AVISO PARA QUIEN QUIERA COMENTAR

¿Dónde está la sabiduría que perdimos en el conocimiento?
¿Dónde el conocimiento que perdimos en la información?
T. S. Eliot, Coros de La roca, I



jueves, 30 de agosto de 2012

Solo se escribe en el margen (II)

Lo que me parece claro es que sin márgenes no se puede escribir la propia vida. 

Me he acordado de la imagen del burro con las orejeras: esos tabiquillos que no dejan márgenes a la visión. Bueno, es una tecnología que ha funcionado y funciona para fines muy concretos; pero es verdaderamente inhumano si se aplica como norma a la vida de las personas. 

El margen es distancia, y por lo tanto, espacio, aire, libertad. Si no eres capaz de hacer valer ese espacio, y ayudar a hacerlo valer a quienes amas, estás repartiendo orejeras. Y es en los márgenes donde nos encontramos.

Si no hay escritura verdaderamente personal, es porque apenas nos damos margen. Al final, uno es el peor torturador de sí mismo: el que se fuerza a vivir en un metro cuadrado, o a hacinarse con más gente que tampoco conoce el valor del margen.

Ay, esas cuartillas en blanco que desasosegaban a los románticos... pero donde está el peligro está la salvación, escribió Hölderlin. Seguro que en el margen.



lunes, 27 de agosto de 2012

Solo se escribe en el margen (I)

No soy particularmente amigo de los animales. Digamos que lo nuestro es un civilizado distanciamiento, solo incumplido por algún esporádico chucho que se salta la norma, o alguna estadística paloma practicando expresionismo abstracto norteamericano en mis solapas. Salvadas estas excepciones, la relación es tan fluida como inexistente. Creo que, por mi parte, se debe a la comprobación de que el animal no escribe en el margen.

Ya lo venía sospechando: el animal no tiene márgenes. Su hipoteca bestial es irreversible; su condición vital, densa y sorda como un agujero negro cósmico. El animal cumple su papel sin dejar márgenes, su absoluta pretensión de ser él y solo él es insoportable -para quien es un quien, y sabe que ha de estar inventándose un poco todos los días-, solo sorprendentemente superada por su efectivo y detalladísimo autocumplimiento, punto por punto.

Por estar a salvo de la marginación, la contrapartida positiva es su incapacidad para la escritura, para el cuento de su prodigiosa y aterradora vida -que por otro lado disfruta a lo bestia, como no podía ser de otro modo, y de lo que me alegro-. ¿Quién aguantaría el autorrelato de un qué, la metódica e implacable escritura de un vida metódica e implacable?

(Solo añado, para terminar este primer capitulillo, que no tengo nada en contra de los animales, y que Julián Marías escribió unos párrafos deliciosos sobre la asombrosa hominización pasiva de los perros cuando conviven con las personas).




miércoles, 22 de agosto de 2012

La escritura, tu espejo

Es enorme la cantidad de espejos que la sociedad nos presenta. Un espejo es esa superficie que pretende devolvernos nuestra imagen. Desgraciadamente, muchos espejos apenas nos dan una imagen mínimamente verosímil; con frecuencia se trata de esa imagen que ellos querrían que asumiéramos: ese alguien que necesita esa fama, ese placer, ese dinero, esa figura, ese poder... a toda costa.

Hay un espejo mucho más fidedigno: la escritura. Un espejo raramente propuesto en la sociedad de masas. Tiene esa ambivalencia de los espejos auténticos: muestra cosas que no gustan, y otras que sí. La hoja en blanco, el archivo digital recién inaugurado, te interrogan, y entonces surgen los anhelos, las necesidades profundas, las esperanzas, los proyectos. ¿Qué escribo?: si persistimos, si no nos apartamos por falta de coraje, se delinea una imagen que reconocemos como nuestra. Y una buena imagen de sí mismo es, en el fondo, un mapa para caminar. 

Escribir es ponerse ante el espejo de la escritura. Ponerse es exponerse. Siempre se escribe a la intemperie. Escribir es ese misterioso conocimiento personal: reconocerse y soñarse. Pasar el dedo por el hilo que une pasado con futuro. Escribir es escribirse. Es dibujarse. Es acuarela, el riesgo del agua: nunca sabemos con certeza el efecto final. Pero queda la imagen valerosa y valiosa. Imágenes, pequeñas luces que encendimos con esfuerzo, con alguna inquietud; farolillos con los que seguir caminando. 

