AVISO PARA QUIEN QUIERA COMENTAR

¿Dónde está la sabiduría que perdimos en el conocimiento?
¿Dónde el conocimiento que perdimos en la información?
T. S. Eliot, Coros de La roca, I



miércoles, 27 de junio de 2012

Inquietud. Poema para su sobrina Marta


Inquietud

Para Marta Zanoni Mora

Oía una sonata por Glenn Gould,
como quien no perdió la juventud.
—¿Qué dicen estos dos, tan insistente?—.
Y frente a mí un seto, el cielo, un puente

y atrás un caminillo, mal que bien
andado, cojeado y sin un tren.
Obertura francesa, una courante,
gavotta I y II, recuerdo que antes

era todo posible, passepied
I y II, sarabande, una bourré,
la segunda y da capo, el mañana
siempre allá, sin agenda ni campana…

¿Era preludio entonces? Qué más da…
Bueno, preguntaré otra vez a Bach.

sábado, 23 de junio de 2012

Teoría de las inclinaciones, de Javier Sánchez Menéndez: cuatro notas de lectura




I.
Libro palpablemente personal, que elude toda clasificación y que puede resultar incómodo cuando —como tantas veces ahora— se quiere mirar primero la etiqueta y luego leer desde ella la realidad de la que pende. Obra generada en el galope cotidiano, e inserta en una estela dilatada de pensamiento que incluye más libros. Es diario, confidenciario, tratado de poética, cuaderno de pensador, poemario en prosa, memorial, acervo de consejos al lector que recuerdan los de Séneca a Lucilio…  

II.
Una presencia se difunde por este libro, la de los filósofos presocráticos. Sánchez Menéndez los trae a la Teoría de las inclinaciones en el fondo y en la forma: están en el estilo lacónico, contundente; en la yuxtaposición de afirmaciones, donde presentimos un discurrir de fondo, del que se nos evitan lugares de paso y conexiones: sorpresa en la lectura, tarea para el lector que ha de componer el sentido con los mediostonos, con las ausencias.

III.
Javier Sánchez Menéndez muestra en Teoría de las inclinaciones una cara de un prisma complejo, una de las expresiones de un impulso poético-vital radical, nada fácil en los tiempos que corren. En sus antípodas, el poeta que podría ir componiendo poemas para alguna ocasión. Aquí, una voluntad de realizar, de interrogarlo todo desde el impulso poético, de apostar por la poesía y por los poetas, por los que estima que pueden y deben aportar poesía: la fructífera realidad de la editorial La Isla de Siltolá es esa presencia cultural viva que constituye otra de las caras del prisma. Es un juicioso editor y un hombre de letras el que habla:

“No me gustan las cruzadas en defensa de un escritor. Generalmente no suelen ser literarias. Más bien son ideológicas y políticas. Y hacen mucho daño a la propia literatura. Nos fijamos en hechos concretos y puntuales y apartamos de nuestro camino la esencia de las letras”.

IV.
Hay una reivindicación de la poesía como metafísica o filosofía primera, bajo ella, quedarían “dios, el amor, la música”. Purismo que recuerda a Hölderlin, a algunos modernistas, a Juan Ramón. Propuesta personal.

No parto de la misma poética, de su concepto de dios —que escribe con minúscula—, o del carácter tan radicalmente original que otorga a la palabra poética, que se sustanciaría a sí misma y validaría o invalidaría todo lo demás como piedra de toque —y aquí estaría también esa filiación presocrática—. La poesía aparece como un elemento ontológicamente básico, el elemento en suma, que recuerda al arjé de aquellos primeros pensadores griegos. Yo también pienso en una Palabra originaria, poietica y por tanto poética, pero personal y esencialmente amor. Creo que Dios sí vive. Es otra tradición filosófica, religiosa y también poética. Pero encuentro en Teoría de las inclinaciones numerosos pensamientos donde hacer pie, coincidencias, desvelamientos felices:

“El ritmo, la armonía, la intensidad, el tono. Aspectos fundamentales que unifican la literatura y la música en una sonoridad mágica. El proceso creativo, basado en la inspiración, sujeta firmemente las estructuras de las resonancias. No hay música sin literatura. La música basa todos y cada uno de sus aspectos esenciales en el arte literario”.

“Odio el existencialismo, tan oscuro, vulgar y poco verdadero. Vivimos en las sombras, aunque sabemos que ahí fuera, muy cerca, está la luz. No podemos acudir a esa claridad, no queremos hacerlo. En la sombra nos hacemos fuertes, nos crecemos”.

Escritura que interpela la realidad y al lector. Solo para quien esté dispuesto a articular —en estos tiempos tan muelles— una propia y firme respuesta personal.

martes, 19 de junio de 2012

Epigramas, de Tomás Moro: cuatro notas de lectura




I.
254. Remedios para acabar con el mal aliento proveniente de algunos alimentos.
Para que el puerro partido no desprenda olores repugnantes, sigue mi consejo y come una cebolla inmediatamente después del puerro. Y si de nuevo quieres librarte del mal olor de la cebolla, masticar ajos fácilmente te lo conseguirá. Pero si tu aliento todavía es ofensivo incluso después de los ajos, o nada o sólo la mierda puede quitarlo.

