AVISO PARA QUIEN QUIERA COMENTAR

¿Dónde está la sabiduría que perdimos en el conocimiento?
¿Dónde el conocimiento que perdimos en la información?
T. S. Eliot, Coros de La roca, I



viernes, 14 de enero de 2011

Sobre la Técnica Alexander


Hace ya unos cuantos años tuve una experiencia de esas que, sin preverlo, te acaban dejando una huella constante. Me habían contratado para trabajar como intérprete de un profesor norteamericano de Técnica Alexander, que impartía un curso de varios días a profesores de música en un conservatorio. A medida que iba haciéndole la traducción consecutiva, fui descubriendo un mundo fascinante. Con el paso del tiempo, pensando muchas veces en aquello, he llegado a darle un título, y así he podido acabar de entender la esencia de lo que aquel profesor estaba contando: la sabiduría del cuerpo.

La Técnica Alexander tiene una bonita historia humana en su origen: un actor australiano, Alexander, está muy preocupado: un poderoso miedo escénico se va apoderando de él en el transcurso de cada representación,  congela sus músculos, le hace sudar; como un par de manos asesinas le estrangula la garganta... hasta quedarse sin voz. Pero Alexander tiene la serenidad y la voluntad de superación para analizar el problema: "¿qué pasa en mi cuerpo cuando se desencadena este proceso?". Va repasando en qué músculos comienzan las tensiones, cómo cambian las posturas de sus miembros, y se decide a rectificar lo erróneo. Su frase genial es "Arriba y hacia delante", como Arquímedes "Dadme un punto de apoyo y moveré el mundo" o Descartes "Pienso, luego existo". Pero no se trata de hacer un esfuerzo, se trata de dejar de hacerlo, de que el cuerpo haga lo que tiene que hacer, de mantener una actitud postural, principalmente en ese triángulo formado por los hombros y la cabeza. Alexander se fija en niños muy pequeños: observa su columna vertebral, cuello, cabeza, hombros, el modo relajado de andar: es todo tan natural... es esa la naturalidad que él necesita para actuar sobre las tablas. 

Alexander llegó a dominar este método de higiene postural, tanto que se dedicó profesionalmente a difundirlo. Entre actores y músicos tiene una gran aceptación.

Y lo que está en la esencia es esa sabiduría que está en el cuerpo, en la persona, en todo lo que llamamos natural. No es pura "res extensa" que dice Descartes y nuestra Modernidad tecnicista nos empuja a manipular para tener más "calidad de vida". No. Hay un sabio encerrado allí. Hay que saber escucharlo, dejar que hable, evitando tantas prisas y urgencias, costumbres antinaturales con que lo hemos aherrojado. No se trata de hacer algo con nuestro cuerpo, sino de permitir que él haga lo que sabe que tiene que hacer. Los griegos y los romanos eran muy sensibles a escuchar a ese sabio que estaba en la naturaleza. Lo que queda en nuestra cultura de esta sabia atención a lo natural se lo debemos esencialmente a ellos. 

Y esa escucha no es un puro hacer "lo que te pida el cuerpo": el cuerpo nunca pediría algo que fuera contra él. Pero también es verdad que esa voz natural ha de ser integrada en la persona: es la persona, y no solo el cuerpo, quien declama con inteligencia y sensibilidad a Hamlet, o adapta un adagio de Bach a las posibilidades del trombón de varas, o sabe transmitir confianza y esperanza al otro. Creo que Alexander estaría de acuerdo con esta opinión, tan clásica y sensata:

Beata est ergo vita conveniens naturae suae
Es feliz la vida que está en armonía con su propia naturaleza
(Séneca, Sobre la felicidad, III, 3)

miércoles, 12 de enero de 2011

Sobre "No puedo olvidar tu rostro" de Mary Higgins-Clark


I.
-Doctor, doctor, he leído No puedo olvidar tu rostro, de Mary Higgins-Clark.
-¿Qué es lo que se nota?
-No sé... es difícil de describir, como si me hubiera tragado tres kilos de algodón de azúcar, ¿sabe? un regustillo a fresa sintética en el paladar que no se va.
-¿Y luego muchas ganas de comer?
-¡Efectivamente!
-No se preocupe entonces, es el proceso habitual. Mary Higgins-Clark es novela champú, te lava la cabeza, y luego a otra cosa. No se obsesione, no le busque tres pies al gato, simplemente hay que ajustar el tipo de lectura al libro concreto. Ahora léase Los hermanos Karamazov, de Dostoievsky, una sesión cada ocho horas: es material extremadamente sustancioso. Si nota que se marea en algún momento, déjelo con mucha calma, y simultanéelo con Por siempre mía, de Higgins-Clark. Un buen lector ha de adquirir hábitos de inteligencia, sensibilidad, autocontrol, humor.. una cuestión de equilibrio.
-¿Cree que alguna vez lo conseguiré, Doctor?
-¡Claro! 

II.
La verdad es que es adictiva, hay que tener cuidado. Pero ha sido todo un redescubrimiento: acabada la novela, cierro los ojos y me viene a la cabeza Los ángeles de Charlie, Falcon Crest, glamour, psicópatas, series televisivas y tú con la modorra de sobremesa, la esquina de Madison con la Quinta, "tiene derecho a hacer una llamada a su abogado", giros inesperados de último segundo, "¿Salimos a tomar unas pizzas?, OK, Lou, desvía las llamadas a mi contestador, ¿quieres?", oigo los últimos vagidos de los Bee Gees, Thriller de Jackson... y todo aquel universo de modernidad USA que venía en los 80's. Una vuelta a todo aquel mundo pre-teléfono móvil y pc, que hace que para mí Higgins-Clark esté mucho más cerca de Agatha Christie y Wilkie Collins que de los best-sellers de ahora.

