AVISO PARA QUIEN QUIERA COMENTAR

¿Dónde está la sabiduría que perdimos en el conocimiento?
¿Dónde el conocimiento que perdimos en la información?
T. S. Eliot, Coros de La roca, I



domingo, 9 de febrero de 2014

Los demonios, de Dostoievski: cuatro notas de lectura




I.

“Tarde te leí”, como el “tarde te amé” de San Agustín. Y un día… sobrecogedor.


II.

Muestra personajes psicológicamente condicionados por la convulsa Rusia zarista de los años 60 del XIX, pero hay más, mucho más. Si Dostoievski sigue siendo Dostoievski es porque está diciendo la verdad. Algo que olvidamos al buscar la esencia de un clásico: un clásico es un señor que dice la verdad, o bastante verdad, o bastante profunda.


III.

El primer cometido de la novela es la fidelidad a la piel de la vida, a cómo se presenta la realidad; y esto no riñe con que el narrador siempre cuente desde un punto de vista o que cuente un mundo de dragones o espadas láser. Dostoievski quiere contar la variedad de situaciones, estados de ánimo, reacciones, contradicciones, obscuridades, luces… se dirige a la complejidad. Hasta los personajes que fácilmente se prestarían a un molde compacto, se revelan poco a poco inasibles, evitan la categoría cerrada. Entonces te preguntas qué visión tiene Dostoievski, que abre el plano y al mismo tiempo profundiza. Es un panóptico que te revela la estrechez con que tú mismo miras la realidad humana. 


IV.


Pero Dostoievski no es un relativista; o sí, pero en este sentido: relativiza el juicio sobre la persona, pues descubre un abismo al asomarse a ella, mientras deja bien clara la cualidad villana de la acción realizada. Es un autor radicalmente cristiano: reserva el juicio, y la misericordia, a los ojos de Quien pueda sondear y asumir las luces y las sombras del misterio de la condición humana, del hombre y la mujer concretos. Y todo lo demás es novela. Nada más. Nada menos.


martes, 14 de enero de 2014

Misericordia, de Galdós: cuatro notas de lectura

 

I.

Una lectura tan grata, a veces tremenda, un texto pertrechado de recursos literarios. Hay pasajes verdaderamente cervantinos en su contar preciso y ocurrente, en la frase rítmica y bien medida, como para decir en voz alta ante una concurrencia, en la tertulia familiar decimonónica, o ante el inopinado público de las ventas de la Mancha. Y un buen despliegue de metáforas, y de imágenes que traen esa visualidad que hoy no buscamos, porque si algo queremos, es descansar de tanta estampa, pero que en el XIX eran requisito del novelista. Novelista pintor, fotógrafo.


II.

Son frecuentes los momentos de caricatura, y no pocos, despiadada. Como en Marianela y en otras novelas, Galdós pinta animalizados y cosificados a los hombres y mujeres, e imprime matices humanos a animales y cosas. Más de una vez me detuve en la lectura: “¿Pero cómo se pasa?”; pero más de una vez, ante el nuevo detalle que equilibra al personaje y le da profundidad, volumen y sombra humanos. Con otros procederes, me recordó al Dostoievski que expone la variedad y el misterio del alma, para distinguir entre la falta condenable, y quien la hizo y sin embargo no debe ser condenado por otros ojos humanos. Al lector se le invita a la piedad.


III.

Aquí Galdós se identifica con un narrador todopoderoso al que no duelen prendas aparecer como artista plástico que todo lo moldea, expresionista y cómico, gozoso de que se le note. Realismo, sí, pero no con narrador traslúcido para pergeñar la apariencia de que se fue el mediador entre el lector y lo que desfila por las páginas; sino el de un mundo molesto de mirar, animado por esa idea (tan discutible) de que más real parece lo que más desmiente lo ideal y placentero.


IV.


Ese final, como coda inesperada, me recordó a la cálida sorpresa del de Los hermanos Karamázov, como si Galdós y Dostoievski hubiesen deseado un subrayado de convicción moral, de cordialidad pudorosa que no se quiere ocultar. Frases últimas que al leerlas te ahuecan el mundo y te lo callan unos instantes para que resuene una emocionada verdad.   

viernes, 20 de diciembre de 2013

Lo que he aprendido de mis alumnos este cuatrimestre


Tallos, JM Mora Fandos, lápiz y acuarela sobre papel

Se dice que unas buenas lecturas canónicas -Cervantes, Galdós, Delibes...-, son esenciales para aprender a escribir. Yo también se lo digo a mis alumnos. Lo que va siendo hora de decirles es lo que aprendo yo al leer los textos que escriben. 