No enseñamos a escribir a nuestros jóvenesen la escuela porque, en el fondo, nos da miedo la responsabilidad de enseñarles a ser ellos mismos. 

domingo, 19 de agosto de 2012

Paradojas de la lectura

Uno dice que es frágil, vulnerable, que casi nada perdura... todo eso que viene fácilmente, cuando uno se pone a escribir un poema, o a mirar fijamente unas nubes. Pero solo lo siente -lo siente de verdad- si acaba de romperse, o le ha llegado un don que lo compone, misteriosamente. 

Pensaba esto porque, llevo un agosto de lecturas. Tras mucho, mucho tiempo, he podido leer dos horas seguidas -reconozco que incluso tres, algunas veces, mea gloria!-. Y qué distinto se lee entonces: más entrega lectora, más matices... Cuando es invierno, en la trinchera, casi siempre es tiempo robado. Se mezclan los aromas de la vida. Y uno escribe sus cosas de lectura a menudo con algo de prisa. Piensa que con más tiempo escribiría, quizás, otras cosas; más hondas, también. No lo sabe con certeza. Pero luego, al llegar esos momentos de don, se sale uno del parapeto y corre con el libro en las manos, y ya no tiene tantas ganas de escribir. 

¿Y entonces, leí bien? 
¿Y ahora, es que leer es solo esos momentos de gracia?

Ay, qué fragilidad esta de la lectura, de uno. Será la levedad del ser. Pero se gana en ligereza, que al pasar del tiempo, no es pequeño tesoro.

lunes, 13 de agosto de 2012

Al escuchar "Claudia"... (poema)


Al escuchar “Claudia” por Paquito D’Rivera y Arturo Sandoval, en un parque

Oía yo los sones acordados
de un fliscorno y un saxo bien tocados.
La mañana era fresca y cuatro tilos
verdeaban la luz de los estilos.

Corrían las corcheas y las hojas
de verdes, en glissando, iban a rojas.
El cielo, bien plisado, en un allegro
cantaba en zarco azul, el mirlo en negro.

No preguntes por qué o cómo o cuándo:
los gorriones allí, todos piando
—y sin bachillerato— bien lo saben. 
(Y aún te diré más: no entra en examen).

lunes, 6 de agosto de 2012

Cose che nessuno sa, de Alessandro D'Avenia: cuatro notas de lectura


I. 
¿Mi pequeño italiano? Mejor, gracias. Sobre todo ahora, después de leer Cose che nessuno sa. Los idiomas se aprenden con todo el cuerpo. Siempre he desconfiado -nunca me han servido- de los métodos autogestionarios. Solo se aprende el idioma en el que se sufre, se ama, o se suelta una carcajada pronta y espontánea. La traducción siempre es antecámara, hay que ir más allá. Y leer en un idioma que medio sabes es un viaje que pide espíritu aventurero. Como leer en penumbra, con un candil en la mano izquierda: las palabras proyectan sombras inestables, y vas de claro en claro, descubriendo las monedas de oro que llevan al tesoro. Y Cose che nessuno sa es un pequeño gran tesoro de sabiduría sobre la vida.

II. 
En Blanca como la nieve, roja como la sangre… ya se veía que D’Avenia sabía muchas cosas. En Cose che nessuno sa, pese a lo que dice el título, ya se ve que se las sabe todas, o al menos las más importantes. D'Avenia es un apasionado profesor de literatura en un liceo de Milán, además de doctor en filología clásica, con una tesis sobre el pasaje de las sirenas de la Odisea de Homero. Y lo mejor de todo es que ha escrito algo tremendamente incorrecto: ha vuelto a reunir la belleza y el dolor, como si Platón acabase de escribir el Fedro la semana pasada. Nosotros, los (post) modernos, los hemos separado empeñados en llevarnos en cada bolsillo una y otra cara de una misma moneda. Y estamos contentos de consumir los dos simulacros resultantes: una belleza que no nos abre surcos en la carne; un dolor que no nos eleva. 