III.
Un buen champú no es cosa que despreciar. Pero tampoco se trata de coleccionarlos. 

lunes, 10 de enero de 2011

La calma y la tormenta


Cuando escribo estas líneas todavía es domingo. El adverbio del domingo es "todavía"; el domingo comparte esencia con las botellas a un cuarto, con las lunas sin brillos de los escaparates, con la calma antes de la tormenta. Sé que exagero. El lunes no tiene por qué ser tormentoso. Pero comparte esencia con la botella de gaseosa recién tapada a presión, con los excesivos brillos de todo, con algo de ese escenario dinámico e imprevisible que Joseph Conrad cuenta en su trepidante y breve novela Typhoon -Tifón-.

El adverbio del lunes es ¡ya!, y después de este prolongado domingo navideño, es ¡ya, ya, ya!, ¡todos a sus puestos!

viernes, 7 de enero de 2011

Regalo de Reyes: Konitz y Marsh en diálogo


Si tuviera que aconsejar un cd para coger afición al jazz, este sería uno, el que me han traído sus Majestades los Reyes Magos: el del saxo alto Lee Konitz y el tenor Warne Marsh, en diez temas; un álbum que recibió en aquel 1955 de su salida las cinco estrellas de los críticos de la revista Down Beat -la Guía Michelin del jazz, en aquel momento, y cinco estrellas, pues como si dijéramos pata negra azabache-.  

Konitz y Marsh hacen allí cool jazz, una música menos frenética y agresiva que el hard bop que entonces se prodigaba en la costa este norteamericana. Más agradable y accesible.

A mí me recuerda a una conversación: alguna vez ocurre que en una cafetería o un pub te encuentras al lado de una pareja que habla en un idioma que desconoces; no entiendes ni una palabra, o pocas, pero lo que te llama la atención es la música: el tono, el timbre, la emisión, la tesitura, los silencios, el andante o el allegro, las ligaduras que encadenan las palabras o el stacatto con que se subraya algo que -te figuras- debe ser muy importante. Si la pareja es vocalmente buena, te has encontrado con un inesperado rato de jazz. Como esta inesperada conversación de Konitz y Marsh a la que me han invitado los tres Reyes Magos. 

miércoles, 5 de enero de 2011

Los Reyes Magos, San Nicolás y Pagano-el


Pobre San Nicolás, le ha caído una santidad ingrata (al menos a este lado de los Pirineos). Durante todo el año trabaja a destajo: que si que llegue a fin de mes, que si pagar esta factura, que si... Sancte Nicolae, curam domus age! -que dice la invocación tradicional-, que nuestro hogar no se arruine. Y ahora, con la crisis global, a troche y moche. 

Y cuando el buen santo podría tomarse unas minivacaciones, ya que llegan los tres Reyes a hacer el turno de invierno, va y le sale esa caricatura inmerecida de Pagano-el: cualquier desaprensivo se hace con unas barbas blancas y un gorrito rojo, y ale, hasta lo más indecoroso y zafio tiene ahí su pasaporte a la Postmodernavidad.

Hay santidades y santidades, hay que reconocer que a los tres Reyes les ha salido muy bien en la tómbola cultural: sus representaciones son por lo general dignas, todo colorido, exotismo, bondad. No hay nada como salir en el Evangelio de San Mateo. San Nicolás, por el contrario, tiene su imagen sencilla, callada, de hacendoso administrador de nuestras estrecheces, cuya historia no nos acaba de interesar mucho, y a quien solemos olvidar en cuanto se cumple la petición.

En fin, ahora que es el momento de hacer propósitos para el año nuevo, por lo que a mí respecta, prometo tratar mejor al santo... a ver si vienen brotes verdes de verdad.

lunes, 3 de enero de 2011

Cuatro notas sobre "Vinieron como golondrinas" de William Maxwell


I.
No sé si voy a ser muy justo con el libro. Por eso, vaya por delante que mi lectura de Vinieron como golondrinas, de William Maxwell ha sido intermitente, y que el último intervalo fue de siete días. Hoy le di el empujón final. Mi conclusión es que el libro -que no es largo- se merece ser leído en tres sentadas, en tres días consecutivos. La cosa, me parece, se escribió para ser leída así. Y yo no lo he hecho. En fin.

II.
El libro me ha enganchado en la última parte. Seguramente es cuando ajusté mi ritmo de lectura a su metrónomo. En las dos primeras partes no lo hice. No conseguía cogerle el interés en medio de las anécdotas de un chavalillos simpáticos y una madre impresionante. Seguramente esta primera percepción me despertó un instinto de autodefensa: "Aquí tenemos otra novela de gente buenísima y esas cosas que les pasaban a los americanos de los años 40; así que subamos el listón de las expectativas, y a ver si lo pasa". Voy escribiendo todo esto y me voy dando cuenta de que no hice una muy buena lectura. Tenía que haberle dado más crédito, tiempo, atención. Pero muchas veces la vida viene así, sin facilitar mucho las cosas. Justo como lo que cuenta la novela. 

III.
La verdad es que lo que principalmente me consiguió interesar fue el desenlace: la figura del marido y padre en medio de una coyuntura difícil. Ahí la novela pulsa un acorde universal, ahí resuena el matrimonio, la maternidad, la paternidad, con sus imperfecciones; pero el acorde llega nítido, y emocionante.

Sí, es algo más que un relato de americanos buenísimos, a los que les pasa lo que le pasa a todo el mundo en esta vida. Y ciertamente, una buena historia familiar, si está bien escrita, lleva las de ganar conmigo. 