¿Qué se puede aprender de quien quiere aprender? Lo primero es evidente: su deseo de aprender, algo que nunca puedes dar por supuesto en ti -ay del día...

Y, desde luego, otras sensibilidades: cada hombre o mujer es una mirada distinta, un enfoque diverso... ¿y qué es un relato sino un enfocar?

Por no hablar de una perspectiva privilegiada: la borrosidad con que el escritor se mira a sí mismo, el polvo que levanta, el humo que hace en su taller, son tales que no le es fácil rodearse y verse desde fuera. En cambio, en el texto del alumno estás fuera y ves la distancia entre lo que se intenta y lo que se consigue; lagunas... Te enseña una falsilla para ganar esa distancia contigo mismo, ese desdoblamiento necesario.

Pero dejo lo mejor para el final: hay verdaderos hallazgos, metáforas, ritmos, sugerentes finales de párrafo, puntuaciones expresivas, estructuras firmes y complejas, milagrosas condensaciones como gotas de rocío que, sin advertirlo, reflejan en su diminuta bóveda cristalina todo un firmamento...


domingo, 15 de diciembre de 2013

Relato navideño 2013

En el nº 51 de Selección Literaria, de Librerías Troa (pp. 38-39), me publican un relato navideño. Espero que os guste. 

lunes, 2 de diciembre de 2013

La misma monotonía, de Juan Peña: cuatro notas de lectura



I.
Ya me sorprendió Dura seda, el último poemario de Juan Peña; y ahora me alegra esta bella antología de Siltolá: La misma monotonía. En Dura seda -recogido aquí- vibraba el trabajo del orfebre; y lo que la antología revela es que aquel hacer venía de lejos. Creo que en poesía, los finales de los 80's y los 90's tuvieron a esta ladera de los Pirineos un efecto al menos positivo: pusieron a mucha gente a medir sus propios versos, a leer, a leer, a leer las tradiciones clásicas, a conversar con los poetas muertos -aunque sin club, y sí taller-, y a aprender con reverencia y sudor un oficio en la vida -del arte-.


II.
Y ahora tenemos antologías como esta, representativas de una trayectoria muy estimable, que atestiguan haceres sólidos y curtidos. Desde La edad difícil (1985), donde hay esa confesión en alta voz, con esos procedimientos de autoironía, de distanciamiento del poeta consigo mismo -de los que también usaban Carlos Marzal y otros de la misma generación-; hasta poemas más cercanos al ahora, menos escenográficos, más despojados, pero igualmente fieles "a lo que aparece", cribado por una voluntad estética y razonadora del sentido.


III.  
Me ha gustado la aliteración en el título, solidaria con el sentido del paso del tiempo, el volver de las horas; y el reencontrar rasgos que ya me habían reconfortado en la lectura de Dura seda. Valga como botón de muestra esta segunda estrofa de 'Un viejo vuelve al sur':

Y en invierno veré llover,
y encenderé en la noche
esta ruinosa chimenea:
la casa caldeada al fuego de la leña,
y un silencio dulcísimo de crepitar de llamas. 
Fuera acampará el frío,
arreciará la lluvia,
y llamará a la puerta algún fantasma.

¿Que qué tiene de especial? No es fácil decir: esa musicalidad que hacen sonar quienes llevan muchos años acariciando las teclas de su instrumento: inefable, por las finas intuiciones que han mezclado en una particular armonía; la densidad -no abstracta- de las vivencias traídas al arte, lo de siempre y la sorpresa de hallarle un pulso distinto; y la libertad creativa de una imaginación fiel -como un buen traje de sastrería- a la vida misma.  