III. 
Mi preferido, el capítulo IX, donde el profesor de la novela da esa clase que todos querríamos haber recibido, si todos hubiésemos sabido mejor qué era la educación. Esa confirmación de que la literatura hace identidad. Ese drama del mito revivido, el de la vuelta a casa de Ulises, donde está en juego el descanso ansiado de los corazones de padre, de madre, de hijo cuando la unidad se ha roto. Y en el mismo capítulo, la terrible refutación de esa clase salvadora que ha puesto en camino hacia la belleza, cuando la cobardía enfría el corazón con excusas de relativista semiótico: parole, parole. Pero hay alguien que desvela la disfunción: Tu no sai cos'è amare. Tu ti esalti con i tuoi libri, ami loro, non le persone. Ami le parole, non la vita, perché la vita ha le ombre e fa male. Tu parli, parli, ma non ascolti. Tu prendi, prendi, ma non dai nulla.


IV. 
En Blanca... D'Avenia se limitaba a lo que el narrador, un adolescente, podía pensar, sentir, decir. En Cose... ya no hay restricciones, y se pone en juego una amplia serie de recursos del contar, y una sabiduría antropológica nada común. Metáforas, humor, pena, párrafos medidos y eficaces, caracteres psicológicos, ritmo, verdades, suspense, descanso... y esas cosas que, como dice San Agustín refiriéndose al tiempo, "Si no me lo preguntan, lo sé. Si me lo preguntan, lo ignoro". Una novela que incita a escuchar eso que se sabe en el hondón del corazón, de una belleza tantas veces dolorosa; que nos hace terrible y bellamente humanos.


viernes, 3 de agosto de 2012

A la esperanza, una estrofa de John Keats y una transversión mía


To Hope


When by my solitary hearth I sit,
And hateful thoughts enwrap my soul in gloom;
When no fair dreams before my "mind's eye" flit,
And the bare heath of life presents no bloom;
Sweet Hope, ethereal balm upon me shed,
And wave thy silver pinions o'er my head.


A la esperanza

Si otra vez, solitario, frente al fuego,
envolviesen mi alma negras brumas,
si otra vez, la belleza alzase el vuelo
y un páramo desnudo me abrazara,
dulce esperanza, pon aquí tu nido,
no me olviden tus alas de plata. 

lunes, 30 de julio de 2012

"Escribí unos recuerdos..." transversión de Horacio


Con el término de transversión quiero decir una versión de un poema ya existente. Lo peculiar es que traslado el poema a mi casa, a mi mundo, a mi lenguaje, sin peaje. Aquí viene la primera de mis transversiones. 

Horatius. Carminum, Liber tertius, 30

Exegi monumentum aere perennius,
regalique situ pyramidum altius,
quod non imber edax, non Aquilo impotens
possit diruere aut innumerabilis
annorum series et fuga temporum.

Non omnis moriar, multaque pars mei
vitabit Libitinam.


Escribí unos recuerdos. Cuando el bronce acaricio
los sé aún más constantes, aún más altos, más dignos.
De la lluvia voraz, de los vientos, a salvo.
La cadena del tiempo innumerable
se quiebra al releerlos.

Ni todo moriré, ni moriré del todo.
La muerte es una cita con una analfabeta.

jueves, 26 de julio de 2012

Al mirar las aves... (poema)

Al mirar las aves desde un banco de Villa Borghese
                                              Dum loquimur, fugerit invida / aetas
                                            Horatio, Carminum, liber primum, xi


Y así, mientras hablamos, el gorrión
ignora el tiempo nuestro: la canción,
los adverbios, la trama... y el final.
En lo último, juntos. No está mal. 

martes, 17 de julio de 2012

Noticias de cuentistas

Aquí van noticias y comentarios de antiguos alumnos de los talleres de escritura.

"Adiós, Che", el relato de Franz Heine, que ha ganado el 2º premio del Huétor Vega Gráfico, en Granada: un lenguaje muy cuidado para una realidad psicológica agitada, donde convergen realidad y alucinación; relato en el que la difunta letra che se convierte en símbolo de pérdida y en esa pérdida, de generación de caos.

"La felicidad de un momento cualquiera en un día cualquiera", 1r premio del V certamen de relatos AVAFI, de Susi Bonilla: relato breve que muestra la presencia de la enfermedad y la posibilidad de su superación psicológica; que pone el énfasis en la importancia de la atención, el análisis, la determinación personal; el recurso literario de la personificación de la enfermedad permite entender la relación consciente que se puede establecer con ella. 