IV.
Un buen libro puede demostrarte -una vez más- que no eres un lector perfecto; pero que él tampoco esperaba que lo fueras.

 

viernes, 31 de diciembre de 2010

Joe Lovano y Hank Jones, jazz como niños



Este es un vídeo que veo a menudo, no sé por qué. Puede ser la amistad sugerida por la compenetración, por los años marcados en el rostro, por el modo de tocar. Joe Lovano, Hank Jones, interpretando Kids, "Niños". Me parece muy sugerente: el título de algo quiere nombrar la esencia, y cuando se trata de algo interpretado en el jazz, tiendo a imaginarme que el músico está de acuerdo con lo que dice el título, porque lo hace suyo de modo muy íntimo. 

Es como en el teatro, aunque el actor siempre mantiene una distancia con su papel; aquí, verdaderamente, también. Kids, niños, Lovano y Jones, se les ve jugar, dialogar, no creo que simplemente estén interpretando unos papeles, o quizás esta impresión inducida sea el poderoso efecto del arte. No lo sé. En todo caso, yo creo que hace falta algo de amistad para compenetrarse así, como niños.

miércoles, 29 de diciembre de 2010

Una buena carcajada es el mejor pesticida


"Hombre globo", JM Mora Fandos

I. 
Vladimir Nabokov, un solvente escritor con cuyo sentido de la vida no simpatizo, dijo una frase que recuerdo a menudo, porque me es útil: "Una buena carcajada es el mejor pesticida". Porque hay muchas cosas en la vida que necesitan una rociada de pesticida, empezando por aspectos de uno mismo. Tomarse demasiado en serio nunca es bueno. Como tomarse demasiado a broma.

II. 
Esto ya lo sabía Sócrates: el principal problema del mal -además de su pura presencia- es que te hace malo; y aunque no lo estuvieras practicando, y sólo pasaras por allí, te puede volver algo más rígido, desconfiado, triste, por pura salpicadura. El sentido del humor es esencial.

III. 
Carl Schmitt, el pensador político, echaba en falta la "seriedad de la vida" al constatar la pérdida de sentido profundo, especialmente religioso, en la sociedad europea, a lo largo del siglo XX. Qué pensaría ahora, con nuestra juguetona postmodernidad, que sólo se toma en serio no tomarse nada en serio; supongo que le daría un infarto. Pero a mí, la expresión "seriedad de la vida" no me acaba de gustar. Prefiero decir la enjundia: mucho más cervantino. Qué fácilmente lo serio se vuelve una coartada para el pesimismo.

IV.
Una recomendación: entre los pesticidas, los teatrales hacen efecto rápido: La venganza de Don Mendo de Muñoz Seca, a mí me funciona.


lunes, 27 de diciembre de 2010

Cuatro notas sobre "Luz del mundo" de Benedicto XVI



I.
No es fácil el enfoque comunicativo del libro: habla un Papa, pero no lo hace ex-cátedra; dice lo que dice en el formato entrevista, respondiendo a preguntas complejas formuladas en el tono y el nivel de profundidad propio del periodismo; sabe que leerán sus respuestas católicos, cristianos no católicos, no cristianos, ateos, indiferentes... (quizás algún extraterrestre... ¿por qué cerrar esa posibilidad?). El cóctel de variables, matices a tener en cuenta, y posiciones firmes, hace de este libro un texto con un nivel de "afinación" cultural, moral y sapiencial como muy pocos en este mundo nuestro, radicalmente plural, complejo y siempre abierto al malentendido -bien o malintencionado-; donde descubrir el lenguaje del otro, entenderlo en sus propios términos, ya es un triunfo; y encontrar puntos de encuentro, y precisar las diferencias o imaginar posibles realizaciones, es el bingo absoluto.

II.
Todo un ejercicio de identidad: creo que no se puede leer este texto sin sentirse, como lector, interpelado por la pregunta por la propia identidad, porque percibir la honda figura personal de Benedicto XVI a través de sus palabras, saberse comunicando ahí, supone que tú estás simultáneamente percibiendo tu figura personal a ese nivel de finura en la que el entrevistado se desenvuelve; y entonces habrá sintonía o discrepancia o apertura de nuevas perspectivas... cada lector sabrá. Hay escritores que te hacen sentir inteligente cuando los lees. Te pulsan el "on". Este es uno.

III.
He tomado notas: lo que más me ha interesado, como católico y escritor, ha sido esa llamada a comunicar mejor la esencia de la identidad cristiana, a encarnarla.

IV. 
Que lo diga él: 

"Por tanto, debemos procurar decir realmente la sustancia en cuanto tal, pero decirla de forma nueva. El proceso interior de traducción de las grandes palabras a la imagen verbal y conceptual de nuestro tiempo está avanzando, pero aún no se ha logrado realmente. Y esto sólo puede conseguirse si los hombres viven el cristianismo desde Aquel que vendrá. Sólo entonces podrán también expresarlo en palabras. La afirmación, la traducción intelectual, presupone la traducción existencial. En tal sentido son los santos los que viven el ser cristiano en el presente y en el futuro, y a partir de su existencia el Cristo que viene puede también traducirse de modo de hacerse presente en el horizonte de comprensión del mundo secular. Ésta es la gran tarea frente a la cual nos encontramos". 

viernes, 24 de diciembre de 2010

Un microrrelato para felicitar la Navidad


Despertar

La pequeña se miraba las uñas y dudaba entre el rouge magnetic y el rouge  allure del juego de cosmética. Su hermano, dos años mayor, se impacientaba con la lentitud del Mega-Maxi-Plus 8.2 para cargar el simulador de operaciones bursátiles. En la cocina la madre acunaba a una muñeca, mientras el padre hacía formar el séptimo de caballería bajo la cama.