Acaba de salir esta primera traducción al castellano —en edición crítica de Concepción Cabrillana— de los epigramas de Tomás Moro. El próximo 22 de junio se celebra la fiesta de Moro como santo mártir. Un mártir epigramático y guasón tiene su qué. Este libro bien lo demuestra.

II.
74. La paciencia.
Soporta las tristezas que sufres. La fortuna disipará tu tristeza. Y si no lo hace la fortuna, lo hará la muerte.

Hay una sabiduría, principalmente estoica, en estos epigramas de Moro. El estoicismo es una filosofía del estómago, en el sentido en que decimos: “Hay que tener estómago para aguantar eso”, porque de eso se trataba en la Roma clásica, de aguantar. En un mundo de tiranos, de ausencia de la idea de persona tal como el cristianismo luego va a forjar, el estoicismo venía a ser lo más sensato —si no se podía vivir indefinidamente en la contemplación del mundo de las ideas, o haciendo ciencia en la corte del emperador—. Es una filosofía ampliamente social, tiene su germen de democracia. Posiblemente, lo más humano a mano. Y los humanistas del Renacimiento lo van a asumir, necesariamente. Moro asume la sabiduría clásica como base humana: sus virtudes cardinales, su sentido realista, su capacidad de observación del mundo, su constatación de lo asombroso, la relatividad de todo a la muerte, la prontitud para la renuncia y la resiliencia, la indiferencia frente a los vaivenes de la Fortuna… Pero es una asunción, una introducción en algo más grande que acaba de darle sentido: el cristianismo, que distingue entre temores malos y buenos, espolea la esperanza y fomenta así las empresas y alegrías más altas. Se cancela el fatalismo (el estoicismo aparece originariamente en Atenas como filosofía que procede de oriente).

Y los tiempos renacentistas tampoco se quedaban cortos en ciertas prácticas civilizadas de dilatada tradición clásica —conviene desmitificar un tanto, o situar en su justo alcance, aquellas ilustraciones atenienses y romanas—, como desmembrar al criminal por orden gubernativa y colgar los cuartos a las puertas de la ciudad para aviso de caminantes o en la plaza pública a modo de pedagogía social. Como lee el buscón Pablos en la carta de su tío, verdugo con plaza en Segovia, donde cuenta que le cupo ajusticiar al padre del muchacho y que tras ahorcarlo a la vista de la gente, “Hícele cuartos, y dile por sepultura los caminos”.

III.
110. La vida del tirano es inquieta
Gran preocupación agota el día del gran tirano; por la noche llega el descanso, si es que llega. Pero los tiranos no descansan más cómodamente en una blanca cama de lo que lo hace el pobre en el duro suelo. Así que, tirano, la parte más feliz de tu vida es esa en la que, con todo, quieres ser igual que un mendigo.

Séneca es posiblemente el filósofo de referencia en la Inglaterra renacentista; y sus tragedias son el modelo del dramaturgo Kyd, y algo más que un modelo para cuando Shakespeare venga a escribir sus tragedias. Los convulsos años isabelinos invitaban al hombre cultivado al retiro de su mundo interior, del mismo modo que Séneca respiraría hondo cada tarde al llegar a su casa, tras despachar en palacio con Calígula. Menudo angelito. Todo se tambalea.

Tomás Moro, con el affaire Enrique VIII, es el último en asumir el mundo fatalista estoico en la perspectiva cristiana. Tras él, el poder político comienza a oscurecer el punto de fuga trascendente. La cultura es un terreno peligroso. La tragedia es el género teatral estrella.

IV.
52. Sobre un juicio gracioso. Del griego.
Tiene lugar una disputa; el acusado era sordo y sordo era el demandante. También el juez era más sordo que los otros dos. El demandante pide la renta por una casa, cumplido ya el quinto mes. El acusado replica: “mi molino ha estado moliendo toda la noche”. El juez los mira y pregunta: “¿por qué disputáis? ¿No tenéis la misma madre? Mantenedla los dos”.

Quizás el epigrama, el espíritu del epigrama, subsiste hoy en la publicidad, donde se encuentra tantas veces la ironía, la concisión, el doble sentido. Y también en el microrrelato, con su rauda narración, su final sorpresivo, su naturaleza chistosa. Y aún podría ser en un twitt, aunque, la verdad, no es fácil encontrarlos allí. 


Epigramas, Tomás Moro. Madrid, Rialp, 2012.

viernes, 15 de junio de 2012

"Debajo de la nevada" de Miguel D'Ors: cuatro notas de lectura


Debajo de la nevada 
está naciendo el verano.
Espera. Dame la mano
y no me preguntes nada.


I.
Recuerdo que a mis veintialgos llevaba habitualmente aquella antología a todas partes: Punto y aparte. Fue un amigo, no muchos años antes, quien me dejó algunas fotocopias con poemas de aquel Miguel D’Ors: “Pero me las devuelves, ¿eh?”. Lo hice y me busqué el libro encuadernado. Ya digo, lo llevaba como el alma, a todas partes: a las rendijas y articulaciones del día, a aquella prestación social sustitutoria —a modo de boecia consolación del tedio—; en la bici, el bus… Por simpatía armónica, de allí me fui a las odas de Fray Luis, a Francisco de Aldana y su epístola, al todo Garcilaso, al Lope de las Rimas sacras… (lo que me confirmó que da igual por donde empieces, si perseveras, todo maestro conduce a otro maestro).