IV.
La antología se cierra con poemas traducidos. Soy de la opinión de que si se traduce poetas románticos, el valor buscado, la virtud inscrita en el organismo del nuevo poema sea la elegancia: el corte de los versos, su cadencia como la caída de la prenda bien ideada y tejida... Y qué traducciones más elegantes aquí, las de Hölderlin, Keats, Leopardi... Y luego Yeats, Baudelaire, Kipling... La pasión por la eternidad mediante el arte, el estoicismo ante el paso de los días, el después -nostálgico- de todos los epicureísmos, quedan atemperados por el verso elegante, sólido, de Juan Peña. 

viernes, 22 de noviembre de 2013

De enseñar a leer y a escribir: aulas y paellas


Una por cuatro, por cuatro, por ocho, por doce: horas por días, por semanas, por meses, por años de un niño sentado tras un pupitre en el sistema educativo español: 1536 horas de “Lengua”. Paradójico resultado: escaso hábito lector, nulo hábito escritor, un vivero de faltas de ortografía, calvicie de tildes, frases descalzas de puntuación…

¿Qué hemos estado haciendo con los alumnos durante este millar y medio de horas?

Algo semejante a haber tenido una asignatura llamada “Paella” y después de esa alucinante ristra de horas, el joven a las puertas de la universidad no supiera cuándo hay que poner la carne o el arroz; pero, por otro lado, hubiera estudiado concienzudamente temas como “Variabilidad de resistencia al fuego en aleaciones”, “Los arrozales en Escandinavia: una propuesta”, “Estructura, taxonomía y quaestiones disputatae de la cerilla” o “Análisis de la cohesión, coherencia y adecuación de ingredientes heteromorfos según la teoría de conjuntos aplicada a técnicas culinarias I, II y III”.

Vale, ya sé que exagero: los niños son los niños, los padres son los padres, la vida es la vida... Hipérbole, sí. Pero no hay nada como una hipérbole para despabilarse... "avive el seso y despierte"...

A ver si a quien le competa, en algún órgano de decisión -qué curiosa expresión-, toma nota.

¡Con lo buena que está la paella!




  

lunes, 18 de noviembre de 2013

El alma del guerrero, de Joseph Conrad: cuatro notas de lectura



I.
En una clase del máster de escritura creativa estuvimos jugando con inicios de narraciones. Una alumna indicó que uno de aquellos arranques podía ser de Conrad. Me quedé quieto como goleta en estuario. "Um, Conrad... tiempo hace que no vuelvo a ti". Es uno de mis novelistas de cabecera, y sin embargo, dónde ha andado mi cabeza estos últimos meses... Sí, podía ser de Conrad, aunque se trataba del inicio de Bailén, de Pérez Galdós: ese antiguo soldado batallitas que exulta en su recuerdo de cuando las pezuñas del caballo de Napoleón le magullaron el brazo en el pandemónium de la batalla de Austerlitz. En este caso, Galdós es más audaz que Conrad porque le pone el micro al viejo militar sin mediar ningún narrador. Y ahí va "in medias res", o como decía con mucha guasa otra alumna del máster el año pasado, "en medio de la vaca".

II.
Conrad no se priva de una introducción, de una consideración hacia el lector, a quien hay que ponerle el estribo para que suba. Y así me lo puso en El alma del guerrero. Conrad tiene las maneras del XIX, delicadeza, retinas empañadas de nostalgia, voz impostada de personaje teatral, como quien te dice: "Bienvenidos a este otro mundo de cosas graves, con peso, con importancia... aunque con poco apaño".

III.
Cuánto me recordó El alma del guerrero a Lord Jim aunque la primera apareciera quince años después: es el mismo héroe romántico: joven, idealista, apasionado... y el mismo sino de estos muchachos. Conrad es un romántico tardío, uno de los últimos caballeros en medio de un mundo materialista, y sus héroes llevan esa mirada hacia atrás, hacia un mito, un lugar ideal, fuera o antes de este mundo.

IV. 
El dilema moral, resuelto a la romántica, deja al pobre chico Tomasoff un poco a lo Million Dollar Baby. Qué desastre, la guerra.

miércoles, 23 de octubre de 2013

El idiota, de Fiodor Dostoievski: cuatro notas de lectura


I.
Dostoievski: has de aguantar las 150 primeras páginas, hasta la bomba, el hachazo, el rotundo bofetón… luego ya no podrás dejarlo. Pero sí, 150 páginas de una retahíla de personajes que son aludidos de tres modos distintos: su nombre de pila, su apellido, su nombre familiar, y a veces su posición social, rango militar o cargo profesional. Hago muchos actos de fe cuando leo a Dostoievski: “Bien, de nuevo no sé quién es Ivan Fiedorovich, pero ya me dará la pista la situación o algún personaje; continuemos, la bomba va a estallar”.