Baltasar rodeó por los hombros al joven paje, que contemplaba la escena con los ojos como platos.

-Lamento que hayas tenido que enterarte de este modo, -le dijo. -A mí también me costó encajarlo: sí, los niños son los padres.

(Feliz Navidad a todos los que pasáis por este rincón de la blogosfera. Soy de la opinión de que Dios se ha hecho niño, para que los niños puedan hacerse Dios... y los mayores hacerse niños. Y no soy el único que opina así... gracias a Dios).

miércoles, 22 de diciembre de 2010

Cuatro notas sobre "Como gustéis" de William Shakespeare


I.
Harold Bloom escribió un libro, Shakespeare, la invención de lo humano, con el que yo no acabo de estar totalmente de acuerdo; pero lo que más me ha interesado es lo que puede expresar su título. "Invención", del verbo latino invenio: encontrar, tiene siempre esa doble valencia: como algo que encuentras, o como algo que creas. Me parece que Shakespeare, en nombre de la humanidad, reencuentra lo humano con una sorprendente profundidad, y al hacerlo crea ficciones que nos ayudan a encontrarnos y hacernos como personas.

II.
Qué curioso, de todos los dramas de Shakespeare, hay una comedia que se ha quedado de un modo especial en mi memoria. Más que la indecisión patológica de Hamlet, o la posesión diabólica del matrimonio Macbeth, siempre me vienen primero a la cabeza los personajes de la comedia Como gustéis: la injusticia sufrida por Orlando y su buen fondo de joven generoso y sincero, el ansia de libertad y la armonía con la naturaleza del Duque exiliado, la mundanidad afable del bufón Touchstone, los ardides del amor de Rosalind disfrazada de muchacho y ayudada por su doncella Celia, el pesimismo clásico de aquel monólogo monumental del filósofo Jacques. El orden social, familiar, personal que se rompe, y que finalmente se recompone en un nuevo orden aún mejor.

III. 
Yo era universitario y tenía un vídeo de una representación de Como gustéis a cargo de una compañía canadiense, en versión original, y para aprender inglés me aficioné a él: lo vi innumerables veces, tarareaba las canciones inconscientemente, repetía frases a cuento o sin él. Ciertamente, es el trato asiduo lo que engendra el afecto. ¿Qué hubiera pasado si  hubiera sido el sobrecogedor Macbeth de Orson Wells -aquellos fuertes contraluces del blanco y negro de la desesperación- lo que yo hubiera frecuentado tan apasionadamente? Creo que me habría deprimido profundamente en aquellos años de juventud. 

IV. 
Qué importante es hacer una buena elección. Sobre todo cuando se es joven y se exprime cualquier cosa en la que se encuentra un atractivo.Como gustéis, Shakespeare, me "inventó" en algún grado que no sabría -y para qué- determinar. Será ese poder de los clásicos, de los que siempre sintonizan con nuestra necesidad de  ser nosotros mismos.

lunes, 20 de diciembre de 2010

Teoría de la Navidad concéntrica



Constatamos que, al pasar el tiempo, la sociedad va cuestionando y relegando al olvido realidades de diversa naturaleza. Son como muebles que acaban convirtiéndose en el mismo polvo que empieza a recubrirlos. Algunas veces es claramente para bien. Otras veces, la desaparición se me hace muy difícil entender como presunto progreso. El polvo, en esos casos, más que cubrir el mueble, se posa amenazante sobre sus propietarios. 

Por ejemplo, aunque todavía es perceptible la ilusión por la Navidad —y no he visto ninguna manifestación seria a favor de su abolición—, sí constato que desde hace tiempo hemos entrado en un polvoriento regresismo. Para ilustrarlo he pergeñado la teoría de la "Navidad concéntrica". Una Navidad como costumbre social festiva, saludable y de indudables beneficios —tanto para creyentes como para los que no creen— consta de un sencillo orden de prioridades que hay que respetar: en primer lugar, el acontecimiento milagroso y misterioso de un niño que nace en la más absoluta pobreza —milagroso por ese cúmulo de dificultades de todo tipo que para venir a este mundo se encuentra cualquiera; y misterioso porque, aun con todo, los hombres y las mujeres siguen pensando que hay algo por lo que merece la pena que otros hombres y otras mujeres sigan viniendo a la vida—.

Una sociedad sensata venera ese delicado y frágil núcleo, que, sin embargo, irradia misteriosamente una poderosa energía a los anillos que se forman a su alrededor. En el primer anillo se festeja la existencia de la familia, los niños, los ancianos, los amigos y se despierta la conciencia hacia los pobres y a los necesitados. En el segundo anillo, más alejado, pero por ello más dependiente de lo anterior, se celebra todo aquello que hace amable la existencia y aporta un especial brillo al mismo vivir: ahí cobra su valor más radical la elegancia, la conversación, el saber adornar, las luces, las músicas, el sentido del regalo, el arte culinario...; y finalmente, en una serie casi inacabable de anillos, se coloca todo ese mundo de extraordinarios, de actividades de ocio, de aficiones que reflejan alegría, descanso, creatividad... desde la lectura hasta la apicultura.