II.
Había un poemilla que, visto sobre el resto y pensándolo más tarde, es fácil que se pierda a la mirada; pero no sé por qué, a mí me frenó en seco. Es el que he puesto arriba, que no tiene ni título —o yo no lo recuerdo—. Si le pones la mano encima, notas cómo vibra. Ni le sobra ni falta nada. Ni imaginista ni puro concepto. Flotando ahí en medio.


III.
Cada vez que lo leo, escucho ese silencio de promesas, escucho el blanco, la esperanza, la fe de lo que es pero aún no habla. Poema de lo oculto, del pudor y la espera, y de la intimidad guardada. Poema que, si quieres, retrasa los relojes un minuto, y acalla los ruidos. Poema de la mano, de un no hablar. Qué poema más raro, que parece que niega las palabras que dice, y aún el mismo decir.
Un himno de bolsillo, para urgencias.


IV.
No es habitual un cuarteto rimado de octosílabos —quiero decir en estos tiempos nuestros, más de heptasílabo sin cascabeles—. Quizás por eso, me ganó en su autoestop.
Miguel D’Ors me enseñó a poner el acento en la sílaba sexta. Esas cosas que enseñan los maestros. 

viernes, 8 de junio de 2012

La edad de oro, de Kenneth Grahame: cuatro notas de lectura




I.
No es fácil traducir a Kenneth Grahame. Pero es divertido. Traducir es viajar en tercera, hacia mundos que no sospechabas, aunque mucho supieras. Porque sí, el paisaje es el mismo, el que corre al correr de la tinta, del escritor… —que es él… y que has de ser tú—; pero en tercera no siempre están limpios los cristales, y algún niño berrea. Finalmente descubres, al llegar al destino, que había un vagón —llamémoslo de cuarta— del que se apea el escritor. Y tú te quedas algo confundido. No es fácil traducir, pero es divertido.

II.
El mundialmente famoso autor de El viento en los sauces, primero lo fue nacionalmente. La edad de oro (1895) fue su entrada en la narración. Era un señor tardovictoriano, con mucho sentido del humor, y nada pesimista, por lo que podríamos llamarlo postvictoriano, para hacerle más justicia. Pero nostálgico sí era, aunque con ganas de armar un simpático jaleo. “La edad de oro” nombra lo que se está a punto de abandonar (es curioso, pero solo nombramos las cosas desde sus fronteras, cuando ya rozamos lo que aquello no es —o no somos—). La edad de oro es uno de esos momentos de escritura en la identidad narrativa. Momentos fronterizos. Momentos de memoria y de arqueo vital.

III.
A Kenneth Grahame —llamemos así al narrador innombrado que escribe en primera persona— le agradezco el tono piadoso con que cuenta esos años de vida familiar, restregados en la plenitud y las ásperas enseñanzas de la naturaleza; en la literatura infantil y juvenil que da sentido a las acciones de una cotidianidad gris… ese tono dorado que no se quiere perder cuando ya se va avistado la frontera. El tono piadoso con que atempera su diatriba contra los adultos que allí estuvieron, con sus sinrazones, y con el que disculpa a los que están cruzando la frontera. Piedad que no se priva de una ironía continuada, un humor británico sin desmayo —con su choque de planos, su mirada ocurrente, su lógica dislocada sin dejar de sostener la taza de té con el meñique enhiesto—; y mucho menos de un mirar poético, que ponen las divertidas y profundas anécdotas a relumbrar, nimbadas de oro.

IV.
Un mundo aquel —el de los protagonistas, y el de los lectores— en que la gente pasaba horas leyendo a diario, sabía bastante latín y hasta griego, conocía la historia —más aún, la estaban haciendo, y lo sabían—, contemplaban la naturaleza y a los hombres desde cumbres literarias… y no se aburrían, es un mundo bastante diferente al nuestro. Y con todo, muy parecido. Será por vía de nostalgia. En todo caso, nada como leer La edad de oro para comprobarlo.


La edad de oro, Kenneth Grahame (Madrid, Rialp, 2012).

domingo, 3 de junio de 2012

Buscaba las palabras adecuadas

Andaba yo leyendo una entrevista, de aquella serie del Paris Review, de los años cincuenta, por la que desfilaban escritores como Hemingway, Eliot, Faulkner... Y la andaba leyendo porque Hemingway se vino al taller la semana pasada. "De normal, tú, recorta" es mi consejo. Todos tendemos a enrollarnos; todos pecamos de brumosos, nadie parece darse cuenta -ya sé que estoy exagerando- porque nadie se impuso la tarea de enseñar a escribir a esos muchachos que fuimos (había cosas más interesantes, como avistar una proposición subordinada sustantiva O.D.). Total, que se nos vino el señor Hemingway, que en eso de acortar, ni este Gobierno.

Pero no solo en los "acortes"; dice muchas más cosas, la mar de interesantes. Aquí dejo una perla, es sobre las palabras adecuadas:


- ¿Reescribe mucho?
- Depende. Reescribí el final de Adios a las armas, la última página, treinta y nueves veces antes de quedar satisfecho.
-¿Había allí algún problema técnico? ¿Qué era lo que lo obstaculizaba?
-Buscaba las palabras adecuadas.