Y aunque no he podido leerlos, un relato de María Tordera y otro de Victoria Cuñat también han sido seleccionados para el libro colectivo Cortos sin filtro. Y ojo, que hay un texto de Victoria rondando por ahí...

jueves, 12 de julio de 2012

Una entrevista sobre estética y vida cotidiana, a partir de Tan bella, tan cerca

La escritora Elga Reátegui tuvo la gentileza de entrevistarme en su blog sobre algunos asuntos que aparecen en mi ensayo Tan bella, tan cerca. Escritos sobre estética y vida cotidiana (La isla de Siltolá, 2011). Le agradezco mucho a Elga esta deferencia, el interés y la sensibilidad de sus preguntas. Adjunto aquí el enlace, por si se quiere leer la entrevista.

lunes, 9 de julio de 2012

Suavidad. Poema para su otra sobrina, Ana


               Suavidad

                                      Para Ana Zanoni Mora

Suaves, Ana, son los suaves sones
que en cada blanca, negra, tecla pones.
Qué lejos queda ya el pentagrama:
Tú ves, yo veo, el pájaro en su rama.  

Sonata de Clementi. La ventana
se ha abierto, el viento en la mañana
solo sabe el silencio que sugiere
—que música será, o que te quiere—.

Doble barra final. Llega la tarde.
Ni edad feliz, ni nada que resguarde,
tan solo todo aquello que aprendiste.
Ponías suaves sones: recibiste.

jueves, 5 de julio de 2012

La gravedad y la manzana, de Beatriz Villacañas: cuatro notas de lectura



I.

Y yo que cuando vuelvo a La gravedad y la manzana me acuerdo del ensayo de T. S. Eliot, “Los poetas metafísicos”. Y ser profesora de filología inglesa —como lo es la autora— no genera automáticamente esas presencias en la creación poética. Y de las varias razones que vienen al caso de esa asociación, es esta frase de Eliot la principal: “incorporaban su erudición a su sensibilidad: su modo de sentir se veía directa y originalmente alterado por sus lecturas y sus razonamientos. En Chapman especialmente hay una aprehensión sensorial directa del pensamiento, o una recreación del pensamiento en el sentimiento, que es exactamente lo que encontramos en Donne”. Y esa búsqueda de la conjunción de lo diferente, opuesto, complementario —ahí está el misterio— es lo que, me parece, también busca Beatriz Villacañas.


II.

Es un título sorpresivamente newtoniano, y al mismo tiempo bíblico. Lectura física y ético-metafísica. Biología y biografía. Pero siempre la epifanía revela los misteriosos canales que comunican lo aparentemente incomunicable. El misterio. La autora da fe, —que no protocolos de laboratorio—, de que la epifanía revela el misterio, pero sin disolverlo: es un logos más allá del nuestro. Y seguramente lo mejor que nos reporta es quedar ya vinculados a él. Se nos reveló mientras lo tentábamos creativamente con palabras, pero esa Palabra no era nuestra; y por eso es epifánica y vincula.

Esas dificultades especiales que —en primer lugar como modernos, y en segundo, como hombres y mujeres— tenemos para juntar razón y sentimiento, y que a Jane Austen le dieron para una deliciosa novela, mucho más profunda de lo que parece; porque en algún momento se dijo que era buena esa separación, sin acabar de calibrar bien la bondad —seguramente era imposible calibrarlo, de tan entreverados que vamos con nuestro propio momento, de tan difícil que es ganar una imaginativa distancia—. Distinguir sí, pero sin separar, avisaba Tomás de Aquino. Pero esto es irse un poco lejos.


III.

Como filólogo, me quedo especialmente con este poema, hamletiano en su exhortación —en este caso no a los actores, sino a los resecados herederos del logocentrismo académico de este siglo XX que todavía no ha terminado—:

GÉNERO LITERARIO
No importa
cómo llaméis al cuento,
comedlo como un fruto,
y la manzana siempre nueva del ser y su secreto
será alimento vivo de todas las historias
y de todos los hombres
y de un solo camino.


IV.