El polvo surge sobre la Navidad cuando se pierde el sentido del núcleo: entonces las realidades que habitan los diferentes anillos tienden a ocupar el centro y se va dando una insospechada ferocidad y ansia de protagonismo de lo más periférico. Se pierde el sentido de lo frágil, de lo inviolable, de lo sagrado de la vida y de su amabilidad, en medio de un mundo duro y selvático; se desperdicia una de esas milagrosas ocasiones en nuestras sociedades pluriculturales de que hombres y mujeres de buena voluntad, de diverso vivir y sentir, puedan reunirse en ese lugar misterioso, más allá de las palabras, donde resuenan intuiciones inefables de unidad y fraternidad. Si se pierde el núcleo, la Navidad se descompone en un infinito de Navidades y pasa a ser un tiempo libre más, sin mayor pena ni gloria. Nada señala un qué, un por qué, un cómo, un cuándo: no habría nada que objetar a su celebración el 7 de agosto o el 21 de abril —pues también el azar tiene derecho a ser centro de las fiestas navideñas—; surge la exclusiva navidad de ir a un gran estreno cinematográfico, la de las grandes comidas, la de los hobbies caros, la de las alfombrillas rojas, la de los elfos, la de las colas nerviosas en las terminales de aeropuerto (no digamos ahora), la de las pantallas de alta definición, la de las devoluciones en la sección de moda caballero, la sonrojante de orondos tipos de barba blanca embutidos en mallas rojas, la de los cajeros automáticos frenéticos, hasta las absurdamente tristes de las cogorzas y otros excesos, incluso la de las depresiones postnavideñas, por no olvidar la muy razonable de objetar en conciencia de semejantes navidades. Finalmente se pasa de la Feliz Navidad, a la infeliz vanidad de todos los días. Urge poner el misterio en el centro, porque todo lo demás no tiene ningún misterio. Y agota.

Se podrá pensar que una posible solución es abandonar esa costumbre y proponer otra. Creo que es un error. No conozco algo tan alegre, rico y útil por su valor personal, comunitario y social, con una capacidad de aguante al paso del tiempo tan sorprendente. Pero puede ser un problema de ignorancia propia. Cuando las utopías se han cargado de polvo hasta inexistir, no se me ocurriría sustituir la vieja cómoda familiar por una repisilla do-it-yourself de temporada, o por el puro vacío, aunque quede todo lo estético que se quiera. Y reafirmar la Navidad no creo que sea un atentado contra nadie: al diálogo público intercultural hay que ir aportando valores de auténtico alcance general. Ya a las puertas de estas fiestas navideñas, en una sociedad de libre circulación de valores, ¿quién da más?

(Ilustración: Nacimiento, de JM Mora Fandos)

viernes, 17 de diciembre de 2010

El arte de regalar libros

Pese a lo que podría parecer, regalar es un arte. No se trata de tener dinero: hay personas que tienen mucho dinero y no regalan; y cuando lo hacen, lo hacen mal (pero no nos pongamos tan rigoristas, el dinero ayuda).

Y si se trata de regalar libros, es una de las artes más difíciles: cuando se ejecuta bien, cambia la vida de quien recibe... y de quien regala.

Cuando me piden una sugerencia para la lectura, intento hacerme el sordo, como Jonás. Es más sencillo contar lo que te ha gustado de un libro, incluso escribirlo y hacer que circule por www. Qué irresponsable puede llegar a ser uno.

El regalo es un espejo; el de un libro, un espejo preciso: cuando regalas, regalas un reflejo de la persona regalada... y tuyo. "Perdona, si no te importa, me gustaría regalarte este libro" es como comienza su ritual el fino regalador de libros.  

Regalas un libro si no queda otro remedio, si ya no puedes entregar más rosas, consolas, cristal de murano, bicicletas estáticas... Sólo cuando el amor o la amistad te acorralan, cuando no quieren más antesalas, te ves en la tesitura de ejercer ese arte supremo, y más te vale estar ejercitado: no puedes ser el joven incapaz de acompañar a su pareja en la chacona, o la dama incompetente al clavicordio, que sin habilidad para regalar un minué en la velada cultural. Esto lo aprendí en los libros de Jane Austen.    

Un libro bien regalado es algo más valioso que el espacio y el tiempo: es la tercera dimensión que trasciende estas dos; con él surgen el espacio y el tiempo de la persona, íntimos. Aunque ha sido sondeada científicamente, no se le conocen límites a esta espacio-temporalidad. Y es interpersonal: expansiva hasta abrazar a presentes, ausentes y futuros.   

Sólo hay un arte más difícil, el de dejarse regalar un libro. Tienes que creerte todo lo antes dicho, dejarte cambiar por todo lo bueno que el libro traiga, y confirmar en el amor o la amistad a quien te regaló.

miércoles, 15 de diciembre de 2010

Cuatro notas sobre "Libro de visitantes" de José Jiménez Lozano



I. 
Hay escritores que son una voz: cada vez que la escuchas te parece que ha estado resonando continua desde el inicio, mientras tú paseabas el dial, distraído, por otras latitudes. Y te alegra reencontrarla -reencontrarte-. "¡Hombre, pero si eres !" En tiempos globales -la verdad, en cualquier tiempo-, lo único destaca. Y qué fácilmente se cae en el error de pretender ser distinto deliberadamente, en el de la transgresión como norte, en la estridencia propia de los avícolas programas "del corazón". 

La distinción, la persona, no es un "efecto" buscado. Resonar de modo único no puede ser una meta: es la gracia aneja -la añadidura- a una fidelidad.