II.
Dostoievski: el psicólogo de la modernidad enferma. Hurga, hurga… No es fácil ver en la penumbra, como el príncipe Michkin y Rogochin al final de El idiota, entre las tinieblas de la habitación… Trama, carácter, observación, complejidad, finura moral, extremosidad, visión, visiones, trapisonda, melodrama, sorpresa, malestar, conciencia… Apuntada toda esta maestría, El idiota me resulta algo ramplón en modos de contar, no hay “estilo” que te acaricie mientras lees: la máquina del suspense y esas sobrias pinturas expresionistas a bocajarro moral cumplen casi toda la eficacia narrativa, aunque durante páginas transmita el tacto de un papel de lija (pero, bueno, como no leo ruso, esta nota queda en su expuesta vulnerabilidad).

III.
“…los hombres de entonces no se parecían en nada a los de ahora. No, no eran de la misma raza. Nuestra naturaleza es muy distinta. Entonces la gente sólo tenía una idea. Hoy somos más nerviosos, más evolucionados, más sensitivos, tenemos dos o tres ideas a la vez… El hombre moderno es más amplio y, se lo aseguro, ello le impide ser de una sola pieza, como eran sus antepasados.”, dice el príncipe Michkin. Sí, somos dispersos y multitasking, seguramente eso incapacita para acometer empresas relevantes. ¿No andamos todos haciendo muchas, demasiadas, cositas? ¿Miedo al compromiso, la entrega, a la profundidad? Pero, son los tiempos, se trata de unificar lo diseminado -qué tiempos tan artísticos-. Quizás los hombres modernos que somos estamos obligados a un esfuerzo mayor, o de otro tipo. Digo yo.

IV.

Ah, Michkin… qué enigma de personaje, atractivo, imposible, trágico, idiota ciertamente; quizás el espejo cóncavo que una sociedad convexamente deformada necesite para despertar.

miércoles, 9 de octubre de 2013

El libro de Kierkegaard, de José María Carabante y Antonio Lastra (eds.): una nota


He tenido el honor de participar en El libro de Kierkegaard. Estudios en el segundo centenario de su nacimiento (1813-2013) libro colectivo, cuidadosamente editado por los profesores José María Carabante y Antonio Lastra, en Nexofía, colección de libros electrónicos de tema filosófico. La descarga es totalmente gratuita, y en estos días de inquietud económica y cultural, dice mucho de la generosidad, pasión y vocación filosófica que prodiga Antonio Lastra en cada uno de sus proyectos culturales. Animo a visitar su espléndida web La Torre del Virrey, un mundo de sabiduría, una comunidad viva de pensadores. 

El libro comprende una serie de ensayos sobre influencias culturales en Kierkegaard y lectores del filósofo danés: Abraham, Sócrates, Pascal, Lessing, Mozart, Thoreau, Unamuno, Benjamin, Adorno, Peterson, Löwith, Sartre, Steiner, Dreyer y Tarkowski. Me he ocupado de George Steiner: ¿Qué le enseñó Kierkegaard a Steiner, como lector? Bueno, pues de eso cuento unas reflexiones personales. Espero que se entiendan y gusten. Buena lectura, que aproveche.

miércoles, 25 de septiembre de 2013

La vocación del maestro: Rita Pierson



Every child needs a champion, Rita Pierson


Vi esta charla en TED hace unos meses, y la descargué en el ordenador inmediatamente. Rita Pierson es una señora simpática y divertida, pero sobre todo una maestra sabia.

Me quedo con todo lo que dice: puede haber muchos problemas en la educación, muchos enemigos externos; pero el peligroso de verdad es el que amenaza la propia vocación: la que nos hace crecer cuando nos esforzamos por hacer crecer al alumno.