Fondo y forma. Hondos y nítidos en estos poemas; densos y andantes, palpables en su cuajo de cosa bien hecha, que se adivina que vienen haciéndose como desde hace mucho tiempo, tiempo de atención a las palabras y al misterio de las cosas. Fondo y forma, como si volviésemos a creer en la sencillez de las gramáticas, en sus apartados de estilo, aquellas antesalas al misterio de la literatura activa, que atravesábamos para entrar —al final, siempre solos— por la lectura y la vacilante escritura, donde todo se volvía complejo, misteriosa y maravillosamente complejo; y solo un cretino se volvía para reírse de aquella filología con delantal, y se volvía estatua de sal. 

martes, 3 de julio de 2012

T. S. Eliot en italiano


El pasaje que abre el último cuarteto es una epifanía. Unos setos, una luz, un invierno. ¿Pero qué ocurre al traducirlo al italiano? ¿Está Eliot, la voz de este poema? Ah… misterio. Pero lo que sabemos es misterio de belleza. Dice en inglés:

Midwinter spring is its own season
Sempiternal though sodden towards sundown,
Suspended in time, between pole and tropic.
When the short day is brightest, with frost and fire,
The brief sun flames the ice, on pond and ditches,
In windless cold that is the heart’s heat,
Reflecting in a watery mirror
A glare that is blindness in the early afternoon.

Y se escucha el vaivén de la sílaba oscura y la sílaba clara. Ecos de tribus germánicas. Tambores. Fuerza. Ese ritmo de siempre, que el poeta se empeña en descentrar, un poco: en la repetición, variación. Pero en italiano:

La primavera de mezzo inverno è una stagione a parte,
Sempiterna, benché intrisa d’acqua al calar del sole,
Sospesa nel tempo, tra il polo e il tropico.
Quando il corto giorno più splende, di gelo e di fuoco,
Il breve sole inflamma il ghiaccio degli stagni e dei fossi,
Nel freddo senza vento che riscalda il cuore,
Riflettendo in uno specchio acquoso
Una luce que acceca nel primo pomeriggio.

Cada sílaba tiene su luz. Se dilata la lectura: más espacio, más voz, para decir cada cosa. El abanico de sonidos se despliega (aún más que en castellano). Siempre hay más luz en italiano. A veces hay que poner la palma de la mano sobre los ojos, como una visera, por el brillo.

¿Dónde estás, T. S. Eliot?
Sono qui.

(Fragmento de la traducción de Filippo Donini: Quattro quartetti. T. S. Eliot. Garzanti. Italy. 1992)

miércoles, 27 de junio de 2012

Inquietud. Poema para su sobrina Marta


Inquietud

Para Marta Zanoni Mora

Oía una sonata por Glenn Gould,
como quien no perdió la juventud.
—¿Qué dicen estos dos, tan insistente?—.
Y frente a mí un seto, el cielo, un puente

y atrás un caminillo, mal que bien
andado, cojeado y sin un tren.
Obertura francesa, una courante,
gavotta I y II, recuerdo que antes

era todo posible, passepied
I y II, sarabande, una bourré,
la segunda y da capo, el mañana
siempre allá, sin agenda ni campana…

¿Era preludio entonces? Qué más da…
Bueno, preguntaré otra vez a Bach.

sábado, 23 de junio de 2012

Teoría de las inclinaciones, de Javier Sánchez Menéndez: cuatro notas de lectura




I.
Libro palpablemente personal, que elude toda clasificación y que puede resultar incómodo cuando —como tantas veces ahora— se quiere mirar primero la etiqueta y luego leer desde ella la realidad de la que pende. Obra generada en el galope cotidiano, e inserta en una estela dilatada de pensamiento que incluye más libros. Es diario, confidenciario, tratado de poética, cuaderno de pensador, poemario en prosa, memorial, acervo de consejos al lector que recuerdan los de Séneca a Lucilio…  

II.
Una presencia se difunde por este libro, la de los filósofos presocráticos. Sánchez Menéndez los trae a la Teoría de las inclinaciones en el fondo y en la forma: están en el estilo lacónico, contundente; en la yuxtaposición de afirmaciones, donde presentimos un discurrir de fondo, del que se nos evitan lugares de paso y conexiones: sorpresa en la lectura, tarea para el lector que ha de componer el sentido con los mediostonos, con las ausencias.

III.
Javier Sánchez Menéndez muestra en Teoría de las inclinaciones una cara de un prisma complejo, una de las expresiones de un impulso poético-vital radical, nada fácil en los tiempos que corren. En sus antípodas, el poeta que podría ir componiendo poemas para alguna ocasión. Aquí, una voluntad de realizar, de interrogarlo todo desde el impulso poético, de apostar por la poesía y por los poetas, por los que estima que pueden y deben aportar poesía: la fructífera realidad de la editorial La Isla de Siltolá es esa presencia cultural viva que constituye otra de las caras del prisma. Es un juicioso editor y un hombre de letras el que habla:

“No me gustan las cruzadas en defensa de un escritor. Generalmente no suelen ser literarias. Más bien son ideológicas y políticas. Y hacen mucho daño a la propia literatura. Nos fijamos en hechos concretos y puntuales y apartamos de nuestro camino la esencia de las letras”.