II. 
Lo primero de aquella voz, de Jiménez Lozano, fue El mudejarillo: un auténtico trallazo. "¿Se puede hacer esto con el lenguaje? Pues... ¡sí!". Yo era un joven lector con pretensiones de escribir; de epidermis hipersensible, como cualquiera entonces. Jiménez Lozano ingresaba, sin llamar, en mi incipiente canon de autores de cabecera: y sabes que has encontrado petróleo, aunque aún no sepas muy bien cómo lo vas a sacar. Luego, El cogedor de acianos, La boda de Ángela, Segundo abecedario, relatos de aquí y de allá... Ahora, Libro de visitantes, en la preciosa presentación de Ediciones Encuentro: el re-cuento de una historia eterna, la del nacimiento de Jesús.

III. 
El modo de contar de Jiménez Lozano en Libro de visitantes es, en primera impresión, una ingenuidad de los personajes; y al poco ya se percibe la ingenuidad del narrador. Todo va en la misma tonalidad. A mí me recuerda a un filtro ligeramente crema en una película sobre algo cotidiano. Una mirada, un modo de contar, que redime a su modo lo que cuenta. Todo es gracia -que dice Teresa de Lisieux-, en este caso literaria y humana. Porque hace falta, especialmente si hay que redimir a Hegel, que aparece por el portal de Belén con su Fenomenología del espíritu ante la mirada compasiva del Niño Dios.

IV. 
El relato del nacimiento de Cristo, ese puñadito de frases casi telegráficas en los Evangelios, no ha dejado de generar una fuente constante de re-cuentos: ahí está su fortuna comunicativa, su "menos es más", que decía Mies Van der Rohe,  pero con fundamento divino. La fórmula es esencialmente irrepetible -por motivos obvios: se trata del logos divino "abreviado" a lo humano-. Cada lector, cada escritor, cada época, únicos, se ven abocados a un diálogo con esa historia preñada de potencia, a hacer su re-cuento amplificado, siempre conscientes de que en el portal se entra de rodillas -pero sin anonimato-, a un diálogo que, paradójicamente, fortalece la propia voz. Esta historia pide -¿por qué será?- encarnación. 

lunes, 13 de diciembre de 2010

Cuatro notas sobre "La hermana" de Sandor Márai



I.
Leí hace ya bastantes años El último encuentro, de Sandor Márai. Me sobrecogió, pensé que su autor era un auténtico "animal literario", de esas personas que si estuvieran secuestradas por unos crueles captores pedirían antes papel y lápiz que un vaso de agua. Y lo mismo he descubierto en La hermana. De hecho, apareció publicada poco después de la otra novela. Además de ese mismo nivel de técnica de escritura, está en aquel mismo universo sentimental y conceptual.


II.
Creo que la "primera palabra" de una novela ha de ser fenomenológica: lo primero que debe llegarnos es un reflejo verosímil, sabio, de los fenómenos, de lo que percibimos en la vida -aunque se trate de El señor de los anillos, porque, al fin y al cabo, sin ese nivel fenomenológico, no entenderíamos nada de una "novela fantástica"-. Y en esto el novelista ha de ser bueno, si aspira a escribir una buena novela. Incluso, para muchos lectores y escritores, esa palabra fenomenológica sería el único criterio de que hay literatura. Pero a mí -y a más personas- me parece que la buena literatura no puede quedarse en esa primera palabra, porque hay una segunda: ningún escritor se escapa de dar su opinión ante el misterio de la vida, y da lo que tiene en su interior. Esa segunda palabra puede ser respetuosa con la complejidad de la vida, o puede ser reduccionista. 

III.
La capacidad de observación de Márai es asombrosa, consigue una alta verosimilitud de percepciones, sensaciones, secuencias físicas, sociales, incluso psicológicas que, ciertamente, se dan en la realidad. Dice bien alta y clara la primera palabra, la fenomenológica. Pero después de reflexionar sobre mi lectura, pasado el efecto deslumbre, me parece que la dice demasiado alto y clara. La segunda palabra queda descompensada. ¿Cuál es la segunda palabra? Un determinismo pasional, donde el arte al que se aferra el personaje sólo puede ser un lenitivo, la actividad más alta, más lúcida, más auténtica y dolorosa ante la vida; una huida hacia adelante, más sincera que la del resto de personajes, pero igualmente trágica, que recuerda a Schopenhauer, a Nietzsche. Y qué decir del concepto de Dios, tan citado a lo largo de la novela: es un dios empeñado en cobrarse sacrificios, que incluso cuando salva, deja unos personajes tristes, estoicos, secos y escocidos. En fin, no me convence.  
  

Pesa mucho la voluntad de defender una visión determinada de la vida; no es un problema para la literatura el que la haya, es parte de la segunda palabra; el problema quizás sea el sobrepeso. Y el sobrepeso de algo confuso, y triste.


IV.
Es esta la tristeza que Márai pone sobre el papel como opinión sobre la vida. Algo que tiene que ver con el siglo XIX, con el pesimismo, con los descubrimientos sobre lo instintivo y con el auge del psicologismo y Freud, con el materialismo, con  las denuncias de Nietzsche; aquilatado por dos guerras mundiales, y una posguerra desconcertada. Desde ahí se entienden muchas cosas de La hermana.

Tras la lectura de una novela así -por si alguien se aventura- recomiendo hacer una digestión literaria más bien ligera, no encallarse en la nostalgia curiosa a la que empuja: salir con los amigos, reírse un rato, hacer algo de deporte. La vida, gracias a Dios, puede ser algo más rico y esperanzado.


viernes, 10 de diciembre de 2010

Cuatro notas sobre Con el tiempo, de Enrique García-Máiquez



I. 
Gracias a su blogg, de García-Máiquez conocí antes su res cogitans -o creans, o scribens- que su encarnadura en este tiempo nuestro: es lo que pasa en la descoyuntura metafísica de la blogosfera. Ya avisaba sombríamente Baudrillard de la virtualización o ficcionalización de la realidad por efecto de "las pantallas", de sus tremendos efectos identitarios. Pero es que aún no conocía a García-Máiquez. Y es que la bienhumorada humanidad -el hombre eterno- de un chestertoniano de pura cepa funciona como antioxidante antropológico de primera para habitar indemne esta ciberjungla. Vaya por delante esta primera nota para la presentación del autor del poemario Con el tiempo.