Ale. 

lunes, 28 de mayo de 2012

Introducción al personalismo, de Juan Manuel Burgos: cuatro notas




I.
Desde hace ya un par de décadas, Juan Manuel Burgos lleva impulsando una fascinante aventura intelectual. Fascinante por la valía, diversidad, relevancia y oportunidad de los “materiales” que pone en juego; y porque no es pequeña la montaña de dificultades que hay que afrontar. La aventura se llama Personalismo; y por referir primero las dificultades, es notable el esfuerzo que supone hacer visible esta propuesta en el escenario cultural: téngase en cuenta que desde la II Posguerra Mundial hasta nuestros días, ser filósofo era y es ser, básicamente, Jean-Paul Sartre, Althusser, Adorno, Foucault, Derrida, Vattimo… y militar en algún tramo de ese serpentín de filosofía desgarrada y escaparatista: en el existencialismo, el marxismo, el estructuralismo, el postestructuralismo, la deconstrucción, el pensamiento débil…

II.
Así, y vamos con el segundo argumento, no era fácil que se difundiera un pensamiento con olfato para el sentido común y los delicados pliegues de la realidad, especialmente la personal; para un optimismo gnoseológico atemperado, una apertura a fuentes de sentido, a tradiciones, a comunidades, a la literatura, la religión, el arte, la experiencia. Ni era fácil proponer una primacía de la persona, cuando hemos estado —y seguimos— tan fascinados por las ideologías, las máquinas, los bienes de consumo, el poder de la técnica, el bienestar, el ocio, la banalidad, la transgresión por bandera, … cosas, cosas, cosas…

III.
Pero ahí estaban, y están, esos pensadores que se fintaban de los fascismos de diverso signo, hablando de la primacía del ser sobre el tener, del misterio sobre la visión materialista, de la persona sobre el Estado; de las realidades intermedias como la afectividad o la familia; de la cualidad humana de la literatura y las artes; del valor de la religión, de las tradiciones, de las comunidades; de los valores espirituales y su armonía con los psicológicos; de la estructura narrativa y dramática de la identidad; de la importancia del tú para el yo, de la interpersonalidad; de pensar desde la experiencia; de la corporalidad; de la esperanza…

Un pensamiento vivo.

IV.
Así que con “Introducción al personalismo” acaba de aparecer una nueva oportunidad de conocer estos fascinantes enfoques y pensadores. Y de conocer ese estilo, gran estilo: estilo de obrar, de escribir, de vivir, de ese que tienen determinadas personas para las cosas de todos los días —que es de lo que se trata, y no de morir de estilismo en cuatro excesos—; para convivir y co-ser de verdad.

Estilo vital que, tras algunos años de leer a los personalistas, te hace decir: “Me hubiera encantado ir a las clases de Maritain y de Von Hildebrand, a los mítines de Mounier, escuchar el piano y participar en las tertulias de Marcel, hablar de cine y literatura con Marías, tumbarme en el diván de Frankl, enseñar palabras a los niños con Ebner, hablar del amor con Wojtyla, asistir a una Misa de Guardini, dialogar con Buber, mirar un cuadro con Pareyson y un rostro con Levinas, rezar por la reclusa Nº 44.074 mientras le cae una ducha de Zyklon B (ácido cianhídrico) en Auschwitz, y que luego Santa Edith Stein rece por mí". 

viernes, 25 de mayo de 2012

Unas frases de Claudio Magris sobre literatura y ética, y una nota


La literatura no tiene por qué obedecer a una obligación ética, si bien, en ciertos casos parece obligada a ello. Da cuenta más bien de la existencia humana, con su comedia y su inaceptable tragedia. 

Y mira que con Magris me he ido lejos: desde el grifo del Danubio hasta el Mar Negro, y algunos otros sitios. Pero esta vez no le sigo. Todo acto es moral, incluso el literario… como todo aire —aroma, tufo o nada— contiene siempre algo de nitrógeno.

Que la literatura no es moralismo, ni tratado de moral, de acuerdo. Que tiene su autonomía, desde luego. Pero no se autonomea de ser hombre el banquero cuando obra —¿verdad?—, ni tampoco el escritor. Este se obliga a la moral por ser de la especie humana, o mejor, por ser persona. Y luego se obliga por la honradez de buen artífice. "Dar cuenta de la existencia humana" es siempre desde una libertad y responsabilidad y esfuerzo y dignidad de enfoque. Decir “inaceptable tragedia” es ya un escorzo; y luego podremos discutirlo. 


(Texto de Claudio Magris en El Cultural).

lunes, 21 de mayo de 2012

Un puñadito de poemas

Aparecieron en Nueva Revista, por gentileza de Gabriel Insausti. Ahora, en la edición digital, aparecen de nuevo. Qué grata aparición; así, como un fantasma amigo vienen, para que más amigos los conozcan. Prodigios de internet, que hasta en Pernambuco -si es que alguien allí "me pinchara"- allí bajo las palmas, tan ajenas al verde del Lake District, resonaran los versos que un día, y que dos, y que ya no me acuerdo, escribí en algún sitio, que tampoco recuerdo (internet, ciertamente, es su sitio).

Pues muchas gracias a todos; en especial, si hubiera, a los brasileños.

