salvación. Y no sé si está bien traído aquí, o no, pero yo siempre me acuerdo del alemán cuando pienso en las serpientes de Números. 

Weil pone la salvación en la mirada, en ese texto tan bello. Levantar el punto de mira, ansiar esa gracia. Mirar, pero como el campesino que pone sus músculos al servicio de la limpia de hierbajos; qué cosa tan humilde, que obligación al suelo. Paradoja. Y a lo mejor es lo de San Juan de la Cruz, baja si quieres subir; a lo mejor. Para mí que sí. Para mirar arriba, hay que mirar abajo. 

La salvación tiene ese sesgo estético, de mirada, de espectador -y lo digo cuando sé que esta palabra va cargada hoy de esteticismo, de pasatiempo voyeurista, a lo que denunciaba Kierkegaard-; pero yo me quedo con la mirada del peregrino que llega en el siglo XIII al monasterio de Leyre y se queda allí en la puerta bajo el pórtico, con la boca (medio)abierta, imantado a las figuras de piedra; incapaz de separar -eso solo lo hacemos los modernos- la belleza y la salvación.

Donde había maldición (serpiente) hay salvación ahora (¡serpiente!, no se ha ido), y además -o mejor, precisamente ahora- belleza. 

viernes, 23 de marzo de 2012

Velada poético musical en la Universidad de Navarra

En el mini-minitaller de escritura que tuvimos anteayer en el alto de la cafetería del Faustino -que tenía algo de cosa casi clandestina; qué bien-, en el edificio central de la Universidad de Navarra, salía el asunto del punto desde el que se escribe cuando uno escribe sobre algo que uno ha hecho. Contar siempre pide un punto. Y como quiero contar algo de lo que fue, he tenido que pensar ese punto. 

La verdad es que incluso para relatar un hecho de cinco minutos, tienes que elegir un punto. Narrar, como vivir, es una continua elección de puntos. Pero no me pongo existencialista, que la cosa no es como para angustiarse -aunque la tentación sartriana, que hay que resistir, está ahí-. Hay elecciones muy gratas. Sobre todo cuando veo que de los posibles puntos, uno sobresale con claridad, y que es el agradecimiento.

Y muy agradecido estoy a Marta Revuelta (Servicio de Actividades Culturales), Teresa Grandal e Inmaculada Setuáin (bibliotecarias y almas de Leyendo se entiende la gente), Marcela Duque, que puso empeño en que todo ocurriera, y así ocurrió, y a todos los que hicieron tan enriquecedora la visita.

Y empezando por el mini-minitaller. Siempre ocurre: con alumnos motivados, el profesor se suelta. Raquel, Fernando, Iñigo, y me dejo nombres, ay, porque no me acuerdo (lo siento), me dieron pie para volver con estas cosas de la escritura personal, cotidiana... que salen en este blog. Interesantísima comparación de Fernando: la de la concreción de los colores sobre la paleta del pintor, con la inconcreción relativa de las palabras en la mente del escritor, de cualquier hablante. Y esto venía a raíz de una ronda de decir colores, y la teoría de Eliot sobre la música de los sonidos y la de los significados...

Bueno, hubo más personas y más cosas a lo largo del día, muy enriquecedoras también, que me hacen caer en la cuenta de que al punto de narración del agradecimiento le estoy imponiendo ahora un contrapunto de brevedad, de ir a lo más público... así es en las narraciones: narrar, como vivir, supone también ordenar, clasificar, relacionar los puntos, guardar puntos para otras narraciones.

Pues ya estábamos a las 5 pm Juanfra y yo montando el tenderete y afinando -me olvidaba de Juanfra Pérez Mengual, guitarrista y 50% del dúo-. De entre el repertorio, tocamos "Pausas", una composición flamenca del propio Juanfra, donde tomé la trompeta, un poco a lo "Flamenco Sketches" de Miles Davis. Y ya en la actuación, pues entre poema y poema, canción; también algún fragmento de Leer o no leer y Tan bella, tan cerca. Bastante público, y muy buenas vibraciones. Eso, cuando estás en el escenario, lo notas enseguida. Y lo agradeces.