Para ver la charla con subtítulos en castellano, aquí.

jueves, 19 de septiembre de 2013

"Es un álamo, señor Wittgenstein"



Hoy he tenido mi primera clase de Lectura y escritura creativa, con alumnos de 4º de Magisterio -especialidad primaria-, en el Centro Universitario Villanueva, Madrid.

Una mañana modosita desde la ventana, allá a las 9, entrevista a retazos claros bajo el camuflaje de las hojas de un... ¿un qué?

-...
-... un árbol...
-... un plátano...

Wittgenstein escribió: "Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo" (Tractatus logico-philosophicus, 5.6, 1922). 

-Por lo tanto, si me aprendo un diccionario, amplío los límites de mi mundo, ¿no?
-... sí... no...

Hay algo imbatible en cada persona, que se resiste a acabar dentro de un tetra brick, sea lingüístico, psíquico, social, psico-social, mediopensionista, del Real Madrid... 

-... ¿entonces? Es un álamo.
-... sí, ¡sí!

Es en la experiencia de abrir lo ojos donde se abre el diccionario personal, donde ingresan las palabras con una pequeña historia -nuestra- escrita en la pequeña etiqueta que traen pendiente.

-Es un álamo, señor Wittgenstein, y acabamos de ampliar los límites de nuestro mundo. Hala. 


  

sábado, 14 de septiembre de 2013

Miradas florentinas

Unos retazos de prosa impresionista, que han salido al releer el cuaderno de notas de este verano y darles forma: Miradas florentinas en Ritmos del Siglo XXI.

martes, 10 de septiembre de 2013

¿"Escribe de lo que sabes"?

Seguro que si has asistido a un taller de escritura creativa, o has andado espigando ideas por los blogs del gremio, te habrás encontrado con el consejo: "Escribe de lo que sabes". Hay quienes lo afirman, y hay quienes lo denostan a escobazos -generalmente se escucha más a los segundos-. Y la pequeña polémica continúa, como todo lo que se expone a "blanco o negro". Me gustaría aportar una escala de grises.

Habitualmente, propongo la versión positiva: alguien que escribe de lo que no sabe es pillado inmediatamente -o casi- en la lectura del buen lector (véase tanta novela histórico-esotérico-cientificista): se pilla antes a un Dan Brown que a un cojo. Pero sobre todo, un escritor solo da lo mejor de sí cuando sabe mucho de algo; y con "mucho" no me refiero a un sentido cuantitativo -o no principalmente-, sino cualitativo: mucho es profundidad, y sobre todo, identificación. Aquí vuelvo a mi filósofo de cabecera, Gabriel Marcel: lo valioso en la vida es lo que nos envuelve y nos afecta con hondura. 

El denostador tiene razón cuando argumenta que si Tolkien solo hubiera escrito de lo que sabía, no tendríamos El señor de los anillos. Bien, pero este "saber" o "no saber" refiere a cuestiones muy concretas, al aspecto de la imaginación. Ahí estoy de acuerdo. Pero si Tolkien se inventa un orco, no solo es un alarde imaginativo -basado en un gran conocimiento de una tradición literaria, por cierto-, es, sobre todo, que ha conocido alguno al subir a un autobús, entre sus colegas de Oxford, o entre el pandemonium de un pub... incluso el que él y todos llevamos dentro.

Así que la afirmación y su negación son verdad, si las entendemos cada una en su nivel (un poco de escolástica a vece evita innecesarios derramamientos de sangre).

Apostilla curiosa: este verano estuve en Florencia. La última novela de Dan Brown tiene su escenario allí. No la encontré en casi ningún escaparate de las librerías de la ciudad del Arno. Si alguien sabe de Florencia -y la ama- son los florentinos. Entiendo perfectamente el veto.

jueves, 1 de agosto de 2013

La lección de August, de R. J. Palacio: cuatro notas de lectura


I.
Ha sido una grata sorpresa. Hacía mucho tiempo que no leía de un tirón. Me habían recomendado este libro, me lo encontré en casa de unos amigos, al penúltimo día de mi estancia, y pensé: “A por él”. Y ya no pude parar. Es verdad que al principio me costó leer con fluidez: no acababa de darle el crédito que todo libro te pide al inicio. Al inicio suele abrirse un periodo de negociación entre tus expectativas y lo que el libro va aportando. Pero el algún momento, esta historia de un niño con deformidad craneal severa que comienza a ir al colegio y lo que allí ocurre, sobrepasó mis prejuicios, y desde ese momento no paré.