El puñadito, pínchese aquí.

viernes, 18 de mayo de 2012

Me voy con vosotros para siempre, de Fred Chappell: cuatro notas de lectura



I.
A mí también me gustaría pescar en el estanque de McGregor, ir con el viejo Pontiac al pueblo a por la prensa en los años 40 —y de paso a vender los tarros de compota de la abuela (quiero decir, de arándanos)—, en el midwest con pantalón de peto. En fin, está en los genes culturales que hemos heredado en este siglo (pasado, y sin embargo tan presente, inacabado), todos somos un Burke, un Williamson un poco, por obra y gracia de Frank Capra, Saroyan…

II.
¿Qué pasa si descubres que llevas mucho tiempo sin leer nada divertido? Qué es divertido. Es sorpresivo. Pero sobre todo es tristemente real el tiempo sin hacer estas lecturas. No le voy a echar la culpa a ninguna crisis, ni a los vientos postmodernos, ni al auge de la novela negra escandinava, ni siquiera a Hegel, porque uno entonces se adelgaza en la fibra de su dignidad: sin un poco de culpa personal, en este mundo, tampoco hay un poquito de dignidad —aviso para indignados—; no. Es una simple cuestión de aburguesamiento mecido en la hamaca de lo gris. Quiero ser responsable y culpable; y absuelto; y reírme.

Y ya ha ocurrido todo eso, porque acabo de leer una novela que me ha divertido mucho: Me voy con vosotros para siempre, de Fred Chappell, y traducida por Eduardo Jordá, me ha dado esa oportunidad de soltar alguna carcajada y disfrutar con la literatura.

III.
El escenario es uno de los sensibles en la novela norteamericana del XX: los campos de centeno que ondean sus despedidas a los muchachos del estado que parten para Europa en la II Guerra Mundial. Medio rural, vida represada en la verdad lenta de las estaciones, vida familiar antes de la televisión, con ojos para lo pequeño y cotidiano… y ahí, la opción de Fred Chappell: humor, imaginación, realismo mágico hispanoamericano puesto a germinar entre bosques y rubias hectáreas…

IV.
La cualidad lírica del poeta que es Chappell viene en su lugar, a su hora, en sus rincones de oro del párrafo. ¿A qué me refiero con eso de “rincones de oro del párrafo”?: a esa cualidad lírica, visual, sensorial, que pone a vibrar de cierto misterio ese momento de la acción narrada. Rincón porque, aparentemente, aparece como en un apartadillo, como si no quisiera robar acción ni protagonismo. Pero bien cierto es que se lleva los ojos detrás, y por algo suele aparecer al final del párrafo (el sitio de honor). Veamos un ejemplo:

Después de haber arreglado la valla, nos tomamos un descanso. Estábamos sentados a la sombra de un gran roble y mirábamos cómo el viento escribía sus grandes letras en cursiva en un campo de avena blanquecina. P. 74

Uuuum, oro puro.


Me voy con vosotros para siempre. Fred Chappell. Traducción de Eduardo Jordá. Libros del Asteroide. Barcelona. 2008.

jueves, 17 de mayo de 2012

jueves, 10 de mayo de 2012

Las obligaciones del buen lector


Estaría dispuesto a pensar que el lector no tiene obligaciones. Pero me indispondría con respecto al buen lector. Me vino al pensamiento esta misma mañana (la mañana: merluza en que termina de escurrirse el ayer) recordando el taller, algunas cosas que surgían al hilo de los textos.

Les preparé un texto descriptivo de Ébano, de Kapuscinski. Aprendí mucho del feedback: diversas sensibilidades, rincones no barridos del polaco (del autor, me refiero), algunas conjeturas sobre la traducción (ay, ingrata labor que solo aprecia el inconsciente del lector; es decir, nadie) sobre posibles fallos… en fin, no está obligado —Dios nos guarde— el lector a gustar de ningún libro o estilo contra su voluntad, capricho o gana.

Pero digo que el buen lector sí tiene algún deber para casa. Y un buen escritor es un lector consciente, aplicado. Cuánto aprendemos de lo diferente. No hay perfil sin fondo. Quien no fondea, crece ilimitado, y en su desmesura se vacía de su esencia.

Esta merluza ya está lista.

domingo, 6 de mayo de 2012

Mi amigo el poeta William Wordsworth

Está claro que uno no elige a sus amigos. La amistad no se encuentra barajada entre estantes, por mucho que la busques en el supermercado. Con mucho, lo que puedes, es pasar por ahí, ponerte a tiro. Salir de casa, vamos. Así fue con mi amigo William. Fue uno más entre aquellos que andaban por las aulas de entonces. Tú les prestas un poco de atención... y ellos te lo pagan viniéndose a tu casa, viniéndose a tus cosas. No estorban, no molestan. "If you don't mind, I'll stay right here with you". Oh, claro, faltaría más.