II. 
Cumplidos los cuarenta, las preguntas por la identidad sólo se responden narrativamente; aunque sea en microrrelatos transfigurados de poema, de lo que hay bastante en Con el tiempo. El tiempo es el tema: desde el título, pasando por el poema de Zagajewski -"1969", que además es el año de nacimiento de García-Máiquez-, que viene como mayordomo de librea a recibirnos, y en el poema que sirve de frontispicio, "Principio", para que nadie se equivoque. Aquí no hay adanismos evanescentes, ni utopías rousseaunianas: se presenta el tiempo como manzana del Génesis, desastre, decadencia. A mí este recibimiento al lector me recuerda algo a aquello que Dante dice que cuelga sobre la entrada del Infierno: "Dejad aquí toda esperanza, oh vosotros, que entráis". Pero nada de catastrofismos, que García-Máiquez tiene también su guía, como Dante su Virgilio, para darse este paseo sabio por las cosas últimas. O sus guías, empezando por la presencia de su madre: reto a quien sea a encontrar poemas de tema materno-filial, contemporáneos, tan bellos, emocionantes y profundos. Y valga un ejemplo:

Albada

Nos vemos mucho más
desde que has muerto:
te veo cada noche
cruzar mis sueños.

La madrugada
-que es de cristal y alondra-
nos desampara.

III. 
Perdón, decía lo de la respuesta narrativa a la identidad. Pues sí, García-Máiquez, recién ingresado en el club de los cuarenta, escribe estos poemas de mínima pero inevitable narratividad, de jirones de biografía asombrada, tocados de contemplación afable que todo lo salva; poemas que acaban de configurar el pasado: "In memoriam", "Anocheciendo", "Hecatombe", "La higuera estéril"...; o transfiguran el presente: "Abisal", "El hijo que no tengo", "Vudú 40", "Glosa", "Días", "Por fin"...; o prefiguran el futuro: "Variación sobre Cardenal", "Últimas voluntades", "Sin convencimiento, con esperanza"... Como una brisa tonificante, se percibe por el libro la presencia amistosa y poética de Miguel D'Ors -cómo no, en "Agradecimiento a Miguel D'Ors"-. Al final, es un poemario de relaciones filiales, maternales, paternales, conyugales, amistosas, de ahora y de la eternidad, donde apetece sentirse en casa, contando, inevitablemente, con el tiempo. Pero también con una trascendente esperanza. 

IV. 
Es una gran cosa que "El hijo que no tengo" quede justamente corregido y aumentado en "El llanto de una niña sostiene las constelaciones". Y, ya que estamos, Enrique, te tengo que decir que fui engendrado a la blogosfera, en buena medida, por tus Rayos y truenos, y que creo que tienes por estos cibermundos más de un hijo, natural(-mente).  

miércoles, 8 de diciembre de 2010

Cuatro notas sobre La ética de la autenticidad, de Charles Taylor

I. 
Hay un breve pero poderoso libro que hace casi ya una década que me acompaña: La ética de la autenticidad, del filósofo Charles Taylor. Para mí es un vademecum, un kit de primeros auxilios intelectuales, una navaja multiuso para la escritura sobre ideas. Siempre cerca.

II. 
Reflexionando sobre el problema de identidad que revela el Informe Jóvenes Españoles 2010 de SM he vuelto a él. Su capítulo IV "Horizontes inescapables", recuerda un hecho hermenéutico fundamental:

Solo si existo en un mundo en el cual la historia, o las exigencias de la naturaleza, o las necesidades de mis congéneres, o los deberes de la ciudadanía, o la llamada de Dios o algo más de este orden importa crucialmente, puedo definir una identidad para mí que no sea trivial. La autenticidad no es la enemiga de las exigencias que emanan desde más allá del yo; supone tales demandas. pp. 40-41 (The Ethics of Authenticity, Oxford University Press, USA, 1991, traducción mía).

III. 
Mi pregunta es -como educador, profesional, ciudadano-, si estoy comprometido con una presentación de horizontes de sentido que aporten significación sustantiva al proceso de conformación de identidad de un joven. Porque lavarse las manos con el agua del todo vale -donde el mero voluntarismo de la elección sería lo único fundante de identidad-, es una conducta irresponsable y nociva. Y no hablo del dilema entre una double cheese-burguer y un Confit de canard -que ya daría para un debate suficientemente identitario-, sino entre opciones que generan felicidad o angustia vital.

IV. 
Pues eso, y creo que la lectura de Ética de la autenticidad es una ayuda impagable para orientarse en este momento cultural, apasionante. 


lunes, 6 de diciembre de 2010

Cuatro notas sobre el informe Jóvenes españoles 2010 de SM


I.
Muy poca conciencia solidaria, indiferencia hacia instituciones, olvido del medioambiente, gran inseguridad ante el futuro… y mucha música, tv, ir de bares, salir de marcha, ir al cine, ¡leer!, videojuegos… Triunfa el  hedonismo. Y lo más valorado, la familia. Hay que dedicar un poco de tiempo a esto para entenderlo.