II.
Es grato de leer, y en muchos momentos, divertido. La diversidad de narradores le da aliciente, los abundantes diálogos caminan con soltura, los personajes son simpáticos, y los distintos caracteres están bien perfilados en sus modos de expresión. Uno de los pactos que te propone el libro es que aceptes que un niño de diez años pueda redondear de un modo tan cabal las cuestiones que piensa, o argumentarlas con esa perspicacia… pero el arte siempre trabaja con condicionantes de este tipo, lo importante es que se note lo menos posible; y aquí me parece que se consigue de un modo más que aceptable.

III.
Casi como un ameno documental, poco a poco se va mostrando la complejidad sentimental y moral de las relaciones humanas que se tejen alrededor del problema de August. Pero lo más interesante es cómo la novela lleva a los personajes —y al lector— de una actitud inicial, a otra totalmente distinta. En palabras del filósofo Gabriel Marcel, del problema al misterio: de una causa de incomodidades para todos los personajes, a la que se le han aplicado todas las “soluciones” posibles para controlarla y neutralizarla; se pasa a otra situación en la que se descubre que, en el fondo, aquello era otra cosa, algo precioso… o al menos encerraba la posibilidad de serlo. Como el amor, como la muerte, como el dolor… que siguen burlando a todos los que piensan que se trata de problemas pendientes de una solución “técnica”. Al final de la novela, los personajes han sido capaces de hacer ese ascenso de nivel: el director de secundaria, Traseronian, agradece a August el hecho de que sea como es, por la mejora que ha supuesto en las vidas de los demás; está afirmando esta profunda fuerza humanizadora de los supuestos problemas, o escondidos misterios.

IV.
Palacio conoce bien el problema del que habla, y por lo tanto, conoce también su misterio escondido. Aquí está mi agradecimiento por ayudarnos a los lectores a conocer la diferencia, y el camino que lleva del uno al otro; y por dar voz a quienes no tienen voz en la sociedad. A los que hoy y siempre, seguirán iluminando con el misterio de su debilidad este mundo de fuertes que quieren convertirlo todo en problemas.


jueves, 25 de julio de 2013

Mirar en verano: unos bocetos de un tour

En el siguiente enlace Mirar en verano: unos bocetos de un tour, apuntes de un viaje con alumnos a Italia, sobre el arte, el tiempo... en Los Ritmos del Siglo XXI:

lunes, 22 de julio de 2013

Vivir por escrito, vivir creativamente: un máster eficaz en la Universidad Complutense

Cuando escucho que hace falta una urgente formación audiovisual en la educación obligatoria, pienso: pues sí. Pero siempre pienso también que hace falta una auténtica formación en la escritura.

¿No es surrealista que tras doce años de primaria, secundaria y bachillerato; después de tres o cuatro horas semanales durante todos esos años, dedicadas a la enseñanza de la lengua, la mayor parte de los alumnos desemboque en la universidad sin escribir las tildes, con faltas de ortografía, muy poco leídos y profundamente deshabituados a la escritura? Creo que lo es, y es una pena. Pero las grandes catástrofes generan movimientos de reacción: ¿no lo es el ingente número de personas que sacan tiempo para asistir a talleres de escritura? ¿Todos van a ser grandes novelistas? No, la mayoría ni se lo plantea. Lo que se percibe es una gran necesidad de escribir, de expresión y comunicación, de vivir por escrito.

No hablo de oídas, ni he tenido una aparición esta noche. Lo he visto durante años de trabajo en talleres creativos y personales, donde los alumnos dicen adiós a los bloqueos de escritura y comienzan a dar pasos firmes en la expresión y comunicación por escrito. Algunos quieren escribir la historia de su familia, otros la propia historia, recuerdos, relatos, poemas, opiniones… quieren escribir para vivir mejor.

Pero si vamos a cuestiones estrictamente profesionales, cada vez son más quienes perciben que la escritura es una vía (casi) milagrosa para avanzar en su formación y en su promoción: escribir con seguridad es una técnica que permite abordar mejor los problemas, analizar, sintetizar, visualizar, convencer. Nuestras profesiones modernas están cosidas de pensamiento, de trabajo intelectual que necesita bases conceptuales, estrategias y ejercicios sólidos. Se acabaron los dogmas románticos: el genio, las musas, las crisis de inspiración… Cuando alguien descubre sus potencialidades a través de un camino probado, se produce una revolución personal. De eso se trata.