Mi amigo Wordsworth, tengo que decirlo, solo susurra un poco; me hace pensar, sugiere cosas; como un buen amigo, sabe retirarse a tiempo, pero siempre se queda de algún modo; se parece a mi abuela cuando hacía calceta: siempre allí sosteniéndolo todo. Todo aquello que es invisible. Como mi amigo Wordsworth.

viernes, 4 de mayo de 2012

Un nuevo taller de escritura personal



(Dos tallos, JM Mora Fandos)

Cuando José Luis Rodríguez-Núñez, del Bibliocafé, me propuso impartir un taller de escritura, hace un año y algo, me invadió una sensación contradictoria. Le agradecí la propuesta, me apetecía… y me ahogaba. Disfruto escribiendo, pero no he escrito una novela. Los talleres de escritura acostumbran a titularse “de escritura creativa”, y habitualmente aspiran a enseñar la técnica de la novela. Yo no había escrito ninguna, no veía claro enseñar a golpe de manual algo de lo que no tengo experiencia. Al mismo tiempo he abejado flores muy diversas: poesía, relato, textos académicos, traducción, ensayo, tesis doctoral… la escritura me ha dejado algunas muescas, y cuando me miro en el espejo no puedo dejar de verlas y reconocerme en esas cicatrices. Son algo de mí… soy algo de ella.

Un conflicto por resolver, pero uno de esos con los ingredientes necesarios para que salga algo bueno. Un taller… sí: podía enseñar a contar, a poner por escrito cosas personalmente importantes. No todo el mundo quiere escribir una novela, pero todo el mundo tiene cosas importantes que decir, y alguien a quien decirlas… o casi todo el mundo; pero incluso ese casi, con un poco de conciencia del asunto y algo de ayuda, acaba contándoselas a alguien.

Escritura creativa, desde luego, pero sobre todo personal y muy pegada a la vida. Así que así comenzaron los talleres, y hasta la fecha; y he visto alumnos ilusionados con proyectos de escritura: escribir la historia de la familia, relatos, poner experiencias por escrito, contar unas vacaciones, comunicar mejor en un blog, mejorar la expresión en textos profesionales, preparar un brindis, conocerse… y más.

Bueno, pues la semana que viene, miércoles 9, comenzamos otro (y quedan plazas). La escritura tiene algo siempre nuevo. Es cierto, la gramática apenas se mueve; pero nosotros sí, y con nosotros el mundo, que pide una vez más ser contado y que nos contemos.

lunes, 30 de abril de 2012

A punto de dejarlo, de Enrique Baltanás: cuatro notas de lectura



I.
Dice Enrique Baltanás que “hay tres clases de personas: no fumador, fumador y ex fumador. Pero todos tenemos una historia personal con el tabaco, y cada cual cuenta la feria como le va". Yo viajo en la primera clase; si bien, por esa identidad narrativa nicotínica, esa historia personal con el tabaco que todos tenemos, forzosamente hube de tener mi encuentro —desencuentro— con el ente de humo. Fue una fugacísima aventura de niño, veraniega, entre los amigotillos díscolos del lugar, que bajo las pinochas de una pinada, envolvían y soterraban un paquete de chester mentolado. “Aaaj”, todavía me recuerdo haciéndole ascos. “¿Pero esto…?” Salvé la menta, que efusivamente saludo cuando me la encuentro de consustancia en un After Eight. Y lo demás es humo. (Bueno, siendo totalmente sincero, me he dado varias oportunidades con la pipa, pero la llama de la pasión nunca llegó a prender).

II.
Novela de arqueo vital (personal, matrimonial, ideológico, político…) nel mezzo del cammin… Y el balance para Julián Arjona —el protagonista, que ejerce de primera persona narradora— no es precisamente positivo. El entusiasmo utópico de la contestación marxista-leninista universitaria (con su inversión de valores) en los años previos a la Transición viene a ser el paquete de tabaco recién abierto… que tras los años, y en el momento de la escritura, se certifica como claramente agotado. Y en ese arqueo el humor y la ironía van a ser el Virgilio que conduzca entre los humos infernales de la narración, en busca de un paraíso. Humor e ironía para templar —pero no invalidar— la crítica constante: el narrador implícito va componiendo el entreverado de razonabilidades y despropósitos que manifiestan el propio y desorientado Julián, su ex pragmática, chaquetera y socialdemócrata Mayte, su médico Salvador —ironía— con sus cultas justificaciones para sus curiosas posturas filosóficas y religiosas, el camaleónico Pepín…

III.
Ante el naufragio y la pretensión de que aquí no ha pasado nada, Baltanás y Arjona parecen querer retener una higiénica cordura; y de este modo, el tono y la pretensión de la novela no es de lúdica parodia (solo). No es el autor un postmoderno. Quizás, precisamente, se trate de no caer ahí, de que el humor en semejantes asuntos no sea simplemente humo/r. Este humo/r no nos trae en anexo una teoría de la liquidez y liquidamiento del sujeto, de la historia y bla, bla, bla. Es verdad que no parece emerger  ninguna posición fuerte tras el arqueo y desecho de muebles desportillados. Pero aquí y allá, el autor va dejando caer algunas certezas, o semicertezas con que reconstruir desde este grado cero vital alcanzado: la sinceridad de unas lágrimas que no consiguen salir y de una sequedad interior frente a lo que murió, el Sentido Común, el reconocimiento de las pequeñas realidades que sí hacen la vida más humana, la narratividad de la vida que parece comprehender la esperanza en un futuro, una vez aprendido lo aprendido…

IV.
Novela que se beneficia del poeta que es Enrique Baltanás; en la que “tabaco”, “humo”, “fumar” son términos exprimidos en sus significados, y multiplicados en su posibilidad simbólica, en sus aperturas al guiño cómplice al lector. Otra tramoya sabiamente urdida es la ordenada presentación de los diversos ámbitos de desconcierto, que son los de toda una generación: ideológicos, sentimentales, sexuales (aquí me pareció un tratamiento un tanto reiterativo y descarnado). Y, desde luego, la novela se beneficia del vasto y curioso lector con inquietud literaria, filosófica y metafísica, que es su autor: los diversos debates presentados, intencionalmente inconclusos, revelan una claridad de análisis nada enturbiada por cualquier moda postmoderna de anteayer.