Y al finalizar, un coloquio breve, pero muy interesante, como ocurre siempre que conversas con personas inteligentes y sensibles. Así que mientras guardaba el saxo y la trompeta, notaba que muchas sugerencias se colaban en las fundas de los instrumentos. Tiene toda la pinta de que no me dejarán tranquilo hasta que aparezcan impresas. Sí. Agradecimiento al cuadrado. Superpunto.

jueves, 15 de marzo de 2012

Tengo que escribir


Son las 19:40, miro los reflejos bobos de la farola en el cristal de la ventana. Sé que tengo que escribir. Podría haber echado un vistazo a los objetos de la mesa —de hecho lo estoy haciendo—, y hubiera sido lo mismo: “Tengo que escribir.” Es un voluntarismo. ¿Sí? No será el único, a estas alturas del día. O bajuras ya. Y tampoco estoy seguro de llamar a esto voluntarismo. Cuánto porqué que va ahí, de chanchullo, hay en cualquier acto; como de tapadillo. Y no me escoro hacia el psicoanálisis. 

Siempre que pienso en esto, aparece una cuerda de tres hebras, desmochada. Aparece una imagen, quiero decir. Mi símbolo de las partes y el todo; de la cooperación; de lo entreverado que es, en el fondo, vivir.

Son las 19:49 y creo que ya he escrito. Dejaré que la voluntad descanse un rato. 

martes, 13 de marzo de 2012

Las Fallas, unas grandísimas fiestas


Hablar de tus propias fiestas te puede poner en un dilema: o darte a la exaltación desmedida; o sucumbir a una pose de crítica hiperinteligente que no deje nada bajo la hoz de la ironía. Creo que he superado el dilema. Me siguen pareciendo unas grandísimas fiestas, y a la vez entiendo que, como todo bajo el sol de esta galaxia, tiene sus imperfecciones. 

A mí no dejan de sorprenderme las Fallas. Me sorprende lo completas que son: música, bellas artes, gastronomía, pólvora, castillos de fuegos artificiales, tradiciones culturales y religiosas... pero ahora solo voy a indicar las dos cosas que más me admiran y gustan.

La primera es su carácter participativo. No es solo Valencia capital: es en cada pueblo de la provincia. ¿Y qué ocurre ahí? Pues que se da una red de asociaciones -els casals-, por barrios, que agrupa a familias y a particulares, sin distinción social; que cada asociación -que comprende un área de calles- vive con sentido comunitario estas fiestas. Asaltados como estamos, constantemente, por la pérdida de identidad en nuestras ciudades, mordidos gravemente por las enfermedades psicológicas derivadas de la soledad, empujados a una casi natural desconfianza hacia el entorno social más inmediato... pues, en medio de todo esto, percibir estas redes de humanidad personal, familiar, comunitaria me parece algo de una gran fuerza identitaria. Esta red tiene un profundo sentido democrático -con todos los problemas que puede tener una democracia, claro-. Las Fallas son modernas, y son de siempre.

Y la segunda es la valoración de la mujer. La elegancia de las falleras es llamativa. Trajes, peinados, pasacalles... algo se ilumina en estas calles; hay algo antropológicamente muy valioso en esta potenciación de lo femenino, que trae a la presencia de cada mujer concreta un aura de atractivo y de luz. Algo que viene a decir que las cosas pueden ser de otro modo, que el cuerpo femenino que aparece industrial y comercialmente despersonalizado a diario, que los rostros neutralizados y tachados en su personalidad, pueden ser devueltos a la luz irrepetible de cada mujer. 

Me encantan las Fallas.

jueves, 8 de marzo de 2012

Lo que no valdrá decir



Es verdad: antes fotocopiábamos mucho -antes, quiero decir, antes de internet-; si el conocimiento era poder, lo entendíamos como una pila de voltios: se trataba de almacenar cuantas más pilas mejor. Y si no tenías mucho dinero, pues fotocopiabas para aprender, para escribir, como la hormiga de La cigarra y la hormiga.

Se llevaba la memoria fotográfica. Se entendía así. La memoria-contenedor.

Ahora, que en tu pendrive cabe toda la filmografía de Hitchcock, las cosas ya no son así. Ahora puedes ser más cigarra. Debes ser más cigarra: más creativo. Pero siempre hay que almacenar algo, claro. 

Maria Popova en Brain pickings dice que lo que se debe "guardar" ahora es nuestras conexiones con las cosas y de las cosas entre sí; nuestros marcos para la interpretación de la realidad. Eso es lo interesante. Eso es lo chulo de verdad. 

Pues sí.

Al final, la realidad nos sigue pidiendo lecturas personales, para poder recomponerla, desarrollarla. 

Así que lo que nos van a preguntar no es si hemos traído el pendrive; sino "¿Tienes marco de interpretación?" 

Y no valdrá decir, "Me lo olvidé en casa".