El curso pasado tuve la fortuna de dar cuatro sesiones de prácticas de relato en la I edición del Máster en Escritura Creativa de la Universidad Complutense. Estamos hablando de profesionales que quieren perfeccionar su técnica de escritura, abrirse a nuevos géneros y formatos; pero también de jóvenes creativos que desean ampliar de un modo práctico su formación a través de la escritura, y ser pronto competitivos en la producción de textos escritos y audiovisuales. Y estamos hablando de un claustro de profesores volcado en la atención y asesoramiento de los alumnos; y de encuentros con escritores muy reconocidos (la primera edición contó con el Premio Cervantes, José Jiménez Lozano).

Como profesor, lo que más valoré fue la libertad que se me dio para innovar estrategias de enseñanza, y la entrega de los alumnos a la asignatura: todo hace subir la temperatura, y genera sinergias altamente creativas… y sorpresas y humor.


¿Estoy haciendo propaganda del máster? ¡Bingo! Me parecería innoble callarme semejante maravilla. Y si alguien tiene dudas, que se lo pregunte a los alumnos de la I edición. La matrícula de la II edición de este máster de un curso, aún está abierta. Antes de que se acaben las plazas, corre a decírselo a esa amiga o amigo que siempre han querido vivir por escrito… o tú mismo. ¡Nos vemos!

Para información filespa3@ccinf.ucm.es 913 94 22 20 

miércoles, 10 de julio de 2013

El despertar de la señorita Prim, de Natalia Sanmartín Fenollera: cuatro notas de lectura



I.
“¿Has leído El despertar de la señorita Prim?” Era la segunda persona que me hacía la misma pregunta en no muchos días. La autoridad que les reconozco a ambas personas hizo que pensara: “Bueno, ¿qué hago que todavía no he leído El despertar de la señorita Prim?” Y lo leí: una sorpresa, una verdadera sorpresa. No me esperaba encontrar tanta sabiduría, capacidad comunicativa, libertad de pensamiento y sobre todo, mucha, mucha sensibilidad.

II.
Se me hace algo difícil clasificarlo; por otro lado, ¿por qué tendría que hacerlo? Bueno, el intento de clasificar es un ejercicio de descubrimiento de lo que algo es (un poquito de escolástica siempre viene bien): ¿qué es, a qué se parece? Es novela, sí; es fábula, sí; es ensayo, casi sí; un poco de autoayuda, también… Y delicadeza, mucha delicadeza: seguramente la palabra más repetida en estas páginas. Cuántas cosas se pueden decir cuando se respeta al otro a través del modo en que se dicen. La autora está como “en casa” en la tradición anglosajona del debate, del wit, del cuidado de las formas, de la libertad para exponer el propio punto de vista si se es capaz de aceptar su exposición a los pareceres de los otros. Si se ha entendido bien a Jane Austen, y más que entendido, comprendido, esto se puede aprender de un modo muy gustoso. Y la autora conoce perfectamente Jane Austen, especialmente Orgullo y prejuicio, de la que toma diversos elementos con los que estructura el libro.

III.
Pero lo que más me ha gustado es la infrecuente y sólida inteligencia emocional que atraviesa estas páginas: diría que es una exposición sabia y amena del mundo de la afectividad, que no rehuye abordar cuestiones difíciles —por otro lado, totalmente cotidianas— porque parte de una tradición de pensamiento, sobre todo antropológica, sólida. Solidísima: la verdad es que los ecos de Tras la virtud, de Alasdair MacIntyre, no hacían más que sorprenderme, cada pocas páginas, desde el inicio hasta el final (Lulú Thiberville parece un trasunto de este filósofo escocés actual).

Y desde luego, la apuesta por la belleza, conectada con la verdad y el bien, que se apoya en textos como el de El idiota de Dostoievski, y en el de algún autor moderno que ha hablado de ser heridos por la flecha de la belleza. El lector puede venir de cualquier sitio, pero en esta novela no dejará de sentirse, de algún modo, en casa —una casa aparentemente nueva, pero que irá intuyendo muy cercana a su sensibilidad, como el que sin darse cuenta vuelve a un lugar anhelado, propio—.