Bajo el manto de la sonrisa irónica, queda el ambiguo final de la vida de Julián Arjona y de la novela: no porque “continuará”, sino porque el último paquete de esa vida —¿ya finalmente sin humos?— se esfumó, dejándonos la literatura para seguir interpretando y proyectando la propia vida. 


lunes, 23 de abril de 2012

"Perspectivas" de José Saborit: cuatro notas de lectura


Perspectivas
de José Saborit

Hace ya mucho tiempo
que cruzaste el umbral y ahora braceas
en aquel porvenir que imaginaras,
en las aguas extrañas de un presente
que nunca te pudiste imaginar,
en esta edad adulta irreversible
en que todo se cumple de algún modo.

Caminas por la calle y mudo observas
tu propio caminar desde el pasado,
la ciega expectativa que trazaste
en los días remotos,
abiertos al transcurso de los años,
en esa breve edad
en que todo se intuye de algún modo.

De los muchos posibles
que tú pudiste ser,
ninguno tan ajeno, tan distante,
como el que ahora eres y, a la vez,
ninguno tan cercano
en el clan familiar de lo posible.

El que fuiste soñaba un yo seré,
y el que ahora ya eres evalúa
los sueños del que fueras:
en ellos reconoce
las cifras del fracaso y las ganancias.

Qué extraño es ir cambiando y ser el mismo,
seguir desconociendo uno tras otro
a todos los intrusos que circulan
bajo tu faz versátil;
dejar que el tiempo pase succionando
las arterias abiertas de la vida,
dejar que el tiempo pase y ser el tiempo.


I.

“Darse cuenta”. Al leer “Perspectivas”, de José Saborit, me puse a cavilar esta expresión. Porque “Perspectivas” habla de darse cuenta: percibir, tal como lo entendemos en su sentido directo, habitual; pero cuando, además, es percibirse, darse cuenta es darse a sí mismo una relación, un relato, un cuento. Darse un cuento para percibirse. Narrarse. Y a eso vienen estos versos narrativos.

II.
Que todos le vamos dando vueltas a la cuestión de la identidad, ya desde hace largo tiempo, es algo bien sabido: serán estos tiempos penumbrosos, de los que no puede salir un clásico, según asegura Eliot, que con los dedos de una mano contaba los clásicos que en el mundo han sido, y les ponía de causa-condición una armonía de homogeneidades lingüístico-literario-culturales-espirituales que nuestro hoy moderno desconoce.

Y sin embargo tiene algo de clásico “Perspectivas”, aunque no sea clásico de pole position eliotiana –ya digo que lo de la mano es tal cual-. Pero clásico horaciano, sí: tiene de esa dicción alta, de ese vocabulario en el fiel de lo escogido y esmerado que la metáfora o la imagen sin ambigüedades precisan –si bien en este poema, por su carácter, la discursividad y la idea toman la voz-. Y también moderno, por esos artificios con que el yo se “da cuenta”: el desdoblamiento en voz admonitoria y tú silente y desconcertado; la ilustración de la paradoja de los muchos y el uno en una continuidad problemática, pero continuidad.

III.

José Saborit lleva toda la vida mirando; es decir, atento. Ser pintor al tiempo que profesor de pintura significa transitar el espacio entre lo icónico y lo verbal. Espacio distinto del espacio acotado de los polos, otro espacio en su sustancia, porque es espacio intermedio. Riesgo, creatividad… las “miradas cruzadas” o que se cruzan ahí, tienen su alto paisaje y su cortante responsabilidad.

Mirar: pintar, decir. Estrategias, usos y finalmente hábitos -no todos- del “darse cuenta”.


IV.

Meditación sobre el tiempo, no solo como erosión física, sino como condición antropológica. La antropología, esa metafísica de lo humano. Y ahí, la extrañeza: su expresión en la última estrofa, donde el doblete yo y tú parece desestabilizarse levemente, porque la enseñanza moral conmueve a la propia voz admonitoria, que se reconoce inerme ante la misma temporalidad que ilustra. Esos “qué” admirativos aporticando la estrofa lo delatan.

Mirada y temple estoicos –y asombrados- para el tiempo; y sobre todo para ese hiato de uno consigo mismo, “Cómo tiembla y descorre / la trémula cortina del instante / precario del ahora”, canta en otro poema, dedicado a los seísmos, donde intuimos otros suelos que los de basalto, arena y arcilla maleables… aún más precarios. Mirada y temple para esos raros momentos –pero inexorables- en que la vida y el arte imponen un alto y un re-cuento. Un darse cuenta. 

En La eternidad y un día, Valencia, Pre-Textos, 2012

miércoles, 11 de abril de 2012

"Apunte biográfico" de José Luis Piquero: cuatro notas de lectura

"Apunte biográfico"

de José Luis Piquero

                                             Like dogs to bark at my world
                                                     Stephen Spender

Pero también a mí­ me partieron la cara
en más de una ocasión. En aquel tiempo
temí­a -como Spender- a los chicos del barrio,
matones con jerseis de Benasque y playeras
que odiaban a las madres y a los niños con gafas.