IV.
Hay una reivindicación de la poesía como metafísica o filosofía primera, bajo ella, quedarían “dios, el amor, la música”. Purismo que recuerda a Hölderlin, a algunos modernistas, a Juan Ramón. Propuesta personal.

No parto de la misma poética, de su concepto de dios —que escribe con minúscula—, o del carácter tan radicalmente original que otorga a la palabra poética, que se sustanciaría a sí misma y validaría o invalidaría todo lo demás como piedra de toque —y aquí estaría también esa filiación presocrática—. La poesía aparece como un elemento ontológicamente básico, el elemento en suma, que recuerda al arjé de aquellos primeros pensadores griegos. Yo también pienso en una Palabra originaria, poietica y por tanto poética, pero personal y esencialmente amor. Creo que Dios sí vive. Es otra tradición filosófica, religiosa y también poética. Pero encuentro en Teoría de las inclinaciones numerosos pensamientos donde hacer pie, coincidencias, desvelamientos felices:

“El ritmo, la armonía, la intensidad, el tono. Aspectos fundamentales que unifican la literatura y la música en una sonoridad mágica. El proceso creativo, basado en la inspiración, sujeta firmemente las estructuras de las resonancias. No hay música sin literatura. La música basa todos y cada uno de sus aspectos esenciales en el arte literario”.

“Odio el existencialismo, tan oscuro, vulgar y poco verdadero. Vivimos en las sombras, aunque sabemos que ahí fuera, muy cerca, está la luz. No podemos acudir a esa claridad, no queremos hacerlo. En la sombra nos hacemos fuertes, nos crecemos”.

Escritura que interpela la realidad y al lector. Solo para quien esté dispuesto a articular —en estos tiempos tan muelles— una propia y firme respuesta personal.

martes, 19 de junio de 2012

Epigramas, de Tomás Moro: cuatro notas de lectura




I.
254. Remedios para acabar con el mal aliento proveniente de algunos alimentos.
Para que el puerro partido no desprenda olores repugnantes, sigue mi consejo y come una cebolla inmediatamente después del puerro. Y si de nuevo quieres librarte del mal olor de la cebolla, masticar ajos fácilmente te lo conseguirá. Pero si tu aliento todavía es ofensivo incluso después de los ajos, o nada o sólo la mierda puede quitarlo.

Acaba de salir esta primera traducción al castellano —en edición crítica de Concepción Cabrillana— de los epigramas de Tomás Moro. El próximo 22 de junio se celebra la fiesta de Moro como santo mártir. Un mártir epigramático y guasón tiene su qué. Este libro bien lo demuestra.

II.
74. La paciencia.
Soporta las tristezas que sufres. La fortuna disipará tu tristeza. Y si no lo hace la fortuna, lo hará la muerte.

Hay una sabiduría, principalmente estoica, en estos epigramas de Moro. El estoicismo es una filosofía del estómago, en el sentido en que decimos: “Hay que tener estómago para aguantar eso”, porque de eso se trataba en la Roma clásica, de aguantar. En un mundo de tiranos, de ausencia de la idea de persona tal como el cristianismo luego va a forjar, el estoicismo venía a ser lo más sensato —si no se podía vivir indefinidamente en la contemplación del mundo de las ideas, o haciendo ciencia en la corte del emperador—. Es una filosofía ampliamente social, tiene su germen de democracia. Posiblemente, lo más humano a mano. Y los humanistas del Renacimiento lo van a asumir, necesariamente. Moro asume la sabiduría clásica como base humana: sus virtudes cardinales, su sentido realista, su capacidad de observación del mundo, su constatación de lo asombroso, la relatividad de todo a la muerte, la prontitud para la renuncia y la resiliencia, la indiferencia frente a los vaivenes de la Fortuna… Pero es una asunción, una introducción en algo más grande que acaba de darle sentido: el cristianismo, que distingue entre temores malos y buenos, espolea la esperanza y fomenta así las empresas y alegrías más altas. Se cancela el fatalismo (el estoicismo aparece originariamente en Atenas como filosofía que procede de oriente).