IV.
Natalia Sanmartín lleva muy bien el pulso de la narración; insufla humor (muy inglés) de modo constante; hace plásticamente presentes y muy atractivos lugares, situaciones, objetos de la vida cotidiana (y no tan cotidiana); construye personajes atractivos y simpáticos… y como quien no quiere la cosa, pone sobre el tapete elementos para el debate ético, político, antropológico, sentimental… El final, verdaderamente bueno, delicado.

viernes, 5 de julio de 2013

Recomendación de lectura para el verano: evasión… hacia uno mismo

—¿Me recomiendas algo para leer este verano?

—Sí, evasión, evasión, evasión… hacia ti.

—¿?

—Han pasado meses, uno ha estado corriendo, atendiendo a muchas cosas diversas, ¡y hay tantas cosas, cositas, que no han dejado de requerir nuestra atención! Uno ha estado surcando superficies, donde se dan las tormentas, los vientos, los cambios repentinos del aire… es verdad: había que estar también ahí, es el ámbito de las urgencias. Pero con qué facilidad uno se acostumbra al ajetreo y llega a creerse que es su habitat natural.

Mientras tanto, uno ha descuidado las profundidades. Si ha leído, ha leído multa, sed non multum, se ha dejado llevar por los imperativos de las opiniones, del marketing, del estar a la última… En el paladar del alma le ha quedado el regusto de la química de una gran piruleta, una larga, ya demasiado larga piruleta que casi le hace olvidar lo que era un roast beef…

Pero es verano, y hay tiempo. Tiempo para la evasión, la huida… de toda esa superficie cansina donde se ha estado faenando y muchas veces perdiendo el tiempo. Verano, lectura: es la gran evasión.

Una voz, como la de las sirenas de Ulises, pero buena, familiar, íntima, invita a las profundidades de uno mismo. Hay que pertrecharse de buenos libros, libros de inmersión que hacen recuperar el buen oído para el silencio, el buen paladar para los matices, el buen ojo para los sutiles contrastes…

Por fin el descanso que uno iba buscando.


¿No?

lunes, 1 de julio de 2013

Unos pensamientos sobre el escribir



I. La escritura no hace personas mejores -por sí misma-, pero qué herramienta tan estupenda, cuando la persona aspira a lo alto.

II. Es un engaño pensar que escribir bien es una cuestión de técnicas. Con las técnicas conseguimos efectos. Cuando hemos puesto nuestra ilusión y expectativas en la lectura de un libro, esperamos que el autor haya ido más allá de la búsqueda de efectos. 

III. Madurez, quizás hoy es una palabra out. No se la ve por los libros de autoayuda, pero tiene esa metáfora vegetal, frutícola y luego fructífera, tan gráfica. Para la buena escritura, madurez personal.

IV. Muchas lecturas, muchos efectos, muchas cosas vistosas y novedades. Pero se adensa la nostalgia de lo genuinamente humano. La humanidad a la que hay que aspirar, no como escritores, sino como personas.

V. Quizás soy políticamente incorrecto al unir escritura con desarrollo personal, y no limitarme a decir que la escritura te permite expresarte, vivir más vidas, etc... Eso es algo, pero es muy poco.

VI. La escritura es indagación, a veces dolorosa, en quién soy, qué sé, y en que quizás he perdido tiempo, en que uno se ha perdido por las ramas, y que faltan experiencias de verdadero crecimiento. Mucho sería darse cuenta de esto, por la escritura.


martes, 18 de junio de 2013

Próxima actuación musical en la calle

Pues sí, este viernes 21 de junio, a las 7:30 en la Plaza del Barón de Cortés, frente al mercado de Ruzafa, os esperamos el DúoMo (Juanfra Pérez guitarra-sintetizador y un servidor al saxo tenor). A ver si venís a escucharnos con vuestros amigos y todo es más familiar. Tocaremos temas de Juanfra, y versiones improvisadas muy nuestras de temas del pop, soul... Es el Día de la Música, organizado por el Ayuntamiento de Valencia.



¡Os esperamos!