El miedo, pienso ahora,
es una presa fácil. No se explica
de otro modo la astucia, aquella maña
que se daban para atraparme siempre,
aunque volviera por otro camino
de la escuela o bajase a comprar el pan
a donde era más caro pero estaba más cerca.

Eran hábiles con el cigarrillo,
conocí­an las zonas donde la quemadura
podí­a doler más. Algunas veces
les bastaba el insulto desde lejos.
En los dí­as de fiesta eran más peligrosos
porque tení­an tiempo de sobra por delante
y el escenario idóneo de una calle aburrida.

Y lo que más lamento ya no son los cuadernos
de dibujo manchados de tinta o los tebeos
que un dí­a me quitaron, sino el otro
expolio de mi infancia ignorante y feliz,
la fe ciega en un orden de las cosas,
la armoní­a del mundo que, prematuramente,
hicieron mil pedazos en medio de la calle.

Y sobre todo el odio, el rencor insensato
de tantos años hacia los adultos:
Pasaban en silencio, sin mirarnos.
Siempre llegaban tarde a impedir las peleas.


I
En este, como en otros poemas de Piquero, me sorprende esa difícil facilidad para conectar el habla cotidiana a la red de voltaje poético. Y ahora me refiero solo a la métrica. Ahí van esos endecasílabos, alejandrinos (esa conjura de acento en sexta con que el diapasón de la poesía de la experiencia templó nuestros oídos en los 80s) como si la adquisición del castellano por cualquier hijo de vecino, dotara del mágico instinto. Pero no, no viene de fábrica. Hay que currárselo. Y mira que cuando uno se arrima a la tradición es fácil volverse sentencioso y grave. Así que, sin duda, aquí se cumple esa renovación-dentro-de-la-tradición que el lector de poesía siempre espera, como si fuera lo más natural. Cuando es al revés.

II
"Pero también a mí..." casi que nos hemos encontrado, in medias res, al girarnos en nuestra butaca de enea como viniendo de otra conversación, con el monólogo del capitán Marlow, atento a los misterios de la vida. La cualidad oral del poema es patente. Es el monólogo dramático de Browning, la segunda de las tres voces de la poesía según Eliot, que se dirige a una pequeña audiencia a la que hemos sido invitados, y ese asentimiento poético nuestro nos aguza los oídos, porque nos sabemos hablados; monólogo que, al final, en el "mirarnos" nos abraza a todos en una experiencia compartida, universal que remonta la anécdota. (Y aquí me acuerdo de Jim y del "uno de los nuestros" de Conrad).

III
La experiencia bien enfocada y delimitada, la luz natural, la secuencia ágil de flashes, el laconismo de la cámara que resume... cine clásico europeo; el léxico en su punto de propiedad, ni crudo ni muy hecho... la mejor poesía de la experiencia siempre ha ejercido una pedagogía de la lectura poética, simultánea al propio poema.

IV
Es notable la inteligencia del autor para conceptualizar lo experimentado, sintetizar su esencia existencial-moral y lirificarlo al fin, o al paso de todo el proceso (aunque a veces uno -yo- no esté vitalmente de acuerdo con las experiencias y síntesis de otros poemas suyos). No he tenido una experiencia tan traumática, pero puedo identificarme con la voz del poema en este universal asunto del desvalimiento ante el mal; esos momentos en que se palpa el sinsentido, y que en la niñez tienen primera parada; y en esa responsabilidad del adulto... en que uno acaba convirtiéndose.

Es verdad que se canta lo que se pierde; pero no solo: ¿merecen también un canto nuestras absoluciones? 

Pero ya me estoy yendo por las ramas. En todo caso, buen, muy buen poema con el que abrir esta antología de mis poemas favoritos.

viernes, 6 de abril de 2012

El soplete de J. S. Bach y Karl Richter




Acabo de escuchar una primera parte de la Pasión según San Mateo, de J.S. Bach. Más que escuchar, he visto el vídeo de la versión de Karl Richter, con el coro y orquesta Bach de Munich: 1980.

Es (casi) teatro. La producción es intencionalmente dramática: el escenario consta de planos desnudos, tintas planas (blancas, verdosas, grises), perspectivas, aristas, iluminaciones contrastantes, volúmenes grandes que pesan, casi comprimen (como la enorme cruz sin crucifijo que flota acostada sobre el coro)... para mí, una puesta en escena existencialista, donde el barroco de Bach atraviesa una atmósfera despojada, angulosa, fría, cortante... hasta las narices de soprano y contraalto, la de Richter -y sus brazos exactos- son enfocadas a sangre sobre el fondo neutralizado... Bach sale bien, sobresaliente, de ese careo con la nada de etiqueta; no conozco nada, todavía, que se haya resistido al soplete de Bach.

En mi propia maraña cordial, esta producción se constelaba con El espía que surgió del frío de Le Carré, la guerra fría, los espías, el flamante muro incapaz de sospechar 1989... 

Y Bach sigue volando, coreografiado por un existencialismo visual, o cantado en scat por Bobby McFerrin, o en el trío aswingado de Jacques Loussier... elevando a un plano espiritual todo lo que toca.