Y los tiempos renacentistas tampoco se quedaban cortos en ciertas prácticas civilizadas de dilatada tradición clásica —conviene desmitificar un tanto, o situar en su justo alcance, aquellas ilustraciones atenienses y romanas—, como desmembrar al criminal por orden gubernativa y colgar los cuartos a las puertas de la ciudad para aviso de caminantes o en la plaza pública a modo de pedagogía social. Como lee el buscón Pablos en la carta de su tío, verdugo con plaza en Segovia, donde cuenta que le cupo ajusticiar al padre del muchacho y que tras ahorcarlo a la vista de la gente, “Hícele cuartos, y dile por sepultura los caminos”.

III.
110. La vida del tirano es inquieta
Gran preocupación agota el día del gran tirano; por la noche llega el descanso, si es que llega. Pero los tiranos no descansan más cómodamente en una blanca cama de lo que lo hace el pobre en el duro suelo. Así que, tirano, la parte más feliz de tu vida es esa en la que, con todo, quieres ser igual que un mendigo.

Séneca es posiblemente el filósofo de referencia en la Inglaterra renacentista; y sus tragedias son el modelo del dramaturgo Kyd, y algo más que un modelo para cuando Shakespeare venga a escribir sus tragedias. Los convulsos años isabelinos invitaban al hombre cultivado al retiro de su mundo interior, del mismo modo que Séneca respiraría hondo cada tarde al llegar a su casa, tras despachar en palacio con Calígula. Menudo angelito. Todo se tambalea.

Tomás Moro, con el affaire Enrique VIII, es el último en asumir el mundo fatalista estoico en la perspectiva cristiana. Tras él, el poder político comienza a oscurecer el punto de fuga trascendente. La cultura es un terreno peligroso. La tragedia es el género teatral estrella.

IV.
52. Sobre un juicio gracioso. Del griego.
Tiene lugar una disputa; el acusado era sordo y sordo era el demandante. También el juez era más sordo que los otros dos. El demandante pide la renta por una casa, cumplido ya el quinto mes. El acusado replica: “mi molino ha estado moliendo toda la noche”. El juez los mira y pregunta: “¿por qué disputáis? ¿No tenéis la misma madre? Mantenedla los dos”.

Quizás el epigrama, el espíritu del epigrama, subsiste hoy en la publicidad, donde se encuentra tantas veces la ironía, la concisión, el doble sentido. Y también en el microrrelato, con su rauda narración, su final sorpresivo, su naturaleza chistosa. Y aún podría ser en un twitt, aunque, la verdad, no es fácil encontrarlos allí. 


Epigramas, Tomás Moro. Madrid, Rialp, 2012.

viernes, 15 de junio de 2012

"Debajo de la nevada" de Miguel D'Ors: cuatro notas de lectura


Debajo de la nevada 
está naciendo el verano.
Espera. Dame la mano
y no me preguntes nada.


I.
Recuerdo que a mis veintialgos llevaba habitualmente aquella antología a todas partes: Punto y aparte. Fue un amigo, no muchos años antes, quien me dejó algunas fotocopias con poemas de aquel Miguel D’Ors: “Pero me las devuelves, ¿eh?”. Lo hice y me busqué el libro encuadernado. Ya digo, lo llevaba como el alma, a todas partes: a las rendijas y articulaciones del día, a aquella prestación social sustitutoria —a modo de boecia consolación del tedio—; en la bici, el bus… Por simpatía armónica, de allí me fui a las odas de Fray Luis, a Francisco de Aldana y su epístola, al todo Garcilaso, al Lope de las Rimas sacras… (lo que me confirmó que da igual por donde empieces, si perseveras, todo maestro conduce a otro maestro).


II.
Había un poemilla que, visto sobre el resto y pensándolo más tarde, es fácil que se pierda a la mirada; pero no sé por qué, a mí me frenó en seco. Es el que he puesto arriba, que no tiene ni título —o yo no lo recuerdo—. Si le pones la mano encima, notas cómo vibra. Ni le sobra ni falta nada. Ni imaginista ni puro concepto. Flotando ahí en medio.


III.
Cada vez que lo leo, escucho ese silencio de promesas, escucho el blanco, la esperanza, la fe de lo que es pero aún no habla. Poema de lo oculto, del pudor y la espera, y de la intimidad guardada. Poema que, si quieres, retrasa los relojes un minuto, y acalla los ruidos. Poema de la mano, de un no hablar. Qué poema más raro, que parece que niega las palabras que dice, y aún el mismo decir.
Un himno de bolsillo, para urgencias.