II.
Cuando una situación es muy negativa, se te suelen ocurrir medidas drásticas. Y es una equivocación. Son impracticables, y acabas en una desesperación mayor. Quien aún tenga utopías en la cabeza, que lo intente. Yo no. Me gustan las soluciones cercanas, las de personas vinculadas cordialmente con el problema. Piensa globalmente, actúa localmente: inteligencia que llega lejos, actuación que queda cerca. Me tranquiliza que el que hace lo que puede no está obligado a más; acaba cansado, pero satisfecho. El pensamiento que desconfía de la actuación personal, del bien que puede ser hecho aquí y ahora, que lo espera todo de técnicos estatales pagados con los impuestos, no me inspira confianza.

III.
Hedonismo individualista y alta estima de la familia. “Sí, porque quieren que su mamá les siga haciendo la cama y el cocido”. Bueno, sí. Pero creo que hay algo aprovechable ahí. El hedonismo es signo de esa inflación de estética en que vivimos en Occidente. Desconectada de la ética. No echemos la culpa a los jóvenes, esto viene del romántico Schiller, como mínimo. Y algo les habremos legado a los jóvenes, ¿no?

IV.
Propongo una perspectiva que no quiere ser exclusiva ante este problema complejo: creo que la estética es un gran punto de partida. “Su estética es la del sentimiento básico y saturado, la de lo transgresor, las sensaciones extremas, la novedad constante a todo coste…” Vale, pero también valoran la armonía, el orden, la proporción, la luz, la limpieza… es lo que sus mamás ponen cada día en su casa, ¡y no se van de allí! El problema es que los adultos hace tiempo que fuimos abandonando la conexión entre estos elementos básicos de la estética cotidiana, y sus correlatos en la armonía, orden, proporción, luz, limpieza éticas; y la persona quiere vivir, de modo natural, esa unidad. Les legamos nuestras esquizofrenias en la familia y en la escuela. Aprovechemos esa valoración positiva que hace el joven, tengamos el valor de vivir la unidad entre estética y ética, de mil modos cotidianos.  En esa distancia corta se juega la mejoría.

viernes, 3 de diciembre de 2010

Meditaciones sobre un tubo de pasta dentífrica

Si tuviera que asignar un aforismo latino al tubo de pasta dentífrica, sería Mors certa, hora incerta. No sabes -con certeza- cuándo se acabará, pero se acabará. Parece que es algo propio de lo tubular: desconocemos si el gel, la gomina, el ketchup, el tabasco... durarán un día, tres, una semana más. Tenemos la duda de deshacernos de ellos. Entonces los ponemos boca-abajo, y que la gravedad haga su trabajo exacto e inapelable. Este gesto me recuerda al golpe de mano con que ponemos a correr un reloj de arena. En esa arena, metáfora clásica, va el tiempo frío, cosmológico, sordo a nosotros. Por eso pienso que en el tubo boca-abajo hay una metáfora moderna y más ajustada a nuestra condición humana: en el gel oculto va un tiempo misterioso, biográfico, el nuestro. 

El tubo opaco tiene su imprevisibilidad y su lección moral: cuando está recién estrenado, gastamos con prodigalidad; cuando sospechamos haber pasado con holgura el ecuador, nos recatamos y medimos los apretones; pasa algo más de tiempo y lo ponemos boca-abajo, y eso es signo de la sabiduría otoñal, serena y grave a la que hemos llegado. Mantener el tubo así, no tirarlo con impaciencia para ir a comprar otro siguiendo las pulsiones de la cultura de consumo, es haber ingresado en la tradición sapiencial moral de los clásicos, saberse en compañía de Sócrates, Platón, Aristóteles, Zenón, Séneca, Cicerón... Pese a la  imagen popular  idealizada que nos ha llegado, la Atenas, la Roma que vivieron estos sabios estaban heridas de una profunda crisis. Como la nuestra. Ellos hicieron valer su palabra y su vida, como modo de resistencia moral. Nosotros, como mínimo, podemos poner el tubo boca-abajo.

miércoles, 1 de diciembre de 2010

No les deis más libros, enseñadles a leer

"Más libros, más libres", un eslogan ilustrado con el que estoy bastante de acuerdo, pero que me recuerda a este dicho de Plinio el Joven: "Non multa, sed multum" (pero no muchos libros, sino mucho leer). Y todo esto porque, preparando una conferencia, me ha sobrevenido mi vieja  obsesión por lo del "Fomento de la lectura". ¿Cómo no me van a parecer muy bien las campañas de fomento de la lectura, y que se den subvenciones a las instituciones educativas para la compra de libros?; pero eso sigue siendo coger el rábano por las hojas: fomento sí, pero ha de comenzar en el aula.


Desgraciadamente, siguiendo el ejemplo de Platón en la República ideal, hemos expulsado las narraciones del aula: no leemos en clase, no hablamos ni escribimos sobre lo leído en clase, estamos muy ocupados viviseccionando oraciones, artículos periodísticos, enseñando y aprendiendo paradigmas, enredados en sistemas, en humo, en polvo, en sombra, en nada... La literatura, en otro sitio; las narraciones -eso con que la humanidad se ha aprendido a sí misma- lejos porque están "supuestas": el sistema educativo obliga a que los profesores supongamos que los alumnos estarán leyendo "en algún lugar", o que ya han leído, o deberían haberlo hecho, y que así ahora podemos ocuparnos de la formalidad, de la abstracción, de la raspa de la sardina, vamos. Pero sabemos que, masivamente, no leen.

Algunos profesores intentan algo, algo que supone fricción con el sistema, trabajo aparte,  quintacolumnismo, vocación. Que supone estar en Matrix, pero sin casquillos de bala ni karate; con cafeína y pupilas brillantes a la mañana siguiente.