IV.
No es habitual un cuarteto rimado de octosílabos —quiero decir en estos tiempos nuestros, más de heptasílabo sin cascabeles—. Quizás por eso, me ganó en su autoestop.
Miguel D’Ors me enseñó a poner el acento en la sílaba sexta. Esas cosas que enseñan los maestros. 

viernes, 8 de junio de 2012

La edad de oro, de Kenneth Grahame: cuatro notas de lectura




I.
No es fácil traducir a Kenneth Grahame. Pero es divertido. Traducir es viajar en tercera, hacia mundos que no sospechabas, aunque mucho supieras. Porque sí, el paisaje es el mismo, el que corre al correr de la tinta, del escritor… —que es él… y que has de ser tú—; pero en tercera no siempre están limpios los cristales, y algún niño berrea. Finalmente descubres, al llegar al destino, que había un vagón —llamémoslo de cuarta— del que se apea el escritor. Y tú te quedas algo confundido. No es fácil traducir, pero es divertido.

II.
El mundialmente famoso autor de El viento en los sauces, primero lo fue nacionalmente. La edad de oro (1895) fue su entrada en la narración. Era un señor tardovictoriano, con mucho sentido del humor, y nada pesimista, por lo que podríamos llamarlo postvictoriano, para hacerle más justicia. Pero nostálgico sí era, aunque con ganas de armar un simpático jaleo. “La edad de oro” nombra lo que se está a punto de abandonar (es curioso, pero solo nombramos las cosas desde sus fronteras, cuando ya rozamos lo que aquello no es —o no somos—). La edad de oro es uno de esos momentos de escritura en la identidad narrativa. Momentos fronterizos. Momentos de memoria y de arqueo vital.

III.
A Kenneth Grahame —llamemos así al narrador innombrado que escribe en primera persona— le agradezco el tono piadoso con que cuenta esos años de vida familiar, restregados en la plenitud y las ásperas enseñanzas de la naturaleza; en la literatura infantil y juvenil que da sentido a las acciones de una cotidianidad gris… ese tono dorado que no se quiere perder cuando ya se va avistado la frontera. El tono piadoso con que atempera su diatriba contra los adultos que allí estuvieron, con sus sinrazones, y con el que disculpa a los que están cruzando la frontera. Piedad que no se priva de una ironía continuada, un humor británico sin desmayo —con su choque de planos, su mirada ocurrente, su lógica dislocada sin dejar de sostener la taza de té con el meñique enhiesto—; y mucho menos de un mirar poético, que ponen las divertidas y profundas anécdotas a relumbrar, nimbadas de oro.

IV.
Un mundo aquel —el de los protagonistas, y el de los lectores— en que la gente pasaba horas leyendo a diario, sabía bastante latín y hasta griego, conocía la historia —más aún, la estaban haciendo, y lo sabían—, contemplaban la naturaleza y a los hombres desde cumbres literarias… y no se aburrían, es un mundo bastante diferente al nuestro. Y con todo, muy parecido. Será por vía de nostalgia. En todo caso, nada como leer La edad de oro para comprobarlo.


La edad de oro, Kenneth Grahame (Madrid, Rialp, 2012).

domingo, 3 de junio de 2012

Buscaba las palabras adecuadas

Andaba yo leyendo una entrevista, de aquella serie del Paris Review, de los años cincuenta, por la que desfilaban escritores como Hemingway, Eliot, Faulkner... Y la andaba leyendo porque Hemingway se vino al taller la semana pasada. "De normal, tú, recorta" es mi consejo. Todos tendemos a enrollarnos; todos pecamos de brumosos, nadie parece darse cuenta -ya sé que estoy exagerando- porque nadie se impuso la tarea de enseñar a escribir a esos muchachos que fuimos (había cosas más interesantes, como avistar una proposición subordinada sustantiva O.D.). Total, que se nos vino el señor Hemingway, que en eso de acortar, ni este Gobierno.

Pero no solo en los "acortes"; dice muchas más cosas, la mar de interesantes. Aquí dejo una perla, es sobre las palabras adecuadas:


- ¿Reescribe mucho?
- Depende. Reescribí el final de Adios a las armas, la última página, treinta y nueves veces antes de quedar satisfecho.
-¿Había allí algún problema técnico? ¿Qué era lo que lo obstaculizaba?
-Buscaba las palabras adecuadas.


Ale.